Vivimos tiempos de crisis donde el valor de la dignidad humana parece haberse diluido. La situación a la que se enfrenta la ciudad de Chicago con el tema de las redadas es una realidad cruel marcada por el pecado social cuyo fin es el abuso de los derechos y la dignidad de los inmigrantes. Ante esta realidad, todos nos preguntamos: ¿cómo llegamos a este punto? ¿qué hemos hecho para merecer que seamos aterrorizados en las calles de nuestras comunidades? ¿desde cuándo es un crimen la búsqueda de la felicidad y un mejor porvenir? ¿cómo recuperar nuestra dignidad que ha sido criminalizada y pisoteada por una retórica antiinmigrante que predomina en la sociedad?
En este mundo cambiante y lleno de desafíos a la fraternidad universal, es necesario voltear la mirada a Cristo Redentor por medio del sacramento de la reconciliación. Para esto es necesario que nuestras parroquias tomen acción e inviten a los laicos a examinar su conciencia sobre el trato a los inmigrantes y otras comunidades vulnerables. Cristo vino precisamente a reconciliar a un mundo herido por el pecado social. Sin embargo, a través de su muerte y resurrección, el Padre restauró nuestra dignidad perdida. Nuestras parroquias tienen que darse a la tarea de invitar a los fieles laicos a formar sus conciencias y a tener encuentros con los inmigrantes que sufren persecución, pues en ellos podemos ver reflejado el rostro de Cristo, que también vive esta persecución.
En Caritas in Veritate, el papa Benedicto XVI señala que “Todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación” (n. 62). En su Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado de 2022, el papa Francisco también señala que “los extranjeros no figuran como invasores y destructores, sino como trabajadores bien dispuestos que reconstruyen las murallas de la Nueva Jerusalén, la Jerusalén abierta a todos los pueblos (cf. Is 60,10-11)”.
La migración no es una realidad distante sino un encuentro cotidiano que toca nuestra fe, nuestra conciencia y nuestro compromiso social. Para caminar con nuestros hermanos inmigrantes es indispensable escuchar sus voces, humanizar sus historias y defender sus derechos y su dignidad. Como católicos no podemos ir a misa los domingos y darnos golpecitos de pecho mientras decimos arrepentirnos de nuestros pecados, para salir de la Sagrada Eucaristía y no ver la realidad que acontece en nuestras calles donde Jesús vuelve a ser crucificado.
Es preciso reconocer que como hijos de Dios estamos llamados a construir puentes de fraternidad, reconciliación e integración. Tenemos que vivir nuestra fraternidad en las calles defendiendo los derechos y la dignidad de nuestros hermanos inmigrantes. Todos somos responsables de las diferentes violencias que vive la comunidad inmigrante en Chicago y en otras partes del país. Los abusos en contra de los inmigrantes tienen que apelar a nuestra conciencia, a nuestra fraternidad universal e identidad como católicos. Estamos llamados a escuchar el clamor de Dios en los que sufren, de lo contrario, ¿cómo podemos decir que honramos el Cuerpo de Cristo si lo ignoramos cuando nuestros hermanos inmigrantes son perseguidos, maltratados, encarcelados y eventualmente deportados sin justificación?
Aurora Santos Santiago es coordinadora de programas de educación para adultos. Actualmente cursa su segundo año de la maestría bilingüe de Estudios Pastorales en el Instituto de Estudios Pastorales de la Universidad de Loyola Chicago.