El cardenal pronunció la siguiente homilía durante la Misa Crismal en la Catedral del Santo Nombre el 31 de marzo.
Lo que hacemos hoy, al bendecir estos santos óleos, lo hacemos por y con toda la iglesia, fortaleciendo a todos los bautizados, como pueblo peregrino de Dios, para avanzar con un nuevo entusiasmo. Pero la Misa Crismal tiene un significado especial para nuestros sacerdotes. Ya que hoy, al bendecir estos óleos, nuestros sacerdotes renovarán los compromisos que asumieron cuando el Espíritu del Señor Resucitado fue invocado sobre ellos mediante la imposición de manos. Lo harán al conectarse con ese momento en el tiempo cuando Jesús inauguró su ministerio y se levantó en la sinagoga para identificarse como cumplimiento de la antigua profecía: "El Espíritu del Señor está sobre mí…me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos”.
En este día, quienes pastoreamos al pueblo de Dios, hacemos nuestra esa identidad recordándonos unos a otros y a quienes servimos que ministramos en su santo nombre, no en el nuestro. Mientras nuevamente asumimos su misión con todas sus cargas, nos sentimos renovados al saber que estamos con él.
Como tal, él nos invita a cambiar una vida estresante y centrada en nosotros mismos por una vida de confianza en su presencia duradera y en la providencia de Dios. Es esa confianza la que nos anima a seguir una misión que atienda las necesidades del mundo en nuestro tiempo. Es una misión de liberación para los cautivos, para aquellos que son víctimas de la guerra, atrapados en sótanos o detrás de fronteras. Es una misión para aquellos cegados por el nacionalismo o la retórica de “nosotros versus ellos” que alimenta la discriminación y la polarización. Es una misión para los oprimidos, los migrantes y los refugiados que no buscan más que la dignidad de un hogar seguro, únicamente para encontrarse con puertas cerradas y corazones endurecidos.
Nuestro mundo actual, marcado por la tercera guerra mundial “por partes” de la que a menudo habló el papa Francisco, necesita que asumamos esta misión. Como sacerdotes, estamos llamados a ser “sacramentos de paz”, es decir, signos e instrumentos eficaces de paz, en un momento de conflicto hemos de ser aquellos que son enviados al mundo para hablar del “Príncipe de la Paz” cuando el mundo clama venganza. Estamos llamados a ser testigos de un reino donde las fronteras importan menos que el hecho ineludible de que todos somos hermanos y hermanas. Debemos ser vulnerables a las heridas del mundo mientras cuidamos de las personas que sufren del corazón frío de la discriminación y la injusticia, cuya dignidad es cuestionada debido a su raza, cultura, religión, idioma o estatus legal.
Y como nos recordó el Santo Padre el Domingo de Ramos, debemos anunciar al mundo “Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento”. Así que unámonos al Sucesor de Pedro al decir que el Rey de la Paz “no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo (en palabras del profeta Isaías): ‘Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!’(Is 1,15)”.
¿Cómo hablamos nosotros a nuestra gente en este momento mientras llevamos a cabo esta misión? ¿Qué lenguaje utilizamos que no esté contaminado por la política partidista o la agenda del mundo? Los óleos bendecidos hoy para nuestro ministerio nos ayudan en este sentido porque ofrecen un lenguaje y una lógica que son familiares para nuestra gente a través de sus experiencias y participación en la vida sacramental de la iglesia.
Con el óleo de los enfermos, anunciamos mediante el contacto reconfortante de nuestras manos que los cristianos nunca deben temer acercarse a las heridas del mundo. Y ellas son muchas.
Nosotros los sacerdotes conocemos, a partir de nuestros encuentros junto a los lechos y durante las visitas a hospitales, el espacio sagrado de la vulnerabilidad compartida y la solidaridad. Es allí donde se nos recuerda que un papel primordial de nuestro ministerio y el ministerio de la Iglesia es acompañar, ser un hospital de campaña, estar cerca de aquellos que sufren, permitir que nuestros corazones se conmuevan mientras las personas nos cuentan su agonía. Y sepan esto: no sólo cuidamos de las personas enfermas, también extendemos el cuidado sanador a las comunidades heridas.
Es en este espacio sagrado donde experimentamos el poder sanador de respetar la dignidad de aquellos que sufren al acercarnos a ellos. El mundo necesita este testimonio. Mientras los medios de comunicación y el gobierno pueden tratar las heridas del conflicto o la enfermedad como un espectáculo distante, el acto de ungir con nuestro tacto es visceral y real. Al acercarnos a otros mediante nuestro tacto, alentamos a nuestro pueblo a rechazar a ver a quienes sufren como una serie de titulares, en cambio verlos como hermanos y hermanas que requieren un contacto individual y tierno.
