La Comisión Teológica Internacional es un importante “think tank” (grupo de expertos) de la Iglesia, supervisado por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. A principios de este año publicó un importante documento: “Quo vadis, humanitas?” (“¿Hacia dónde vas, humanidad?”)
Una sección en particular que encontré fascinante fue el tratamiento que el documento hace de la importancia de la vocación. Entendida adecuadamente, una vocación no se trata meramente de una elección profesional, sino del enfoque fundamental hacia Dios y los demás que se le ha dado a cada persona. La vocación es un don dado a cada persona.
Sin embargo, la cultura contemporánea, observa la ITC, a menudo ve la vida como un proyecto autodirigido. Estamos desamparados, sin dirección y abandonados en el mundo y necesitamos crearnos a nosotros mismos. En contraste con esto, el documento presenta la vocación como un don recibido. No nos “inventamos” a nosotros mismos; nos “descubrimos” al responder a un llamado que se origina fuera de nosotros, desde Dios.
Además, dado que hemos sido creados a imagen de Dios, nuestra vocación debe reflejar la naturaleza relacional de la Trinidad, por tanto es esencialmente social. Nuestra vocación es el llamado a alejarse del “yo aislado” hacia el “nosotros unido” de la comunidad. Como tal, una vocación implica la responsabilidad de cuidar la creación pero también de usar nuestra inteligencia y dones para promover la dignidad de todos los hijos de Dios.
El documento también deja clara la relación entre responder al llamado de Dios a convertirnos en quienes estamos destinados a ser y el llamado a la santidad. Responder auténticamente al llamado de Dios es el camino a la santidad genuina.
Volverse auténticamente humano y volverse santo son uno y lo mismo. Así, la santidad no se limita al sacerdocio o la vida religiosa; más bien, cada estado de vida — matrimonio, soltería, trabajo profesional — es un camino para vivir el llamado radical a amar mediante la conversión continua, alejándose de los caminos “deshumanizadores” hacia la vida de gracia.
Esta perspectiva es particularmente relevante en una era cuando tantas personas en nuestro mundo son tratadas inhumanamente. Nunca podemos dejar de alzar nuestras voces contra la retórica que se refiere a los inmigrantes de maneras despectivas, los comentarios que reducen las muertes de seres humanos en una guerra a puntaciones en un videojuego o los argumentos que marginan el valor de la vida humana en el vientre. Debemos instar a todos a alejarse de estos caminos deshumanizadores.
Al abordar la cuestión de hacia dónde va la humanidad, la ITC nos llama a reflexionar sobre nuestro propio llamado de Dios. El camino que debemos emprender implica convertirnos en quienes estamos destinados a ser respondiendo al amor de Dios, sirviendo el bien común y caminando hacia la plenitud de la vida en el reino de Dios.
También significa hacer todo lo posible para que todos en nuestro mundo tengan la libertad y la capacidad de florecer como Dios lo dispuso. Pero la pregunta: “¿Hacia dónde va la humanidad?”, no es simplemente un tema abstracto para ser examinado en ámbitos académicos o parroquiales. Más bien, es uno urgente que cada uno de nosotros debe responder.
¿Hacia dónde vas? ¿Hacia dónde quiere Dios que vayas?