Cardenal Blase J. Cupich

Las responsabilidades de la Iglesia en el mundo de hoy

Friday, July 10, 2026

Al concluir la reunión de dos días del Colegio Cardenalicio con el papa León el 29 de junio, el Santo Padre ofreció unas declaraciones. Él abordó el papel de la Iglesia en este momento de profundas transiciones: rápidos avances tecnológicos, profunda polarización política y una sensación generalizada de aislamiento. Ciertamente, el papel de la Iglesia exige más que una mera preservación del pasado o supervivencia institucional.

Al igual que los padres del Concilio Vaticano II lo hicieron hace más de 60 años al hablar al mundo moderno, el papa León llamó a un recompromiso dinámico e identificó cuatro prioridades interrelacionadas conforme la Iglesia considera sus responsabilidades con el mundo: dar un auténtico testimonio, practicar una cercanía radical, formar conciencias individuales y colectivas y construir comunidades creíbles. En conjunto, al adoptar estas responsabilidades, la Iglesia se transforma pasando de ser un monumento desvinculado del pasado a un catalizador vivo y palpitante para la esperanza y sanación en el presente.

Desde sus orígenes, el corazón de la identidad de la Iglesia es el llamado a dar testimonio. Los primeros santos eran conocidos como “mártires”, la palabra griega para testigo. En un momento en el que la sociedad de hoy desconfía y está cansada de las palabras e instituciones, la principal responsabilidad de la iglesia es ofrecer una narrativa convincente del Evangelio, no mediante declaraciones triunfalistas sino alineando sus enseñanzas con acciones.

Debemos hablar sobre las necesidades de los marginados pero también apoyarlos y estar con ellos. Debemos defender la dignidad de la vida humana pero también ejemplificar amor abnegado incluso cuando sea políticamente inconveniente. Debemos desafiar la injusticia sistémica, pobreza o degradación ambiental, pero combinar nuestras palabras con un compromiso directo con esas mismas causas.

Hay cierta ironía acerca de nuestra vida moderna. Hemos alcanzado una conectividad digital sin precedentes, pero sólo ha generado una epidemia de soledad y fragmentación social. En esta realidad, la Iglesia ofrece cercanía como el antídoto a una “cultura de indiferencia”.

El papa Francisco, de feliz memoria, a menudo hablaba de la Iglesia como un “hospital de campaña”, que sale de sus santuarios y deliberadamente ingresa en las realidades desordenadas y dolorosas de la existencia humana. Esto significa encontrar a las personas exactamente donde se encuentran: en su dolor, sus dudas, sus dificultades económicas y su desplazamiento.

Hacemos esto para continuar el ministerio de Jesús, quien constantemente traspasaba barreras sociales, raciales y rituales para sentarse con los excluidos. Esto no es un alcance superficial ni una caridad paternalista; es un compromiso de caminar al lado de los que sufren, los que no tienen hogar, los inmigrantes y los solitarios. Al cerrar las brechas creadas por una sociedad hiper individualista, un ministerio de cercanía transforma a extraños en vecinos, asegurando que nadie se quede llevando solo las cargas de la vida.

Tristemente, el debate público sobre los asuntos geopolíticos, desigualdades socioeconómicas y los rápidos avances tecnológicos a menudo se reduce a discusiones a gritos reactivas y emocionales. El servicio de la Iglesia de formar conciencias ofrece un enfoque diferente. No se trata de dictar un cumplimiento rígido y sin pensar o de participar en guerras culturales partidistas, sino más de equipar a las personas con el marco moral necesario para un discernimiento maduro.

Formar conciencias implica enseñar los principios fundamentales de la dignidad humana, el bien común, la solidaridad y la justicia. Fomenta el pensamiento crítico iluminado por la fe, permitiendo a las personas navegar la ambigüedad con integridad ética. El objetivo es facultar a los ciudadanos para que actúen como agentes de paz y justicia en sus lugares de trabajo, gobiernos y vecindarios, creando un efecto en cadena de responsabilidad ética a lo largo de la sociedad en general.

Finalmente, todos estos esfuerzos requerirán la creación de espacios de apoyo. La Iglesia está llamada a construir comunidades que sirvan como lugares donde la diversidad se celebra, los conflictos se resuelven mediante la reconciliación y el cuidado mutuo es el estándar. Sin embargo, ya que estos espacios deben ser creíbles, la Iglesia nunca debe dudar en confrontar sus propios fracasos históricos y sistémicos, incluidos los abusos de poder, los escándalos financieros y las divisiones internas; con una honestidad transparente y un compromiso riguroso con la reforma.

Una comunidad creíble no afirma estar libre de pecado; más bien, demuestra su credibilidad por cómo maneja sus faltas, protege a los vulnerables y busca el perdón. Cuando una parroquia es genuinamente fraterna y transparentemente creíble, se convierte en una luz poderosa. Muestra a un mundo dividido que es completamente posible que personas de diversos orígenes, generaciones y opiniones vivan juntas en unidad y respeto mutuo.

El papa León nos recordó que las responsabilidades de la Iglesia en la era moderna no pueden cumplirse refugiándose en una fortaleza defensiva o mezclándose sin problemas en el contexto secular. En cambio, la Iglesia debe valientemente ocupar las intersecciones de la vida humana.

Al ofrecer un testimonio auténtico que inspire confianza, al practicar una cercanía que sane el aislamiento, al guiar la formación de conciencias en un mundo complejo, y al nutrir comunidades creíbles, la Iglesia responde a su llamado más alto. Al hacerlo, en lugar de ser una reliquia de la historia, permanece fiel a la misión que Cristo le ha encomendado.

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