La noticia de que la hermana Dominga Zapata cumplió sesenta años de haber hecho sus primeros votos como miembro de las Hermanas Auxiliadoras es digna de celebración. Desde hace ya unas cuatro décadas, cuando se habla de formación catequética y de liderazgo entre la comunidad hispana, se menciona su nombre.
“Toda mi orientación de la formación ha sido ayudar al pueblo a que se reconozca que somos pueblo” dijo alguna vez a Católico. “Entonces, como pueblo asumimos nuestras responsabilidades, porque si no, solo seremos un ‘montón’. Cuando tú te sientas en la mesa de tú a tú, entonces eso es ser una mayoría, eso es ser pueblo, tener voz. Reconocer que tú eres alguien. Esos son mis sueños.”
Su labor se extiende por todas las áreas de la vida religiosa de nuestros migrantes. La hermana se ha encargado de oficinas de ministerio hispano a nivel regional y diocesano, ha sido parte de la organización del Encuentro Nacional del Ministerio Hispano y ayudó a desarrollar el Plan Nacional Pastoral para el Ministerio Hispano, entre muchas otras cosas.
El camino de la hermana Dominga Zapata hasta Chicago se da por la relación con el cardenal Joseph Bernardin, a quien conoció cuando él era su jefe en la universidad de Notre Dame. Cuando Bernardin es nombrado cardenal de la Arquidiócesis de Chicago manda llamar a la hermana para trabajar acá y le abre las puertas para proyectos de formación de largo alcance.
Formar también a los papás
La hermana Dominga habló recientemente en el programa “La hora católica: Misa y más” donde expuso sus ideas en torno a la educación religiosa.
“Usted empezó dando catequesis en español a los niños a fines de los años sesenta” se le preguntó, “pero usted entendió que el proyecto tenía que ser más grande, había que educar a los adultos también. Háblenos de aquellos años, y por qué le parecía tan urgente educar a los adultos sobre su fe”.
La hermana respondió que es una gran pérdida si los papás no tienen un concepto de su fe, y de la contribución que ellos pueden hacer en las parroquias.
“Eso era lo que yo quería conectar” dijo, “que la familia sintiera que ellos tienen algo que dar y algo que recibir de la parroquia para ser buenos padres. Con mandar a los hijos a la catequesis no basta. Yo hice una organización de jóvenes adultos, de matrimonios. Los reunía y tenía en un cuarto a una persona preparada para que se encargara de los niños, y ellos hablaban de su vida como matrimonio; pero que sepan que como padre y madre, el resultado tienen que verlo en los niños. Todo eso era en español”.
Aclaró que esto lo hacía en diferentes vecindarios, donde había comunidades de puertorriqueños y mexicanos y más allá. “Conectaba yo a los hispanos con la comunidad negra, o con los nativo americanos, que se viera que cada uno tenía algo que compartir”.
Para la hermana es muy importante que la iglesia transmita una educación vital, que los niños y los padres no solo repitan las palabras de manera automática, sino que las conecten con su vida. Ese fue su gran esfuerzo.
“Que los catequistas cuando tengan un libro, puedan asimilar y dar ejemplos de su propia vida para los niños. No que se memoricen cosas” dijo a Católico.
La hermana fue clave en la formación del Departamento de Educación Religiosa de Adultos, dentro de la Oficina de Educación Religiosa, en 1970. Ella recuerda que, aunque había programas que se dirigían a lo social y había algo de formación, no había énfasis en la educación religiosa de los hispanos.
Conocer al pueblo que servimos
En 1972 su participación en el Primer Encuentro Nacional Hispano de Pastoral, convocado por los Obispos de Estados Unidos fue una experiencia transformadora. “A través de ese proceso yo dije ‘necesito conocer al pueblo que sirvo’” ha dicho a Católico en otra ocasión.
Decidió que tenía que conocer América Latina y tener una visión más amplia. Esto la llevó a visitar en 1973 los diferentes programas del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). Fue a Ecuador a estudiar la pastoral, después a Colombia a tomar cursos sobre la liturgia y finalmente a Chile para actualizarse en catequesis. Su estadía en Chile tuvo que interrumpirse por las revueltas del golpe de Estado.
A su regreso a Chicago ayudó a organizar un encuentro diocesano en 1974. De allí surgió, tras cuatro años de esfuerzo, un plan de trabajo que fue básicamente una estructura, donde se pedía que a nivel arquidiocesano existiera la coordinación entre los diferentes sectores (aún no se les llamaba vicariato) y que en cada sector se promoviera la formación.
“Entonces había un concepto de que los hispanos éramos los emigrantes indocumentados y analfabetas. Así que ese plan buscaba que hubiera coordinación a nivel de diócesis, formación a nivel de área y acción, que la acción pastoral se hace en la parroquia” dice.
A seis décadas de su ordenación, la hermana Dominga sigue presente en los esfuerzos diarios por ganar espacios para los hispanos.