Padre Claudio Díaz Jr.

Corpus Christi, ¿qué significa?

miércoles, mayo 27, 2020

El pan es el alimento universal. Se encuentra en prácticamente cualquier cultura, tiempo y lugar. Cuando un grupo de seminaristas conducíamos a través del desierto egipcio durante nuestra estancia en Tierra Santa nos detuvimos en un campamento beduino. Una vez que llegamos allí, alrededor de treinta de nosotros estábamos hacinados en una de las tiendas. ¡Había espacio para todos!

Seguido por el intercambio habitual de discursos de bienvenida, nuestro amable anfitrión pidió a su hija que preparara el pan. No vi un horno u ollas o cualquier posible instrumento culinario presente en la mayoría de nuestras cocinas. ¡Margó Arce de Valdelluli no estaba en ninguna parte! Así, frente a nosotros mezcló un poco de harina y agua de una jarra y comenzó a crear la masa. Volviendo un recipiente de metal boca abajo sobre cenizas ardientes contenidas en este círculo de piedras, procedió a estirar la masa y dejarla descansar sobre la pequeña cúpula metálica. En menos de un minuto la masa tuvo consistencia y con un color hermosamente dorado. ¡Justo frente a nuestros ojos aún dudosos se creó el pan! ¡Y sabía como a un pedazo de cielo!

El domingo 14 de junio celebramos la solemnidad del Corpus Christi. Rendimos especial homenaje al don más preciado de Dios para nosotros, Cristo en la Eucaristía. La noche antes de morir tomó pan, dando gracias y alabanza, lo partió, se lo dio a sus discípulos y dijo: “Tomad y comed todos de él. Este es mi cuerpo que será entregado por ustedes”. En un intento de ir más allá de la crucifixión, como un acto de amor, nos dejó su cuerpo y su sangre como alimento espiritual para el viaje. Cristo se convirtió en el pan vivo y la copa de la salvación. Esto fue para consternación de muchos.

Este no es el Dios aristotélico, indiferente, frío, y distante. Este no es el dios azteca insaciable que exige un sacrificio de sangre tras otro ni el dios del Antiguo Testamento tan terrible e intimidante. Este es nuestro Dios, cerca de nuestra humanidad y de nuestra realidad. En el misterio de la Encarnación, Dios se hizo carne y puso Su tienda entre nosotros. Y de esa tienda escogió las más humildes de las formas para permanecer con Su pueblo, las formas del pan y del vino. Y a esto le llamamos Eucaristía.

Hasta el día de hoy, este don eucarístico ha permanecido entre nosotros. La gente ha intentado definirlo o redefinirlo, cambiarlo, actualizarlo e incluso han intentado rechazarlo. Aceptar que las formas perecederas de pan y vino pueden llegar a ser por la acción del Espíritu Santo, a través de las manos de los sacerdotes de Dios, instrumentos falibles, es a la vez mentalmente perturbador y un misterio. No podemos controlarlo y no podemos definirlo completamente. Pero si alguna vez dudamos de la presencia real de Cristo en la Eucaristía basta con mirar los resultados de la misma: mira las muchas vidas que han sido cambiadas, elevadas y redimidas. Mira a las muchas personas que han regresado a amar a Dios a causa de este don. Mira en la Iglesia cuando nos reunimos en asamblea la diversidad de personas, nacionalidades, edades, etnias, niveles económicos y así sucesivamente que se convierten en uno en la celebración de esta comida eucarística.

Como peregrinos en el camino sufrimos muchas hambres, pero la mayor hambre de todos ellos es nuestra hambre de Dios. La Eucaristía significa que seamos hermanos y hermanas en busca del Dios viviente cuando nos perdonamos los unos a los otros, cuando nos apoyamos los unos a los otros, cuando nos amamos los unos a los otros. Debemos salir y compartir este don con los demás, llegando a ser presencia sanadora. Sólo así podemos llegar a ser pan para los demás, sólo así podemos llegar a ser Eucaristía.

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