Padre Claudio Díaz Jr.

“No temas… estoy contigo siempre”

September 6, 2018

Subir una montaña, dentro del contexto de las escrituras, significa siempre cercanía a Dios. Al subir somos levantados, elevados, nos levantamos a una nueva realidad. Simbólicamente, nos acercamos a Dios. Físicamente nos movemos de un estado mortal “allá abajo”, a un encuentro con lo Divino “allá arriba”. Tal fue el deseo de Elías cuando fue a la cueva en la montaña. Tuvo un encuentro con Dios, no en el viento fuerte, no en el terremoto, que son eventos extraordinarios, sino en un susurro ordinario y pacífico.

Tal fue la intención de Jesús. El evangelio nos dice que Jesús, después de realizar el milagro de la multiplicación del pan y el pescado, después de alimentar a miles de personas, se retira a la montaña para orar, meditar, tener un encuentro consigo mismo, el Divino.

Una tormenta sopla y el barco que contenía a los discípulos está en peligro. El pánico se apodera del grupo que invoca a Jesús mientras camina sobre las aguas. Jesús invita a Pedro a caminar sobre las aguas con él y lo hace, al principio seguro y sin temor. Pero cuando se da cuenta de la fuerza de la tormenta, su valor le falla, duda de su seguridad y comienza a hundirse. Jesús responde prontamente a su grito de angustia y viene en su ayuda con una amable reprensión: “Oh, tú, de poca fe, ¿por qué dudaste?”

Cuando nos enfrentamos con el estrés y la presión, todos podemos identificarnos con Pedro y su tentación de desesperar. Un giro brusco de acontecimientos en la vida puede perturbar y amenazar la seguridad de nuestras familias y seres queridos. En tales momentos nuestra fe puede estar debilitada y en necesidad de escuchar las consoladoras palabras de Cristo pidiéndonos que no tengamos miedo. Y es en momentos como esos que debemos volvernos a Dios y “subimos a la montaña”, no como último recurso, sino como el primero. Se trata de creer que Cristo está dispuesto a ayudarnos en todo momento y en todas las circunstancias, no sólo en nuestra hora de desesperación.

¿Y qué nos pide? Él nos pide a nosotros simplemente creer, tener una oportunidad en Jesús, tener fe. Cuando Pedro aceptó la invitación del Señor a cruzar las aguas, él se estaba arriesgando, era un salto de fe, un viaje hacia lo desconocido. También hemos sido invitados por Cristo a seguirlo con convicción y coraje a través de las tormentas de la vida y las pruebas personales. Debemos recordar que Jerusalén lleva a la cruz, y la cruz lleva a un sepulcro vacío. Así es como se puede ver abajo y arriba. Y justo cuando podemos estar abrumados por una situación particular que es una fuente de angustia, recordemos que el Señor siempre nos está esperando con los brazos extendidos en todo momento. Siempre que tengamos ganas de decir: “Señor, sálvame”, podamos también oír y sentir su respuesta: “Ten valentía, soy yo, no tengas miedo”.

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