Cada año hacemos una pausa en el ciclo regular de nuestro calendario litúrgico para recordar, honrar y orar por los difuntos. Las familias visitan y decoran tumbas, los fieles se reúnen para la misa en los cementerios y encendemos una vela u ofrecemos una misa, pidiendo a Dios que cumpla la promesa de la resurrección para aquellos a quienes amamos en esta vida, aquellos que han partido antes que nosotros marcados con el signo de la fe.
Por supuesto, cumplimos con esta obligación solemne por devoción y amor a nuestros antepasados, agradecidos por todo lo que han hecho para contribuir a nuestras vidas. Sabemos que aunque ya no están entre nosotros, la muerte no nos ha separado totalmente de ellos. Sentimos esa conexión de muchas maneras. Pero también mantenemos esta práctica como un asunto de interés propio ilustrado, porque esperamos que algún día, después de que hayamos partido de esta vida, aquellos que queden hagan lo mismo por nosotros.
Aquellos por quienes oramos son llamados “las pobres almas”. Ciertamente son pobres, porque así como llegaron a esta vida sin nada, partieron de ella de la misma manera. No tienen nada, y son pobres mendigos pidiendo la misericordia de Dios para poder participar de la vida eterna.
El papa León recientemente nos recordó en su exhortación apostólica “Dilexi Te”, que cuidar de los pobres es el camino a la santidad cristiana. Porque es en los pobres donde encontramos a Dios, pues a lo largo de la historia se ha revelado que Dios tiene una opción preferencial por los pobres.
El pueblo que eligió para hacer suyo eran esclavos, a quienes rescató de la opresión y la injusticia. Y como reveló Jesús, el plan de Dios es que toda la humanidad tenga un lugar en la mesa de la vida en el Reino, marcado por la solidaridad, la fraternidad, y la justicia, donde nadie sea excluido.
Esta verdad de que la santidad no puede entenderse o vivirse al margen de la exigencia de dar prioridad a los pobres debería impulsarnos a orar por aquellos que han transcendido más allá de la cortina entre el tiempo y la eternidad. Pero también debería impulsarnos a cuidar de los pobres en este lado de esa cortina, aquellos que están entre nosotros.
En otras palabras, nuestro cuidado de las pobres almas y nuestro cuidado de los pobres entre nosotros son una y la misma obra. Nuestro cuidado de las personas sin hogar, los que tienen hambre, los olvidados, el niño en el vientre materno, el preso condenado a muerte, el pobre y sin educación y, sí, en este momento, el refugiado y el migrante, son todos parte de lo que Jesús está haciendo y estamos llamados a unirnos a él.
La métrica para responder a estos migrantes no puede basarse en el simple cálculo de que violaron una ley al venir o quedarse en nuestro país, sino en que son pobres y necesitados, y sabemos que Jesús fue enviado al mundo para rescatarlos e incluirlos en su reino de justicia, fraternidad y solidaridad. Dios siempre ha dado preferencia a los pobres.
Así como nos unimos a Jesús en la misión de salvar las pobres almas, también debemos unirnos a él en su obra de asegurar que todos los que están en este lado de la cortina eterna sean incluidos y salvados. No podemos pretender solidarizarnos con las pobres almas que han fallecido si descuidamos la solidaridad con las pobres almas que están vivas y en nuestra puerta misma. Con humildad debemos aceptar que son como cada uno de nosotros; todos somos mendigos, incapaces de salvarnos a nosotros mismos.
El título de la exhortación del papa, “Dilexi Te”, proviene del Libro del Apocalipsis, cuando el Señor Jesús resucitado habla a la pobre, indefensa y vulnerable primera comunidad cristiana, a la que el gobierno romano le ha dicho que no es bienvenida y no tiene estatus legal. Él les dice: tienes poco poder, pero eso no importa, porque “Te he amado” – “Dilexi Te”.
Así que hagamos nuestras estas palabras del Señor resucitado mientras cuidamos de los pobres a ambos lados de la cortina de la vida terrenal. Mientras oramos por los muertos, digamos también a los pobres entre nosotros: “no tienes poder ni fuerza, pero ‘yo te he amado’”. Decir estas palabras es de suma importancia para nuestra propia salvación, porque, como nos ha recordado el papa León, será nuestro amor a los pobres el que nos ponga en el camino a la santidad. Y allí debemos permanecer.