Una festividad que convocó a familiares, amigos, obispos, sacerdotes y diáconos se llevó a cabo el 16 de agosto, cuando las puertas de la Catedral del Santo Nombre abrieron sus puertas para la misa de celebración por el 50 aniversario de la ordenación sacerdotal del cardenal Blase Cupich.
En su homilía, el cardenal habló de cómo el Concilio Vaticano II fue vital para tomar la decisión de convertirse en sacerdote.
“A menudo he dicho que el Concilio Vaticano II, que comenzó cuando yo estaba en octavo grado y duró hasta el otoño de mi primer año en la escuela secundaria, tuvo una gran influencia en mi vocación de ser sacerdote” dijo el cardenal a la congregación, justo al comienzo de su homilía.
“Nuestro Evangelio de esta noche, que fue proclamado el día de mi ordenación, capta muchos de los temas del Concilio que me parecieron particularmente atractivos e inspiradores”.
En el evangelio de Mateo que se leyó, Jesús encuentra a una mujer cananea que lo llama el Mesías, el Hijo de David. Aunque sus discípulos desean que él ignore a la mujer, por no ser alguien de los suyos, Jesús rechaza dicho consejo y comienza a entablar una conversación con ella.
“Los Padres del Concilio Vaticano II tomaron una decisión intencional similar de hablar más allá de la Iglesia y entablar el diálogo con el mundo, recordando que Cristo es la luz de todas las naciones” dijo el cardenal.
“En lugar de una Iglesia encerrada en sí misma, una Iglesia autorreferencial y temerosa del mundo y de la modernidad, debemos leer los signos de los tiempos e incluir a toda la humanidad en nuestra misión” agregó.
“Este enfoque de la misión de la Iglesia fue especialmente impactante para mí en la docena de años que pasé ejerciendo el ministerio con el pueblo Lakota en Dakota del Sur, gente que realmente fue una bendición para mí como tantos lo fueron a lo largo de estos cincuenta años. De los Lakota llegué a entender la fe católica de una manera nueva, dadas las profundas tradiciones espirituales que encontré en estas comunidades. Por ejemplo, me enseñaron a apreciar a través de su reverencia a sus antepasados que la cortina entre el tiempo y la eternidad es mucho más delgada de lo que permite la cultura occidental. El resultado fue que aprecié mejor la Comunión de los Santos”.
El cardenal resaltó la paciencia de Jesús, que escucha a la mujer y enciende su fe.
“Este enfoque formativo y pastoral progresivo, un estilo de acompañar pacientemente a las personas, inspiró el Concilio y recibió un nuevo aliento del papa Francisco. El difunto Papa nos ha llamado a caminar unos con otros, a ser una Iglesia sinodal inclusiva, una Iglesia que no deja a nadie atrás y acompaña a todos a lo largo del camino”.
“Por último” añadió, “cabe señalar que la fe de la mujer no la beneficia principalmente a ella, sino que aporta sanación a su hija. De hecho, ella, más que los discípulos que habían estado acompañando a Jesús, está en comunión con su ministerio de sanación. De hecho, ella es agente e instrumento de esa sanación. El Concilio llamó a todos los bautizados, no solo a los ordenados, a participar en la obra salvadora de Jesús”.
El cardenal llevó esta reflexión a la Iglesia de hoy. “Esto se nos recuerda cada vez que celebramos la Eucaristía, cuando el sacerdote invita a la asamblea: ‘Oren, hermanos, para que este sacrificio mío y de ustedes sea agradable a Dios, Padre todopoderoso’. Esta invitación deja claro que todo el que participa en la Eucaristía está llamado a entender su vida como una participación en la obra salvadora de Cristo”.
El cardenal dijo que esta es una obra realizada no por unos pocos, los ordenados, sino por todos los bautizados. “Nosotros, los que somos ordenados, estamos llamados a animar y fomentar esa participación. Estamos llamados a recordar a todos los bautizados que, cuando celebran la Eucaristía, sus sacrificios hechos por amor a sus familias y a los demás se unen a la obra abnegada y salvadora que Cristo ganó para nosotros en la cruz”.
Estas ideas del Concilio han sido una guía para el cardenal en este medio siglo de trayectoria religiosa.
“Si bien ha habido muchos giros imprevistos en el camino y desafíos inesperados, a veces muy dolorosos, estoy convencido de que en este último medio siglo hemos estado viviendo tiempos extraordinarios, tiempos históricos para la Iglesia, después del Concilio. No lo demos nunca por sentado. Por eso hoy doy gracias a Dios. Y los invito a unirse a mí en esa acción de gracias”.
El cariño de feligreses y líderes religiosos se sintió cuando, al final de la misa, le brindaron al cardenal una ovación de pie.