Cardenal Blase J Cupich

‘Viene de Dios’

Monday, May 11, 2026

El cardenal pronunció la siguiente homilía durante la misa para jubilares celebrada el 17 de abril en la Universidad de Santa María del Lago/Seminario Mundelein.

Nos reunimos en torno a la Mesa del Señor a esta hora del mediodía para honrar y celebrar a nuestros jubilares que cumplen 25 y 50 años de ministerio. Vale la pena hacerlo porque desde el día de su ordenación, ustedes han pasado estos años situados en la intersección de lo humano y lo divino.

Lo hicieron no por su propio poder sino por el Espíritu derramado sobre ustedes. Durante todo este tiempo, como todos aquellos que se entregan completamente a la misión de Jesucristo, se han convertido en testigos vivos de la fidelidad de Dios.

Los textos de la Escritura que acaban de ser proclamados son las lecturas del día y, sin embargo, hay esa feliz coincidencia de que hablan tan elocuentemente de todo lo que estamos celebrando hoy.

En los Hechos de los Apóstoles, mientras los discípulos son interrogados, el sabio fariseo Gamaliel ofrece un consejo que ha resonado a través de los siglos:

“Porque si lo que ellos intentan hacer viene de los hombres, se destruirá por sí mismo, pero si verdaderamente viene de Dios, ustedes no podrán destruirlo”.

En el día de su ordenación, ustedes pusieron sus manos en las manos del obispo e hicieron una promesa. A lo largo de estas décadas, el mundo ha cambiado, las culturas han cambiado y la Iglesia ha enfrentado tormentas y escándalos devastadores. Sin embargo, aquí están.

Un jubileo es la definitiva “Prueba de Gamaliel”. Si este ministerio fuera meramente de origen humano, basado solamente en el carisma personal o la resistencia humana, se habría marchitado hace mucho tiempo. Pero dado que viene de Dios, no solamente ha sobrevivido; ha prosperado.

Celebramos hoy porque vemos el “origen de Dios” de esta vocación. El que estén aquí hoy es también un testimonio de la obra y acción del Espíritu en la Iglesia. A lo largo de los años, también ha sido sacudida por pruebas, persecuciones y sí, sus propias heridas autoinfligidas y escándalos, pero una vez más, aquí estamos. Me gusta la frase de G. K. Chesterton, quien una vez escribió que, a lo largo de los siglos la Iglesia “se ha ido al perro” al menos cinco veces, ¡pero todas las veces el perro muere!

El Evangelio también tiene mucho que decirnos. Nos presenta la escena familiar de la multiplicación de los panes y los peces. No es exagerado decir que los detalles específicos de la escena que presenta al niño con cinco panes de cebada y dos pescados define el corazón del sacerdocio.

Andrés hace la pregunta que todo sacerdote ha sentido en algún momento de sus años de servicio: “¿qué es esto para tanta gente?”. ¿Cómo puedo yo, como un sólo hombre, predicar de una manera que satisfaga el hambre espiritual de miles? ¿Cómo pueden mis pocas palabras de absolución sanar toda una vida de trauma? ¿Cómo puede un trozo de pan que ofrezco convertirse en el Cuerpo de Cristo?

El milagro del sacerdocio no es que el sacerdote sea un superhombre con recursos ilimitados. El milagro es que el sacerdote, como el muchacho joven, pone su “pequeñez”, sus sencillos panes y pescados, en las manos de Jesús.

Cincuenta y veinticinco años de sacerdocio son 50 y 25 años viendo a Jesús tomar el “no es suficiente” y convertirlo en “más que suficiente”. Si alguna vez hubo una escena del Evangelio de la que me hubiera gustado formar parte es esta, solo para ver la expresión en el rostro de ese niño cuando vio lo que Jesús hizo con su pequeñez. Sin embargo, sospecho que es cierto, tanto para ustedes como para mí, que muchas veces a lo largo de los años hemos tenido una experiencia similar de sentirnos abrumados por la sorpresa de cómo el Señor ha tomado nuestra pequeñez y ha alimentado a tantos.

Finalmente, observen cómo concluye el Evangelio. Después de que todos quedaron satisfechos, Jesús dijo:

“Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada”.

Sus vidas se han pasado recogiendo pedazos; recogiendo los pedazos de familias rotas mientras continúan caminando con ellas y sus hijos mientras otros las abandonan, recogiendo los pedazos de almas perdidas que regresan a ustedes una y otra vez en su oración pero también en su búsqueda de ustedes para la sanación, recogiendo los pedazos de la esperanza en el último aliento de una persona moribunda, solo para ver a los familiares que alguna vez estaban divididos hallar el perdón y la unidad en su dolor compartido. A lo largo de estos años ustedes han asegurado que nada se pierda en el reino de Dios.

Cada misa celebrada, cada confesión escuchada, cada visita al hospital y cada oración silenciosa ofrecida, ha sido una forma de reunir al pueblo de Dios en la cesta de la divina misericordia.

Sí, estas son las lecturas del día, y qué apropiadas son, porque cada día han experimentado cómo todo lo que hacen al alimentar al pueblo de Dios es obra de Dios. Como los discípulos de los Hechos, ustedes han emergido de muchas “pruebas” y los escándalos desgarradores, listos y dispuestos a encontrar gozo en medio de los sufrimientos y a alimentar a la multitud, no con su propio pan, sino con el Pan de Vida.

Y, al igual que el niño del Evangelio, pueden celebrar hoy que han encontrado la gracia de ser generosos, listos para dar lo que tienen, y luego asombrarse de lo que Jesús puede hacer con ello. De hecho, la oración pronunciada por el obispo el día de su ordenación ha sido respondida una y otra vez, pues a lo largo de estos años Dios ha llevado a plenitud la buena obra iniciada en ustedes. Ad multos annos.

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