Padre Claudio Díaz, Jr.

Setenta veces siete

Friday, September 4, 2026

El perdón y la misericordia están en la raíz de la identidad del cristiano. Aparte de “ámense los unos a los otros” no hay ninguna otra obligación que no haya sido más enfatizada por Jesús en las escrituras. En una comunidad con tanta diversidad, tantas idiosincrasias y diferentes maneras de hacer las cosas, el perdonar puede ser un reto.  Dentro del círculo familiar, en el trabajo o en nuestro vecindario, se pueden intercambiar palabras no pensadas, acciones egoístas y el ejercicio de un pragmatismo extremo que lamentablemente provoca encuentros.

A la luz de las virtudes del honor, la justicia y el mejor interés a veces preferimos alimentar nuestros viejos resentimientos, heridas, y viejas ofensas en lugar de alcanzar la reconciliación. Al orgullo se contrapone el orgullo, a la justicia se contrapone la revancha y al interés colectivo mi interés personal.

La fuente del perdón tiene sus orígenes en la generosidad. Es en medio de un corazón generoso donde encontramos charitas, caridad, la cual es el amor más perfecto que podemos expresar. El perdonar, a la luz de la caridad, no es el negar que una ofensa se haya llevado a cabo. Al contrario, el verdadero perdón toma en consideración que se ha cometido un error, que nuestra fragmentación se ha manifestado y que necesita ser enmendada. El resultado de nuestra caridad es nuestra habilidad de perdonar desde la profundidad de nuestro cristianismo. La generosidad pone a un lado el orgullo, y se extiende sanando de manera generosa, y con una mano reconciliadora. Fue una mano amorosa “la que envió a Su unigénito Hijo para que todo aquel que crea se salve y tenga vida eterna”.  Y fue Su único Hijo quien extendió no solo una sino dos manos en la cruz para perdonar, reconciliar y salvar la humanidad.

“Setenta veces siete”. ¿Has sido perdonado en alguna ocasión? Piensa en ese momento. Piensa en ese instante donde tú has perdonado a otros.  La carga se aligera, las cosas caen en su lugar y el sentido de liberación puede ser abrumador.  Lo que hace posible el que seamos recipientes del perdón y apreciarlo es nuestra habilidad para perdonar. En el Padre Nuestro decimos “Y perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Es en el perdonar donde somos perdonados, si verdaderamente entendemos las palabras de esta oración.

En nuestras vidas hay diferentes niveles de dolor. Algunos de ellos verdaderamente prueban nuestro sentido del perdón, como por ejemplo un divorcio, la batalla de una custodia por los hijos o la traición de un amigo. Cuando el verdadero dolor se siente puede empañar nuestro llamado a ser cristianos. Lo que se requiere de nosotros en esos momentos es un recordatorio de quienes somos y de ejercitar la caridad a aquel que nos ofende de la mejor manera que podamos. A veces el perdonar puede hacerse con una palabra. En otras ocasiones se puede hacer a través de una carta, con una ofrenda de paz o con un gesto reconciliatorio. En ocasiones el perdonar puede hasta tomar la forma de una leve caricia. “Setenta veces siete.”

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