Padre Claudio Díaz Jr.

Los nuevos leprosos

Thursday, November 6, 2025

La lepra es una enfermedad que afecta la piel del ser humano… Pero también afecta el alma. Es una condición de profundo deterioro, persistente y sumamente dolorosa a nivel emocional. Condena al individuo a vivir fuera de la familia, de la sociedad y ultimadamente al margen de la vida.

En su jornada a Samaria, Jesús confronta cara a cara esta enfermedad. Diez leprosos, a las afueras de la villa, deformados en su cuerpo y deformados por la sociedad, se encuentran en un estado de profunda desolación y abandono. Al ver a Jesús claman por sanación y deciden “abandonarse” en nuestro Señor. ¡Y Cristo cumple! Lo particular de este evangelio es que solamente uno regresa para agradecerle. Solo uno, el extranjero, le corresponde con gratitud. Este samaritano no tomó a Dios por sentado, asumiendo que Jesús tenía que curarle, sino que fue intencional en su agradecimiento. A pesar del silencio de los otros nueve, Cristo siguió con su ministerio independientemente de lo acontecido.

Al continuar nosotros con nuestro ministerio nos podemos encontrar con leprosos en nuestro camino.  El mundo no ha cambiado y los leprosos han cambiado de rostros: las víctimas de Sida, las

madres solteras, los adictos a las drogas, los que no tienen hogar y hasta los migrantes e indocumentados… El mundo no ha cambiado su postura y ve a estas personas como inconvenientes, como molestias que deberían mantenerse al margen, ya que no constituyen entes “productivos en esta sociedad”. Como si todo el que trabajase en este pais no viniese con ansias y necesidad de trabajar para un bienestar comun pagando impuestos…

El resultado de esta lepra es rechazo. Pero, ¿quién no ha sido rechazado en algún momento de su vida? ¿Quién no lleva las cicatrices infligidas por el maltrato y la negligencia de otros? Todos estamos en necesidad de la acción sanadora. Y mientras el mundo continúa con su indiferencia al dolor, ya sea al nuestro, el colectivo o el universal, nosotros no debemos ser parte de esa indiferencia. Es nuestro deber y vocación como cristianos el asistir a la sanación del mundo comenzando con nosotros mismos. En medio de nuestra fragmentación existencial necesitamos tener un encuentro con Cristo, el doctor de almas. En el caminar cotidiano de nuestras vidas, nuestra humanidad debe encontrarse con lo Divino para que nos ilumine, nos eleve y ultimadamente nos sane.

¿Y cuál debería ser la respuesta a un momento de encuentro con Cristo donde nos convertimos en fuentes de agua viva? Gratitud. De ahí se desprende el querer hacer una diferencia en la vida de otros. Llenos de agradecimiento, reconocemos las bendiciones recibidas y laboramos para que otros también las puedan recibir. Como humanos abandonémonos a la misericordia de nuestro Dios, y con profundas gracias extendamos nuestros brazos en oración al cielo para tocar lo divino.

Advertising