Cuando Leesly Huerta tenía 18 años, tenía toda su vida por delante. Esperaba graduarse de la escuela secundaria con honores y ser la primera de su familia en ir a la universidad.
El futuro era prometedor. O lo era hasta el 10 de febrero de 2007, cuando Leesly volvía a casa en Bolingbrook con su tía y su tío después de asistir a un concierto en el Aragon Ballroom en Uptown.
Estaban manejando por la I-55 alrededor de las 2 a.m. cuando un conductor ebrio de 21 años se estrelló contra su camioneta. Leesly estaba acostada durmiendo en el asiento de atrás con su cinturón de seguridad puesto cuando ocurrió el impacto. Era una camioneta vieja con un cinturón de seguridad que sólo rodeaba su cintura.
“No supe exactamente qué pasó”, dijo Huerta de esa noche. “Sólo recordada el gran impacto”.
Ella recuerda sentir como que no podía respirar y veía una luz en la distancia.
Huerta pensó que se estaba muriendo y clamó a Dios pidiéndole que la mantuviera viva para que pudiera despedirse de sus padres.
Después de eso, recuperaba y perdía el conocimiento mientras los socorristas la sacaban del carro y la transportaban a ella y a su tío al Centro Médico Loyola en Maywood.
“No sabía que era realidad y qué no era”, dijo Huerta.
Eventualmente se enteró de que aunque el cinturón de seguridad la salvó de salir expulsada de la camioneta, dañó gravemente sus órganos internos y columna vertebral.
Se sometió a varias cirugías para reparar sus órganos internos antes de que los médicos pudieran comenzar a trabajar en su columna vertebral. Cuando lo hicieron, descubrieron daños tan graves que le dieron a Huerta entre un 1% y un 5% de posibilidades de volver a caminar.
Tomó varias semanas para que todo se asentara, mientras ella luchaba contra un dolor insoportable. Huerta recuerda el momento cuando la realidad de su situación la golpeó.
Los enfermeros la habían trasladado de la cama a una silla por primera vez y la apoyaron con almohadas. Leesly miró al otro lado de la habitación y vio a su madre llorando. Ella quería ir a consolarla, pero sus piernas no se movían.
“Recuerdo haberle dicho a mi cerebro: ‘Por favor simplemente haz que mis dedos del pie se muevan’. Y no lo conseguía”, mencionó Leesly.
Fue en ese momento que Leesly se derrumbó y comenzó a cuestionar por qué Dios la dejó vivir.
“Literalmente pensé: ‘Mi vida se acabó’. Todos mis planes, todo”, dijo. “Simplemente empecé a entrar en pánico”.
Nacida en México, Huerta es la mayor de cinco hijos y soñaba con ser exitosa y apoyar a su familia, incluso comprarles a sus padres su propia casa. Como persona de fe, Leesly discutió con Dios, pero él no la abandonó, dijo.
Huerta dijo que un hombre la visitaba en sus sueños, un hombre que ella cree que era Jesús. Él la llevó a varios lugares alrededor de Chicago y le dijo que algún día ella ayudaría a las personas de la comunidad.
“Pensé: ‘¿Por qué me está diciendo estas cosas?’”, mencionó Huerta con lágrimas en sus ojos y emoción en su voz. “Durante estos momentos tampoco tenía ningún dolor”.
Ella lleva esos momentos en su corazón porque cree que era Dios diciéndole que había una razón por la que no murió en el choque; su vida tiene un propósito.
Desde su accidente, Huerta ha estado usando una silla de ruedas y vive con un dolor casi constante. No le gusta tomar medicamentos para el dolor porque le producen somnolencia y le nublan su mente. Tiene varillas en la columna y usa una colostomía y un catéter.
Leesly tuvo que adaptarse a todo eso después de que le dieron de alta del hospital y pasó a rehabilitación.
Una vez que finalmente pudo regresar a casa, el dolor mental y espiritual empeoró, porque ella salió de su casa caminando y regresó en sillas de ruedas. Si bien toda su familia la recibió en casa con un pastel y una celebración, Leesly estaba pensando en maneras de suicidarse.
“Durante tres años mi vida era mi habitación y los hospitales y la terapia”, dijo. “Simplemente odiaba mi vida. Sufría mucho dolor”.
Un lugar al que iba fielmente era el juzgado porque el hombre que chocó su auto estaba siendo procesado por conducir ebrio.
