Cardenal Blase J. Cupich

Homilía del cardenal Blase Cupich en la misa para celebrar al papa León XIV en el estadio Rate Field, el 14 de junio de 2025

Tuesday, July 8, 2025

Quiero comenzar agradeciendo al papa León por tomarse el tiempo para grabar un mensaje. Es muy apropiado reunirnos en el Día del Padre para honrar a quien llamamos con afecto Santo Padre. Y quiero retomar algo que él observó en el video. Él nos pidió a todos estar atentos al anhelo en nuestros corazones por encontrar un sentido. En pocas palabras, él hablaba de descubrir cómo vivir auténticamente, ser personas auténticas. Como observó el Papa, dado que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, esta fiesta de la Trinidad nos da un momento para reflexionar sobre lo que significa para nosotros ser una persona a semejanza de Dios, ser fieles a nosotros mismos y a los demás.

Tres cosas me vienen a la mente.

Primero, noten que cada una de las tres personas es consciente de ser amada. Mientras Juan bautiza en el río Jordán, Dios presenta a Jesús al mundo como su Hijo amado, de quien está muy complacido. De igual manera, Jesús habla del Padre como aquel a quien ama, con quien es uno en el Espíritu.

El mensaje es claro: saber que somos amados es fundamental para vivir como una persona auténtica. Este debe ser el núcleo de nuestra identidad, el punto de referencia para la manera en que nos valoramos, especialmente cada vez que voces dentro de nosotros generen dudas y erosionen nuestra autoestima en momentos de fracaso y vergüenza. Regresar con frecuencia a esta convicción fundamental, de que la medida de nuestro valor es que somos amados por Dios sin condición, puede liberarnos de la tiranía de ser juzgados por los demás o de estar sujetos a los estándares de éxito del mundo. Así como fue para Jesús en ese primer día haciendo la voluntad de su Padre, mientras nos esforzamos a vivir con autenticidad, haríamos bien en comenzar cada uno de nuestros días abiertos a escuchar esas mismas palabras: “Tu eres mi amado”. Esa es la medida de nuestro valor.

Una segunda cosa que notamos es que las tres personas siempre actúan juntas; cada una no es una persona aislada sino que siempre está conectada con las demás. De la misma manera, nosotros tampoco podemos ser personas auténticas viviendo en aislamiento, ya sea como individuos o como un grupo de élite. En la medida en que valoramos nuestra conexión con toda la humanidad nos abrimos a vivir como personas auténticas a imagen de las Personas Divinas.

Lamentablemente, con demasiada frecuencia escuchamos voces que intentan definir una parte de la humanidad como diferente o desconectada. Esto hace mucho daño a la familia humana pero aún más, como la historia con frecuencia nos ha dicho, también a quienes hablan y actúan de esta manera. La humanidad se ve mermada cuando los no nacidos o los indocumentados, los desempleados o los enfermos son excluidos, no invitados o rechazados, o cuando nos decimos que no nos conciernen.

Debemos tener esto presente mientras enfrentamos los desafíos de la inmigración en nuestro país. Sin duda, los países tienen el deber de asegurar sus fronteras, proteger al público del crimen y la violencia y de promulgar reglas razonables para la inmigración. Al mismo tiempo, es un error convertir en chivos expiatorios a quienes están aquí sin documentos, porque de hecho están aquí debido a un sistema de inmigración deteriorado, que ambos partidos han fallado en arreglar. La tarea ante nosotros en este momento como cristianos es llamarnos unos a otros a vivir con autenticidad, como personas auténticas, rechazando el lenguaje o la actividad que demoniza y degrada la dignidad de los demás, que pretende que algunas personas no son dignas de estar conectadas con nosotros. Eso es ajeno a nuestro llamado a ser personas a imagen y semejanza de Dios. También es deshonesto, porque de hecho, muchos indocumentados durante décadas han estado conectados con nosotros. Ellos están aquí no por invasión sino por invitación: para cosechar los frutos de la tierra que alimentan a nuestras familias, para limpiar nuestras mesas, hogares y cuartos de hotel, para arreglar nuestros jardines, y sí, incluso para cuidar de nuestros niños y ancianos. No tengo ninguna duda de que si somos honestos acerca de nuestras conexiones de unos con otros, podemos responder a este momento y así reclamar nuestro llamado a vivir como personas auténticas a imagen de las Personas Divinas.

Finalmente, notamos la continua y generosa autoentrega entre las Personas de Dios. Se nos dice que el Padre lo da todo al Hijo, quien lo devuelve al Padre para que nos los dé en el Espíritu. La reserva de sacrificio amoroso es inagotable. De hecho, el amor nunca termina. La capacidad de amar es infinita, sí, incluso para nosotros. El amor no tiene que ser racionado o restringido solo para algunos, pensando que corremos el riesgo de agotar nuestra capacidad de amar a aquellos más cercanos a nosotros.

A lo largo de los años, he visto de primera mano cómo las personas han aprendido esto. Un verano fui invitado a unirme a una familia en su casa a orillas del lago durante unos días. Años antes, había celebrado el matrimonio de su hijo, Pete. El nuevo novio y yo estábamos contemplando el lago una noche y él me dijo que al año siguiente planeaba tener su propio velero amarrado en el muelle junto al de su padre. Al año siguiente regresé al lago y de nuevo estábamos nosotros dos parados a la orilla del lago. Le mencioné que no había visto su bote junto al de su padre. “Sí”, dijo él mientras miraba a su hijo recién nacido en sus brazos, “pero qué gran intercambio”. Con frecuencia me ha encantado ver a padres nuevos descubrir en la reserva de sus corazones la capacidad infinita para amar sin importar el costo. Es el tipo de descubrimiento que los ayuda a crecer como personas auténticas a imagen y semejanza de Dios. Espero que ustedes hayan hecho el mismo descubrimiento en sus vidas.

Este fin de semana también es el Día del Padre. Es una ocasión para recordar a quienes han sido nuestros padres, y nos han enseñado cómo vivir auténticamente. En mi caso, muchas de las cosas de las que he hablado hoy me las enseñó mi padre. Él fue un cartero que a los 48 años tuvo Parkinson, lo que lo dejó desempleado. Después de asegurar el medicamento, la dieta y el ejercicio adecuados, comenzó su trabajo como voluntario en la Sociedad de San Vicente de Paúl de nuestra parroquia, visitando hospitales y personas confinadas. El observó que algunas personas que vivían solas en sus casas carecían de una nutrición adecuada, así que fue a la junta del condado e instó a participar en un nuevo programa federal llamado “Meals on Wheels”. Lamentablemente, la junta no quería involucrarse en la burocracia que esto implicaba. Así que papá decidió postularse para el puesto en la junta del condado. Fue elegido y sirvió tres términos, y hasta el día de hoy, el condado tiene un vibrante programa de “Meals on Wheels”. Les cuento esta historia porque papá me enseñó lo que significa ser una persona auténtica antes de yo haber estudiado teología y haber aprendido sobre la Trinidad. Él no dejó que su enfermedad le dijera que su vida no valía nada, comprendió la importancia de estar conectado con los demás y aprovechó un recurso inagotable de amor sacrificial. En el momento de la comunión hoy, me gustaría invitarlos a tomarse un momento y agradecer a Dios por las personas en sus vidas que les han enseñado cómo ser auténticos como personas reales, convenciéndolos de que son amados por Dios, enseñándoles a atesorar lo interconectados que estamos todos e inspirándolos a vivir sin importar el costo. Feliz Día del Padre para todos.

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