La Santa Sede pide “poner fin al uso de un lenguaje cargado de odio y venganza y comprometerse en un diálogo sincero”, con el objetivo de encontrar soluciones justas y duraderas a las crisis que afectan al mundo. Y acoge con satisfacción los esfuerzos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) para “vincular la asistencia humanitaria con el desarrollo y la construcción de la paz, en estrecha cooperación con los Estados y los actores locales”. Así lo subrayó el arzobispo Ettore Balestrero, observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales en Ginebra, en su declaración con motivo de la 95ª reunión del Comité Permanente del ACNUR, con la actualización sobre las operaciones en Oriente Medio y el Norte de África, celebrada el 25 de marzo.
El arzobispo recordó la profunda preocupación con la que la Santa Sede sigue la guerra en Oriente Medio, citando las palabras del papa León XIV en el Ángelus del 22 de marzo: “¡La muerte y el dolor provocados por estas guerras son un escándalo para toda la familia humana y un clamor ante Dios!”. Y lamentablemente, constató Balestrero, “trágicamente, mientras las necesidades humanitarias aumentan drásticamente, los recursos destinados a la asistencia están disminuyendo”. Los sufrimientos de millones de personas privadas “de una protección adecuada, de asistencia y de perspectivas para un futuro digno”, añadió, se ven agravados aún más por la fuerte desproporción entre los recursos utilizados para las armas y la guerra y “los dedicados al servicio de la vida”.
Además, dado que la gran mayoría de los refugiados es acogida por países en desarrollo, subrayó el representante de la Santa Sede, “la comunidad internacional debe renovar su compromiso de solidaridad, proporcionando financiamiento predecible y mayores oportunidades de reasentamiento”. Los desplazados, reiteró, “no son simples estadísticas que manejar; son individuos, hombres y mujeres, chicos y chicas, cada uno con un nombre, un rostro y una historia”. Lamentablemente, en demasiados lugares del mundo, “generaciones enteras no han conocido otra cosa que guerra, desplazamiento e incertidumbre”. Los niños que crecen en los campos “están privados de entornos familiares estables, de la educación e incluso de la simple alegría de jugar”. ¿Cómo pueden, se pregunta el arzobispo, estos futuros adultos esperar construir un mundo mejor, “cuando la única realidad que han conocido es el horror de la guerra”?
El arzobispo Balestrero también intervino en otra reunión del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) dedicada a Europa: la Santa Sede —afirmó en esa ocasión—, a más de cuatro años del estallido de la guerra en Ucrania, continúa siguiendo “con gran dolor” el impacto humanitario de este conflicto, que ha causado “el desplazamiento forzado de millones de personas, devastado vidas y familias y generado destrucción y sufrimiento generalizado”.
“Convertirse en refugiado nunca es una elección”, enfatizó el prelado, para subrayar que “el derecho a la vida debe ser considerado una prioridad” y que “ninguna persona que necesite protección debería morir en el mar o en las fronteras terrestres debido a asistencia negada, retrasada o condicionada”.