“Yo fui uno de esos niños que jugaba a la misa desde pequeño” recuerda el padre Cristian García. “Tendría unos siete años y hacía que todos mis hermanitos bajaran al sótano y escucharan mis sermones, yo les daba jugo de uva y Ritz crackers”.
Lo anterior lo platicó en “La hora católica: misa y más” con Alejandro Castillo. García se ordenó como sacerdote el 17 de mayo en la Catedral del Santo Nombre, en una misa oficiada por el cardenal Blase Cupich, en la que también fue ordenado el padre Kevin Menard.
El padre Cristian García tiene 33 años y es de Chicago, de padres mexicanos, y tiene su primera asignación en la parroquia St. Clare of Assisi, en Rolling Meadows y Mount Prospect.
Algo que llama la atención es que el padre Cristian, antes de su ordenación como sacerdote, sirvió como diácono. Pero el deseo de ser sacerdote tiene raíces muy profundas en su memoria:
“Yo veía a mi papá leer en la iglesia, y siempre lo admiré” dice. “Antes de hacer mi primera comunión, el padre me dejaba ser monaguillo. Cada vez que tenía que traerle algo al padre yo miraba hacia atrás, para ver a mi papá, para asegurarme de que estaba haciendo lo que debía”.
“Desde una edad muy temprana sentí que mi lugar estaba en el altar” comenta sin dudarlo.
“La primera vez que fui al seminario, yo estaba terminando mi trabajo en Springfield, después de la universidad”, recuerda . “Yo estudié en la Universidad de Illinois, en Urbana-Champagne y luego trabajé por un año para el gobierno en Springfield. Fue en una Cuaresma que decidí: ‘este deseo de ser sacerdote nunca, nunca se va’. Y me permití ir al seminario”.
Ya en el seminario conoció a quienes considera sus mejores amigos, con los que todavía mantiene contacto el día de hoy. “Me impresionó la paz que sentí al salir del seminario y regresar a mi trabajo” dice. “Quería ir tras esa paz que muy difícilmente había encontrado en otros lugares. Creo que ha sido mi sendero. Cómo es que yo busco la paz, y eso decide qué trayectoria sigo”.
El padre Cristian estudió Ciencias Políticas e italiano, “quería ser como una especie de embajador” dice.
“En el 2008 falleció una tía que yo quería mucho, Kathy García” dice el padre Cristian. “Mi tía falleció en un tiroteo en la Universidad de Northern Illinois. Me acuerdo del trato del sacerdote para con mi madrina, con mi familia, que a pesar de que no tenía todas las palabras (porque, ¿qué le puedes decir a una persona que ha perdido tan cruelmente a un ser querido?) él nos acompañó a todos”.
Esta capacidad del sacerdote para crear lazos de empatía lo dejó muy impactado. “Me quedé muy conmovido por la capacidad que tiene un sacerdote para entrar en los momentos más difíciles de las personas y permanecer allí, quizá no resolver todo, pero permanecer. Hay una certeza de que Dios está con uno, por el simple hecho de que el sacerdote está presente. Eso me conmovió mucho, me impactó tanto que yo dije wow, si yo puedo hacer eso, ¿qué no puedo hacer?”.
Influencia de sus padres
“Mis papás son de Jalisco, así que nos gusta el mariachi y todo lo típico”. Sobre la comida, dice: “Yo soy vegetariano, de hecho. Desde muy pequeño, a los seis años rechacé la carne. Mi mamá siempre trató de hacerme comer chorizo, diciendo que lo hacían de arroz (risas). Ya no lo hace, ya me da chorizo de soya”.
De niño, Cristian García se crio en Cicero, y asistió a la parroquia Santa María Chestokhova. Allí sirvió como monaguillo por muchos años, siempre cerca de los sacerdotes.
“Mis padres influyeron mucho en mi vocación” dice. “Mi mamá me enseñó a rezar, yo le agradezco mucho eso. Me acuerdo que desde muy niños nos sentaba a todos en su cama y nos ponía a rezar la coronilla de la Divina Misericordia, estábamos en círculo, todos tomábamos un turno para liderar una ‘década’ (cuenta del rosario)”.
Su camino al sacerdocio fue, dice “toda una montaña rusa”: “Recuerdo que cuando le dije a mi mamá por primera vez que quería entrar al seminario era mi cumpleaños y mi mamá empezó a llorar. No sé si eran del todo lágrimas de alegría, tal vez también había allí lágrimas de tristeza, porque quieras o no cuesta mucho a los papás a veces desprenderse de su idea de lo que piensan que va a hacer a sus hijos felices. Para muchos de nuestros papás hubo cierto momento en que pensaron en que lo mejor para mi vida sería crecer y tener una vida con familia, normal. Pero conforme avanzaba, todo lo contrario, se hicieron mis mejores ‘fans’. El día de hoy creo que ellos quieren la fiesta (de ordenación) más que yo”.
El padre Cristian tiene un hermano menor, Edgar, y dos hermanitas gemelas, Stephanie y Leslie. “Yo los quiero mucho, me han apoyado tantísimo” dice.
“Sí, ha habido deseos de querer tener familia, hijos, pero se han ido, y lo que sí permanece es el deseo del sacerdocio” comenta.
“Yo me salí del seminario por tres años, y eso me ayudó a comprobar cuál es mi verdadera vocación. Tuve mi trabajo otra vez, pude tener noviazgos y al final era lo mismo, lo que perdura es el deseo de ser sacerdote”.
Su diaconado
El padre hizo su diaconado en la parroquia Ntra. Sra. de las Américas, donde quedó muy encariñado con la gente. “He apoyado en la despensa. El camión nos trae la comida los jueves y los sábados tenemos una fila grande al lado del templo. Me ha gustado mucho interactuar con las personas que vienen, algunos no vienen a misa, otros sí”.
“Tuvimos un ministerio de migrantes cuando surgió la ola de gente de Centroamérica y principalmente de Venezuela y Colombia. Yo necesitaba ayuda y recurrí a Marilú González de Caridades Católicas y una voluntaria de aquí que se llama Maribel Lemus y creamos un programa para ayudar a gente verdaderamente vulnerable, instalarlos en departamentos, darles renta gratis por dos meses. Cuando ya tienes resuelto el problema de la habitación te puedes dedicar a buscarte la vida”.
Es la misma fórmula que usaba cuando trabajaba para el ministerio de los encarcelados Kolbe House, dice, “y funcionó”, le pudimos ayudar como a doce familias.
“Amo a esta comunidad, ¡los quiero tanto!” dice “Pensar que no voy a estar aquí por una nueva asignación me parte el alma. Yo ayudo en misa diaria”.