“Fue mentalmente agotador”, dijo Huerta. “Llegó al punto en que no podía soportar más el dolor físico y el estrés de todo lo que estaba enfrentando”.
Su familia también estaba lidiando con su propio trauma por el accidente.
“Esto no sólo me afectó a mí. Afectó a mi compañero y a mis hermanos”, señaló. “Mis hermanos eran tan pequeños que comenzaron a hacer cosas que no debían para lidiar con todo el estrés que estaba ocurriendo. Fue tan malo. Fue tan caótico en la casa. Delante de ellos sólo quería actuar como si todo estaba bien. Pero era demasiado”.
Huerta alcanzó un punto crítico.
“Recuerdo que un día pensé que esto era un infierno y que ya no podía hacer esto más. Intenté suicidarme”, dijo.
Mientras se alistaba para cortarse sus muñecas con un cuchillo, mencionó, una amistad de su madre de la iglesia se comunicó. Le dijo a Huerta “que más vale que ella no estuviera haciendo algo estúpido” y que Dios le dijo a ella que llamara.
“Ese fue como el momento en que estaba pensando: Dios me dijo que me iba dejar aquí por alguna razón”, dijo Leesly con emoción. “Eso me recordó que Dios me necesita. Comencé a llorar y a llorar”.
En este punto, ella también estuvo de acuerdo con recibir ayuda profesional.
Durante otro viaje a la sala de emergencias por una infección urinaria grave, Huerta, que ya tenía 20 años, supo que estaba embarazada. Fue una completa sorpresa ya que sus médicos no pensaban que fuera posible.
Aunque estaba asustada, Huerta dijo que sabía que Dios estaba con ella.
“Algo seguía diciéndome: ‘Todo va a estar bien’. Yo sé que era Dios”, dijo Huerta. “Después de eso yo dije: ‘No me voy a centrar en el odio que tengo por este tipo [el conductor ebrio]. Me voy a cuidar y voy a cuidar a mi bebé’”.
Al final, Leesly pudo dar a luz de manera natural a una niña sana. Esa niña tiene ahora 15 años.
Tener una hija ayudó a Huerta a comenzar a sanar de muchas maneras.
Comenzó a hacer más presentaciones públicas con la Alianza Contra Conductores Intoxicados o AAIM.
“Comencé a sentir que era como una terapia para mí porque estaba hablando sobre el accidente en vez de guardar todos mis sentimientos dentro”, dijo Leesly.
Ella continúa hablando en escuelas y eventos y en paneles de víctimas de DUI.
Huerta incluso ha conocido al hombre que causó el accidente y pudo decirle que lo perdona.
“Le dije: ‘Desde lo más profundo de mi corazón, he estado orando y Dios me ayudó, y sólo quiero que sigas adelante’”, dijo. “Nunca me arrepentiré de haber hablado con él y perdonado”.
Durante la pandemia, conoció a otro parapléjico y comenzaron Empower Disability, un grupo de apoyo para otras personas que necesitan sillas de ruedas.
También se hizo amiga de Devices for the Disabled, una organización católica sin fines de lucro que proporciona gratuitamente equipos médicos necesarios.
Bob Shea, cofundador del grupo, llama a Huerta su “héroe”.
“Leesly es una joven mujer inspiradora”, dijo Shea. “Como dijo un autor: ‘Vivir es experimentar el dolor. Sobrevivir es encontrarle sentido y propósito al dolor’. Ella le da sentido a cada persona que conoce”.
Eso no es fácil de hacer cuando estas paralizado, dijo Shea.
“No hay manera de que una persona sin discapacidad pueda verdaderamente comprender lo que significa estar paralizado. Tienes que vivirlo para comprender la profundidad del dolor y la frustración”, dijo Shea. “Y ese dolor no se limita a la persona en silla de ruedas; se extiende a la familia y los amigos, afectando sus vidas de maneras diferentes pero no menos significativas. Las personas a menudo ven a la persona en la silla de ruedas, pero raramente notan a aquellos que están a su lado”.
Aunque Leesly Huerta todavía sufre de un dolor constante, ella quiere continuar su apoyo a las personas con discapacidad.
Y muchas personas le han dicho cómo su historia ha cambiado sus vidas, e incluso ha salvado algunas.
“No sé cuántas vidas he cambiado o salvado, pero siento que este es el por qué Dios me mantuvo aquí”, dijo.
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