Con el óleo de los catecúmenos, a menudo llamado aceite de los atletas, fortalecemos a aquellos que han respondido a ese llamado escuchado por primera vez en las orillas de Galilea: “Ven, sígueme”. Mientras celebramos el poder de la gracia de Dios obrando en ellos, reconocemos que todos somos una obra en progreso.
El camino de la fe no es una carrera de velocidad, sino un proceso a largo plazo de “fortalecimiento” que requiere una inmensa paciencia y continua purificación. Y así, no juzgamos a los demás ni somos excesivamente exigentes con el progreso, porque del mismo modo como el óleo no puede ser forzado dentro de la piel, así la gracia de Dios se filtra gradualmente. El gran enemigo de ese largo camino es el desaliento. El óleo de los catecúmenos nos ayuda a nosotros y a nuestro pueblo a mantenernos firmes.
Las perspectivas que obtenemos al reconocer que cada uno de nosotros es una obra en progreso, deberían impulsarnos a examinar nuestras creencias sobre cómo el mundo podría gestionar mejor los conflictos globales. Existe una fuerte tentación de buscar la resolución de conflictos mediante ataques “quirúrgicos”, cambios de régimen u otras soluciones inmediatas, que esperan que los corazones cambien tan rápido como se firma un documento o se lanza una bomba. La impaciencia porque las soluciones no vienen pronto a menudo hace que uno deshumanice al “otro”, el enemigo, con el objetivo de hacer que el conflicto sea más fácil de procesar mentalmente o de justificar el dejar de lado la diplomacia.
Nuestra experiencia de la “lenta absorción” de la gracia mientras ungimos a los catecúmenos, y somos testigos de cómo los corazones se transforman gradualmente a través de la sanación y la purificación, debería impulsar a la familia cristiana a abogar por un camino diferente para abordar los complejos problemas globales. Presionar para una “solución rápida”, sin el lento trabajo de sanación, la mayoría de las veces conduce a una paz frágil que se resquebraja ante el primer signo de presión. El mundo necesita este testimonio cristiano de la lenta absorción de la gracia y necesita que nosotros lo proclamemos.
Finalmente, el santo crisma, el más “real” de los santos óleos, se usa para imprimir un carácter permanente en el alma en el bautismo, la confirmación y las órdenes sagradas. La lógica del crisma es una alternativa radical a la lógica del mundo, pues la crismación busca la transformación interna en lugar de la manipulación del mundo exterior para ejercer dominio.
Revela que el cambio más importante no es quién “gobierna” un territorio, sino quién “gobierna” el corazón humano. Da testimonio de la verdad de que una paz real y duradera no se logra mediante fuerza externa, pues el “dominio” solo es tan fuerte como la siguiente arma. En cambio, la paz viene transformando primero a las personas, pues la paz es una cualidad interna del alma. Esa transformación real capacita e invita a nuestro pueblo a afirmar su verdadera responsabilidad de ser pacificadores en un mundo herido.
El crisma también celebra la permanencia de nuestra dignidad que se alza contra lo desechable de la vida en una cultura del descarte que niega la dignidad humana de los no nacidos, de los enfermos terminales, de los condenados, y en la guerra moderna, cuando los individuos son tratados como unidades tácticas en lugar de como hijos ungidos de Dios. Mientras que la lógica del dominio mundano busca controlar recursos, la lógica del crisma es generosa, pues impulsa al ungido a asumir responsabilidad y a entregar su vida en misión. Reemplaza la misión del guerrero que controla por la misión del ungido, cuyo objetivo es reconciliar a un enemigo.
Hermanos, el lenguaje y la lógica de estos santos óleos nos ofrecen mucho cuando renovamos nuestro compromiso con la misión que Cristo nos ha encomendado. Tenemos algo decisiva y absolutamente importante para traer al mundo cuando traemos estos óleos adelante. Ellos nos ofrecen un lenguaje y una lógica que nos ayudarán a hablar de los abrumadores desafíos que enfrenta nuestro pueblo al conectar con su experiencia de participar en la vida sacramental de la iglesia.
Así que no dudemos en presentarnos ante aquellos a quienes servimos, como lo hizo Jesús en la sinagoga de su pueblo natal, y con la confianza otorgada a aquellos ungidos con el Espíritu, proclamar la buena nueva a los pobres, liberación a los cautivos, recuperación de la vista a los ciegos, libertad a los oprimidos y un año de gracia, confiando en que Dios conmoverá los corazones de nuestro pueblo para que una vez más esta antigua profecía y estas promesas se cumplan en su escucha.