Padre Claudio Díaz Jr

Cuando el dinero se convierte en el dominio único

Friday, October 10, 2025

Reflexión para el vigésimo quinto domingo del Tiempo Ordinario, donde Jesús enseña a sus discípulos sobre la verdadera grandeza.

 

¿Qué es importante para nosotros? ¿Cuál es el papel de las posesiones o cosas materiales en nuestro corazón? A la luz del evangelio de este domingo debemos de reflexionar. Dios puede bendecir a una persona con recursos y cosas materiales que ayuden a la continuidad de su Reino y a la salvación de sus hijos. Siendo creador y dueño de todo no escatima en bendecir según su plan. Dicho sea de paso, la abundancia, prosperidad y hasta la riqueza en el Viejo Testamento estaban consideradas como maneras en que Dios derramaba bendiciones a su pueblo. Esto se percibía a nivel individual y como nación. Y esto no ha cambiado.

Pero desafortunadamente el dinero, asociado con poder, ha influenciado nuestra sociedad de una manera profunda convirtiéndolo en un motivador primario, un signo de status y en un ídolo. Cuando el dinero se convierte en el dominio único de nuestras vidas nos olvidamos del verdadero objetivo de nuestra existencia. Es precisamente en medio de este ambiente que proclama la primacía del dinero donde tenemos que mantener nuestra mirada en el Dios verdadero, quien es nuestro Padre Dios, en su icono (imagen) quien es nuestro Señor Jesucristo.

Ahora bien, ¿En dónde reside la sagacidad del mayordomo que falló en primer lugar? Su mérito reside precisamente en su desprendimiento a lo material. En el tiempo de Jesús un administrador, responsable de recaudar deudas para su jefe podía añadir a la deuda una comisión. 

Esta comisión era para sí mismo. Esta era una práctica común. Cuando se notifica al administrador de que su acción negligente tendrá consecuencias negativas para él mismo, tiene una conversión. Él no quiere ser despedido y cambia sus prioridades. Simplemente no le cobra lo que sería su comisión a los deudores, quedando en buenos términos con los deudores y mostrando su astucia ante el dueño. En el análisis final vemos su cambio de valores y propio desprendimiento al dinero.                                             ¿El resultado? Justicia para los que debían y complacencia para el dueño. 

Las posesiones son un vehículo, un recurso. No son un fin. No es posible servir a Dios y al dinero. En nuestro corazón sólo debe haber  un lugar para Dios, manifestándose en nuestra fidelidad a Él y el amor al prójimo. El verdadero amor comienza con pequeñas cosas: una flor, un café, una palabra de apoyo, una disculpa… Nuestra riqueza reside precisamente en el prójimo, en cómo extendemos una mano amiga en momentos de necesidad y en nuestra fidelidad a Dios. ¡Dios en la riqueza y Dios en la pobreza! Siempre Dios…

 

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