Este artículo del cardenal Cupich fue publicado primero en italiano en L’Osservatore Romano el 7 de julio.
Mi introducción al arte de la danza no fue de adolescente en un baile juvenil en el gimnasio de la escuela. Fue los miércoles por la tarde cuando mis hermanos y yo, junto con primos y otros niños de la parroquia, nos reuníamos en el salón de la iglesia para aprender danzas folclóricas croatas.
El estilo de baile se llamaba “kolo”, una palabra que significa “círculo”, ya que los bailarines entrelazaban las manos o se sujetaban unos a otros por la cintura para bailar, a menudo con pasos sincopados en una línea circular o cadena. Nos dijeron que en el “viejo país”, el kolo era un medio de socialización, el centro de la vida social del pueblo y con frecuencia la vía principal para que mujeres y hombres jóvenes se conocieran.
Debo admitir que cuando escuché por primera vez la palabra “sinodalidad”, me sonó extraño. Con el tiempo, obtuve una mejor comprensión a medida que exploraba distintas explicaciones.
Sigo considerando útil el documento de 2018 “La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia” publicado por la Comisión Teológica Internacional. Sin embargo, un día se me ocurrió que mi experiencia con el baile “kolo” y sus muchos elementos tenían mucho que ofrecer para comprender la sinodalidad.
Al igual que la danza, también ofrece un medio de socialización, pero en la vida de la Iglesia. Ya que en su esencia, la sinodalidad, derivada del griego “synodos”, significa “caminar juntos” o “recorrer el mismo camino”. Así que, la sinodalidad invita a toda la comunidad a asumir la responsabilidad de avanzar al unísono, atentos al Espíritu Santo y los unos a los otros. Tanto la danza como la sinodalidad requieren un cambio del desempeño individual a la armonía colectiva, transformando a un grupo de individuos distintos en un cuerpo singular en movimiento.
¿De qué manera el ritmo de la danza refleja el espíritu de la sinodalidad?
En la danza, el movimiento nunca comienza en el vacío; comienza con la música. Antes de que los bailarines puedan dar un paso, deben cultivar un silencio profundo y atento para interiorizar el ritmo, el tempo y el tono de la pieza. La sinodalidad opera exactamente en la misma frecuencia. Su paso fundamental no es hablar o promulgar políticas, sino escuchar profundamente — al Espíritu Santo, a la Escritura, a la tradición y escucharnos con atención unos a otros, especialmente aquellos en los márgenes.
Así como un bailarín que ignora la música se desconecta del grupo, los miembros de una comunidad que no escuchan dejan de actuar de manera sinodal. Escuchar el ritmo compartido garantiza que todos se muevan al compás de la misma canción.
Una coreografía compleja como el kolo presenta roles diferenciados, aunque todos se muevan exactamente al mismo tiempo. Sin embargo, incluso cuando un líder ofrece guía, ese liderazgo no se trata de dominar o de controlar los resultados, sino de crear un espacio seguro para que los demás brillen y se muevan con seguridad. Esta es la definición misma de corresponsabilidad en un marco sinodal. La jerarquía, los laicos, las comunidades religiosas y los teólogos, todos tienen distintos carismas (dones espirituales) y roles. La sinodalidad no aplana estas diferencias; sino que más bien, como un maestro coreógrafo, las entreteje. La belleza de la danza descansa en el hecho de que el movimiento de cada bailarín es necesario para que toda la pieza funcione.
La danza también implica creatividad y adaptabilidad. Los bailarines deben sortear la fuerza de la gravedad levantando los pies, ajustarse al peso e impulso de sus compañeros y adaptarse cuando se produce un traspié. La sinodalidad requiere una disposición a salir a la pista sin un resultado rígido y predeterminado. De hecho, es inherentemente un viaje a territorio desconocido. Abraza la tensión creativa del diálogo, reconociendo que el Espíritu Santo puede alterar nuestras rutinas cuidadosamente planificadas. Cuando una comunidad se enfrenta con la tensión o el desacuerdo, la sinodalidad le pide que no se vaya del escenario, sino que use esa fricción para cambiar, adaptarse y encontrar una nueva manera de avanzar juntos. Y así como los bailarines deben evitar pisarse los pies, convertir el diálogo sinodal en una discusión sería un paso en falso.
Además, bailar requiere conciencia espacial. La pista de baile nunca es infinita. Los bailarines necesitan prestar atención a las dimensiones de la pista para garantizar que haya espacio para todos. Si los bailarines ignoran los límites establecidos de la pista, corren el riesgo de caer hacia los bastidores, chocar con la orquesta o adentrarse en la oscuridad donde el movimiento pierde su forma y sentido. De manera similar, un camino sinodal expande la tienda de campaña. Pide a la comunidad que observe quién falta en la pista de baile y que le invite activamente a participar. Requiere que quienes están acostumbrados a estar en el centro del escenario den un paso atrás, para garantizar que el ritmo de la comunidad se adapte a la velocidad y los pasos de todos, no sólo de los intérpretes más experimentados.
