Desde la inmensidad de la mente de Dios y desde el infinito amor de su generosidad, Dios nos ha llamado a ser. Antes de haber sido un brillito en los ojos de nuestra madre, ya Dios nos había pensado. Nuestro Señor, el Señor de nuestros antepasados, el Dios de Israel y el Dios de los Estados Unidos de América, desde el vientre de nuestra madre nos ha llamado a la luz y a la gloria de los bautizados. ¡Mirad, María! ¡He aquí Juan! ¡Mirad a Leticia y Francisco! Estamos llamados a ser hijos de Dios y por lo tanto, Él nos ha permitido ser Pueblo de Reyes, Asamblea Santa y Pueblo Sacerdotal, en otras palabras, personas de fe. Y por eso nos regocijamos en el Señor.
Ejercemos el oficio real cuando nos damos cuenta de la magnificencia de nuestro Dios, Omnisciente (todo conocedor), Omnipotente (todo poderoso), Omnipresente (siempre presente) e infinito.
Sin embargo, es accesible, alcanzable y real. El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. ¿Sabías que en el bautismo se hizo una invitación para vivir vidas santas? ¡Estamos llamados a ser santos!
En nuestra relación con Dios y con el prójimo, hemos sido invitados y alentados a vivir en relación con el Padre en un vínculo que la enfermedad, la tragedia e incluso la muerte no pueden disolver. Y cuando cantamos en la celebración de la misa, cuando respondemos a las exhortaciones del presidente con convicción, fuerza, certeza y cuando nos arrodillamos, nos paramos y rezamos en los momentos apropiados de la liturgia, proclamamos nuestro sacerdocio ordinario y ejecutamos nuestros deberes sacerdotales.
Y estos deberes no sólo deben permear momentos extraordinarios en nuestras vidas sino que también deben encarnarse en lo ordinario de nuestra rutina diaria. No pueden permanecer contenidos dentro de los muros de nuestras hermosas iglesias, deben salir al mundo de la misma manera que Jesús salió en un esfuerzo misionero para difundir el evangelio. La fe tiene que parecer algo y ese algo es nuestra vida. El ejemplo que mostramos en nuestros esfuerzos cotidianos allana el camino para que otros vean a Jesús en nosotros.
Damos testimonio con nuestros hechos, acciones y vidas por el amor de Dios y por las muchas formas en que Él ha elevado a la humanidad, nuestra humanidad. Con el bautismo de Jesús comenzó su misión pública. Con el bautismo de Jesús se instituyó nuestra vida como familia de Dios.
Nuestro Padre se convirtió en nuestro amoroso y eterno Salvador y el hogar para nosotros se convirtió en vivir la vida en Jesús. Se trata de ver a Jesús y exclamar, he aquí, verlo en la señora que se sienta con un abrigo de piel viejo y harapiento en la esquina de nuestra iglesia, o en el joven
cajero del supermercado que, cometiendo errores en la caja, se esfuerza por obtener el número correcto de nuestros artículos ante nuestra frustración y sentimiento de pérdida de tiempo. También en la mujer casada que en ocasiones llega tarde pero siempre está presente en las actividades de la iglesia y simultáneamente hace malabares con su hogar, su familia y su trabajo. He aquí, te digo, las maravillas de nuestra humanidad levantadas por las aguas del bautismo y sostenidas por el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo.
En el contexto del evangelio, el decir “he aquí”, significa mucho más que el simple ver o mirar. Significa contemplar, respetar y preservar la integridad, belleza y dignidad de la persona en cuestión. Contemplar significa más que sólo ver o mirar. Contemplar significa mirar, mantener y preservar la integridad y la belleza del objeto o la persona en cuestión. Contemplar significa ver el rostro de Dios.
Simplemente no puedes llevar los ojos en otra dirección. A medida que continuamos nuestro viaje litúrgico hacia los misterios de la Cuaresma y la Pascua, mantenemos nuestros ojos fijos en el Señor para que Él nos permita ver y ser iconos de Dios. Sólo así podremos ver a Jesús en nosotros mismos y en los demás y decir: “He aquí el Cordero de Dios”.