Padre Claudio Díaz Jr.

Tres vidas… un encuentro

Wednesday, August 6, 2025

Una de las particularidades de los evangelios es su sentido testimonial. Desde la experiencia de varias vidas, de diferentes orígenes, estratos sociales, edades, géneros, diversidad en el estrato económico y demás, Jesús se manifiesta dentro de la realidad de cada uno, resultando en un encuentro personal con cada una de las personas mencionadas en la escritura. De esa manera conocemos al joven rico, Mateo el cobrador de impuestos, la hemorroisa la hija de Jairo, el centurión y muchos otros. Todos tuvieron un momento, un espacio, en diversas circunstancias, terminando en un descubrimiento o reafirmación de lo que eran y podían ser. Para efectos de este artículo, deseo revisitar tres testimonios y los efectos de su encuentro con Cristo.

El adulterio, de acuerdo a las prácticas religiosas en el tiempo de Jesús, era considerado un gran pecado con inmediatas, inhumanas y extremas consecuencias, especialmente para la mujer. La ley mosaica indicaba el apedrear públicamente a cualquier mujer sorprendida en adulterio. Todo se convertía en un espectáculo carente de compasión, cruel y en ciertos casos sin un juicio propio. La palabra de la mujer no contaba.

Cristo, sin querer entrar en una dinámica de condenación, de falta de empatía o respeto a un ser humano, trata de evitarlos. Al ser desafiado, coloca la ley en perspectiva: “El que esté libre de pecado que lance la primera piedra”. Cristo la salva de la violencia, escarnio público y la posibilidad de muerte en un gesto dramático en donde los paradigmas de una cultura de muerte son destruidos: “¿Mujer, donde están tus acusadores?”. Él la salva de su condición pecaminosa y la exhorta a no ser más víctima de sus debilidades: “Vete y no peques más.” De este encuentro ella se convierte en una nueva creación. Su vida adquiere una nueva dirección. Ella vuelve a nacer en Cristo, quien salva su vida, la perdona, la sana y le da voz…

Mientras Jesús va por el camino, llevando su mensaje de salvación al mundo, se la atraviesa una mujer conocida como la siro-fenicia o la cananea. Él, quien viene desde la distancia, busca a Jesús con la intención de que libere y sane a su hija de su enfermedad. Y allí estaba ella, postrada ente Jesús, con sus colorido ropaje, como era la tradición en su cultura, adornada con excesivas joyas, sobre maquillada. Toda belleza, todo bravado, todo valor… Toda pagana.

Esta mujer cananea, desesperada, virtualmente dando alaridos, sufriendo profundamente, trae simultáneamente, consigo misma caos, desconsuelo, el abismo cultural que humanamente la separaba de Jesús. Aun así, como era y con lo que tenía, hace homenaje a Jesús: “Ten piedad de mi Señor, hijo de David.”, demostrando su total confianza y total abandono en el Señor. Jesús, entrando en un debate filosófico la desafía. Ella, sin reclamar ningún derecho, con brillantez argumentativa, le recuerda a Jesús que aquellos considerados fuera del círculo de salvación también pueden ser receptores de la misericordia de Dios. 

Jesús, en un gesto de justicia, reconoce la necesidad de la mujer y la sagacidad de su respuesta. Él no permitió que las diferencias culturales o el estilo abrasivo de esta mujer le quitara la oportunidad de hacer el bien a esta pagana. ¡La fe de esta mujer proclamó a Jesús como el Señor! Al ponerse de pie se levanta llena de esperanza, llena de paz y como consecuencia su hija es liberada del mal que la acongojaba… Desde la distancia.  Este encuentro demuestra que Dios no excluye a nadie y que su misericordia es para todos los que creen en Él.

Cristo, en otra ocasión, hostigado por el calor, al mediodía, decide descansar a la vera de un pozo de agua. Precisamente llega en ese momento la mujer conocida como “la samaritana”. Jesús, ignorando la convención cultural de no hablarle a una mujer a solas en ausencia de su marido y mucho menos a una samaritana con quien ambos pueblos (judíos y samaritanos) llevaban una pugna por siglos, le pide de beber. Inmediatamente ella lo rechaza. Se burla de no haber observado las costumbres entre los grupos y por no tener un cántaro para sacar agua. Aparentemente, no era Jesús el único sediento. La samaritana también tenía sed. Sed de ser escuchada. Su vida fue una de buscar el amor en cinco maridos y el hombre con el cual estaba unida en ese momento no era su marido. Esta mujer yacía utilizada, amargada, ahogándose en su propio pozo.

Jesús le ayuda a cruzar las aguas turbulentas de su existencia. La invita a revelar su propia alma. De momento, ella ve la luz… Después del diálogo con Jesús, ella se da cuenta que su verdadera sed no era por el líquido natural. Su verdadera sed era de Dios. Lo que no pudieron hacer seis hombres, lo logra Jesús con tan solo reconocerla como un ser humano, retarla y darle de beber de las aguas que nunca se acaban. Así, la samaritana que había sido vilificada, utilizada por los hombres y condenada por la sociedad debido a su historia personal y desbocadas pasiones, después de haber bebido de la verdadera fuente de vida, corre redimida, victoriosa, libre y con su mente y espíritu en el aposento alto. Ella se convierte en una nueva creación pascual: “Muerta al pecado, libre y viva para vivir en la gracia de Dios.”

¿Hemos sido alguna vez alguna de estas mujeres? Después de su encuentro con Cristo, ¿Cuál deseamos ser? ¿La liberada de su dolor? ¿La liberada de su pecado? ¿La evangelizadora? El encuentro con nuestro salvador nos cambia la vida, nos sana las heridas y nos permite hacer maravillas en su nombre. Sigamos el ejemplo de estas mujeres, no en su etapa de oscuridad, esclavitud o dolor. Sigámoslas en su deseo de creer, mantenerse firmes en un Cristo liberador, verdadero y todopoderoso, llevando la buena nueva a los demás. ¡La salvación es para todos!

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