Padre Claudio Díaz Jr.

Señor, danos sacerdotes

October 3, 2018

Los eventos más recientes que involucran a la Iglesia en Pensilvania y específicamente las acusaciones y escándalos de sacerdotes locales han desatado una ola de reacciones, declaraciones y temores.  Da la impresión de que el enemigo anda “campeando por su respeto”, utilizando como instrumentos a realidades y personas fuera y dentro de la Iglesia. Es en momentos como estos cuando necesitamos recordar quiénes somos.

En primer lugar, somos hijos e hijas de Dios a través del bautismo, redimidos de nuestro pecado por la sangre derramada del Cordero en la cruz y llamados a la vida eterna. Nuestra fe es Cristocéntrica, o sea, basada en nuestro Señor Jesucristo Dios y Salvador. No colocamos nuestra fe en hombre alguno. Cualquier persona, no importa cuánto la ames y cuánto te pueda amar, te puede fallar. La naturaleza humana, bajo ciertas circunstancias, puede ser frágil, falible y limitada. Nuestra salvación no viene de una realidad como esta. Nuestra salvación, “nuestro auxilio viene del Señor que hizo el cielo y la tierra”. Esta no es una realidad imperfecta. En Dios hay plenitud e infinidad de amor, justicia y misericordia. Como tal debemos ser agentes precisamente de eso de amor, justicia y misericordia. ¿Cómo se debe llevar a cabo lo mencionado? Hay que ver el pecado de manera objetiva, justa y completa. No es cuestión de esconder, tapar, ni exagerar. Es ver el pecado como lo que es... Cara a cara. Una vez se hace este ejercicio debemos convertirnos en embajadores de la verdad y conductores de su misericordia. Se empieza con la oración.

En segundo lugar, una vez movidos a un diálogo profundo con nuestro Dios, tenemos que orar por los demás. Las víctimas son los primeros en recibir nuestra solidaridad. Ellos pusieron su confianza en líderes que terminaron comprometiendo y hasta destruyendo su fe. Las víctimas necesitan de nuestra oración, apoyo, recursos y contestaciones. A ellos les siguen los victimarios, aquellos hombres y mujeres que fallaron en ver a un Cristo en los demás, dándoles un legado de oscuridad, de una vida fragmentada y de dolor. Ellos también necesitan de la misericordia Divina y rendir cuentas a la justicia de nuestra sociedad, aunque sea imperfecta. De manera digna y cristiana, tenemos que levantar la voz. Si sabemos y tenemos evidencia de una injusticia a uno “de los más pequeños”  estamos llamados a ir a los medios correctos basados en el amor y proveyendo la información necesaria como un acto de justicia y caridad, inclusive para aquellos culpables de abuso. Si un sacerdote es acusado, hay que esperar la investigación hecha por las autoridades propias, eclesiásticas y del estado. Las acusaciones se hacen por diversas razones, involucran muchos sentimientos y agendas personales. Hasta los inocentes son acusados en estos días. No podemos ser parte de la conspiración que hay de destruir la fe del prójimo, nuestro sacerdocio y nuestra Iglesia con comentarios que no agregan nada, que no iluminan la situación y que simplemente destruyen individuos o realidades sin tener toda la información. 

En varias ocasiones vemos el fracaso del diálogo entre la Iglesia y los medios de comunicación. Por un lado, tenemos líderes con soluciones draconianas, que faltan a la transparencia y apagan fuegos de manera inadecuada. Por el otro lado vemos una prensa que no habla ni conoce el lenguaje de la Iglesia y termina dando una mera aproximación de la veracidad de la noticia, cayendo en amarillismo y en la deformación de la noticia misma. Al final nos queda una Iglesia que da la impresión de encubrir y una prensa que se ha convertido en el compás moral del país en su deseo de destapar la noticia. Ninguna de las dos posturas ayuda.

Santa Teresa de Ávila escribió, “Que nada te turbe, que nada te espante...  Sólo Dios Basta.” No permitamos que ninguna fuerza humana o maléfica destruya lo que es tuyo; tu fe, tus creencias y tu esperanza por la redención del mundo. El enemigo está molesto con nosotros los católicos porque hemos rechazado el aborto, la eutanasia y todos aquellos valores que el mundo quiere imponer. Él usará lo que sea necesario, dentro y fuera de la Iglesia para destruirnos. Pero hay una esperanza.  Jesús en referencia a la Iglesia nos dijo que “ni las fuerzas del infierno prevalecerán contra ella.”

Así pues, comencemos una cruzada de oración. Nada molesta más al enemigo que la Eucaristía, la Virgen María y la oración del pueblo de Dios. Serán ustedes los creyentes, en su mayoría amadísimos laicos, los que con la ayuda del Espíritu Santo regresarán esta barca a su ruta correcta y a su destino final… La gloria de nuestro Padre Dios. Fuimos sacerdotes el día que la Iglesia, en la ordenación, nos cubrió con profundo gozo. Y seguimos siendo sacerdotes cuando se nos ha cubierto con profunda tristeza. Que Dios nos asista en este momento de dolor con la luz de nuestro Señor Jesucristo.  Señor, danos sacerdotes. Señor, danos más sacerdotes. Señor, danos santos sacerdotes…

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