Y sin embargo, al igual que los bailarines en el momento presente prestan atención a las dimensiones de la pista de baile para dar cabida a todos los que están bailando, ellos también reconocen que sus bordes, pilares estructurales y límite arquitectónico específico fueron diseñados por otros. Fue vertido, nivelado y pulido por generaciones de bailarines que le precedieron. Nuestra generación, aprendiendo las danzas en el salón parroquial, estaba consciente de que nuestros pasos fueron trazados décadas o siglos antes, transmitidos a través de una cadena viva de memoria. Esta conciencia no limitaba nuestra creatividad sino que fue la condición que hizo posible nuestra danza. Dependía de nosotros aportar nuestra propia respiración, energía y contexto cultural a la presentación.
La sinodalidad opera a través del tiempo exactamente de la misma manera. Sostiene un diálogo no sólo con los contemporáneos, sino con los vivos, los muertos y los que aún no han nacido. Así, como observó recientemente uno de mis hermanos cardenales, además de un enfoque de la sinodalidad que sea sincrónico, es decir, atento a la contribución de la generación actual, también es necesario un enfoque diacrónico a largo del tiempo para que la “tiranía del presente” no comprometa la auténtica sinodalidad. Un enfoque diacrónico de la sinodalidad garantiza que a las voces de los santos y de los Padres y Madres de la Iglesia se les dé un voto en el discernimiento actual, evitando que la comunidad local derive hacia una moda cultural pasajera que fracture la unidad histórica. Los límites diacrónicos de la enseñanza de la Iglesia en lugar de sofocar al Espíritu Santo canalizan la creatividad divina. Cuando una comunidad sinodal contemporánea respeta las dimensiones de la pista, preparada y usada por otros, deja de gastar energía tratando de derribar los muros del teatro. En cambio, descubre una inmensa libertad dentro de esos límites, encontrando formas frescas, creativas y pastorales de expresar verdades atemporales a un mundo moderno.
Las dimensiones sincrónica y diacrónica deben mantenerse en tensión. Una tentación común en las conversaciones contemporáneas es ver la sinodalidad como un ejercicio de reescritura de las reglas desde cero; como si el grupo actual simplemente puede expandir la pista a voluntad o saltar fuera de ella por completo. Un verdadero paso sinodal siempre se da en la pista, reconociendo que el discernimiento moderno no ocurre en el vacío. Los límites establecidos por la Escritura, el dogma y los históricos concilios no son jaulas restrictivas; son los parámetros estables que dan contexto, seguridad y legitimidad a nuestros movimientos actuales. Un enfoque sincrónico pregunta: “¿Cómo bailamos con quienes están hoy en la sala?” Esto es vital para la inclusión. Sin embargo, un enfoque diacrónico añade: “¿Cómo honra nuestra danza al coreógrafo original, y cómo transmite fielmente la coreografía a la siguiente generación?”
Al sintetizar lo sincrónico y lo diacrónico, la sinodalidad alcanza toda su belleza creativa. La Iglesia está llamada a ser intensamente consciente de los bailarines que están hoy en la pista; sus alegrías, sus heridas y sus ritmos únicos. Pero debe permanecer igualmente atenta a la pista histórica debajo de ella.
Cuando respetamos las dimensiones de la pista de baile, el viaje sinodal deja de ser una improvisación frenética y aislada del momento presente. En cambio, se convierte en parte de una presentación épica e ininterrumpida, un ballet atemporal donde los pasos del pasado guían los movimientos de hoy, llevando todo el cuerpo de forma segura a través del escenario hacia la eternidad.
Ver la sinodalidad a través del lente de la danza rescata esta palabra y concepto poco familiares del ámbito de la burocracia árida, los comités y el papeleo. Replantea el camino comunitario como algo dinámico, alegre y profundamente encarnado. La sinodalidad es la Iglesia aprendiendo a bailar. Es una práctica continua de escuchar la melodía divina, honrar los pasos únicos de cada participante y avanzar dando un testimonio al mundo bellamente coordinado. Nos recuerda que la meta no es llegar el final de la canción tan pronto como sea posible, sino alabar al Creador a través de la gracia, la unidad y el amor manifestado en cada paso del camino.
Pero aún más, la sinodalidad vista como danza también permite una apreciación más plena de cómo la Iglesia está llamada a reflejar el misterio de la Trinidad. Los Primeros Padres de la Iglesia hablaban de “pericóresis”, literalmente “una danza alrededor”, al describir el misterio de la Trinidad. Con esta imagen, se referían a la necesaria cohabitación de las tres Personas divinas de la Trinidad.
Y así, la Iglesia refleja el misterio trinitario con mayor eficacia cuanto más abraza la danza de la sinodalidad.