Durante la última visita del papa Juan Pablo II a Canadá, el pontífice congregó a miles de jóvenes llenos de sueños, esperanzas, vida y fe. Con su cuerpo arrasado por varias enfermedades y una fuerte voluntad, inspirado por su misión aquí en la tierra, el Papa presidió misa, aceptó el amor de la asamblea, ofreció un almuerzo a jóvenes representantes de varios países y pronunció un discurso sólido y desafiante a la Juventud del mundo.
En su sentido del deber, renunció a su tiempo; tiempo para descansar en lo que serían sus últimos días de existencia terrenal. Había renunciado a las comodidades de su hogar para moverse frágilmente entre las multitudes y los corazones de todos. Había renunciado a la vida, su vida, y ser vida para los demás. Nuestro querido Papa renunció a todo por una perla de gran valor, la predicación de la Buena Nueva y el Reino de Dios.
Comprender y aceptar el don de trabajar para el Reino de Dios es la principal preocupación de los evangelios. Estamos inmersos en un mundo donde “el tiempo es oro”, por lo tanto, muy importante. Estamos viviendo una época de gratificación instantánea, de búsqueda de control, de logros medibles y de soluciones pragmáticas. Nuestra medida para el éxito no es la estabilidad, el clima personal o familiar, o incluso la seguridad. La medida del éxito de nuestra sociedad es el dinero y el poder. Como decimos, “el dinero habla”.
El evangelio usa imágenes del gran tesoro, material y objetos de valor mundanos, para señalar el verdadero tesoro. Es una invitación a colocar como prioridad absoluta el tesoro de los tesoros, nuestra fe. Para un cristiano, este es el interés principal y la principal preocupación en la vida. Al final de nuestra jornada terrenal, cuando nos enfrentemos a nuestro Creador, tenemos lo que tenemos en nuestras manos en los logros de nuestra existencia, si es que hemos respondido con fe.
Este tesoro se puede encontrar en los lugares más comunes. Este tesoro, esta respuesta, se encuentra en las rutinas diarias de nuestras vidas. Esta gran perla está escondida en los pliegues de lo ordinario. Dios nos está hablando constantemente, enviándonos circunstancias, signos y mensajes en los fragmentos de nuestros acontecimientos cotidianos. Por ejemplo, se encuentra en la forma en que tratamos a nuestro cónyuge, en ese pequeño ramo de margaritas que le trajiste sólo porque sí, o al recordar cuál es su comida favorita y prepararla sólo porque sí... Este tesoro se encuentra en las primeras palabras de su hijo, cuando apenas puede murmurar “mamá”. Este tesoro existe cuando apoyamos a un amigo a través de un divorcio difícil o cuando apoyamos a un vecino que ha perdido a un ser querido. ¡Este tesoro existe!
¿Pero cómo podemos verlo? ¿Cómo podemos encontrarlo? Aquí es cuando nuestra visión interviene. No respondemos porque lo vemos. Lo vemos porque respondemos al llamado de Dios de contribuir con su reino aquí en la tierra. ¡Ahí es donde está el tesoro! Si podemos entender lo que el reino de Dios nos pide, ni siquiera dudaríamos al responder a su llamado al servicio.
Ser un discípulo significa imitar a Jesús. Es nuestra fe en Cristo lo que nos permitirá vender todo lo que tenemos, comprar la gran perla y descubrir el verdadero tesoro. Mientras que el Papa que da su vida por los demás o una madre que da la vida por sus hijos, podemos ver porque hemos creído y hemos respondido. Nuestro gran destino es descubrir nuestra verdadera riqueza en la tierra y compartir la gloria de Dios en el reino celestial.