Padre Claudio Díaz Jr.

De marcas y etiquetas

July 30, 2018

Infortunadamente, vivimos en un mundo de marcas, etiquetas y logos. Nuestra sociedad ha logrado crear nombres, símbolos y clasificaciones para categorizar objetos, tiempos cronológicos y personas. Desde los censos, con la palabra “Hispanic” en los Estados Unidos, hasta el campo de la moda, vemos claramente la necesidad –y en ciertos momentos el frenesí– de la categorización y el etiquetado.

Luego entonces soltamos casualmente algunos nombres que creemos superiores en comparación con otras marcas: Channel, Dior, Balenciaga, Donna Karan… Nuestros jóvenes piden regalos con nombres como Abercrombie and Fitch, Structure, Banana Republic, Jordan y Ralph Laurent. “Si no tiene el caballito no me lo pongo”. Esta actitud permea muchos aspectos de la vida de varias personas: la moda, las casas, los vecindarios, los restaurantes, etc. Nos sumergimos tanto en las etiquetas y nombres que hasta olvidamos nuestro propio nombre y por ende nuestra propia identidad. Aquí el punto no es un ataque contra las cosas buenas, populares o hermosas. El problema es la inconsciencia de creer que una marca puede darte más valor, hacerte más popular o hacerte feliz.

En su propio tiempo, Jesús ocasionalmente fue víctima de las etiquetas por parte de muchos. Sus contemporáneos esperaban un Mesías estereotipado; un rey poderoso, con vastos recursos, riquezas y poder militar para liberar a los israelitas del dominio romano. Es precisamente en ese contexto donde Dios nos sorprende enviando a su Hijo unigénito con un aspecto muy diferente. Jesús no se ajustaba al estereotipo, a la etiqueta de muchos. De padres humildes y con el aspecto ordinario de cualquier hombre semítico, proclamó la Buena Nueva de liberación. Pero al pregonar una liberación espiritual, una emancipación de nuestros pecados y un volver con paz a la casa del Padre, provocó la ira de muchos. Ellos se ofendieron.

Ante esta incredulidad, Jesús no realizó muchos milagros. No porque no pudiera o no quisiera, sino porque no había fe. Un milagro bajo circunstancias incrédulas, donde se ejercitan agendas personales, es simplemente un espectáculo donde se le niega el crédito a Dios. En primer lugar, Dios no tiene necesidad de demostrar su poder. En segundo lugar, los milagros no se hacen para aumentar la fe. Al contrario, es la fe la que produce milagros. Estamos llamados a deshacernos de los etiquetados, Implicando la erradicación de nuestros prejuicios y desprecios hacia cierto tipo de cosa o persona. Estamos llamados a confiar en la gracia de Dios y abrirnos a la fe en un Dios que se manifieste como Él considere. Esto es fe y la fe no puede verse comprometida por una etiqueta.    

Jesús claramente nos dice que nadie es profeta en su tierra. Es un desafío el ser profeta en su lugar de origen porque siempre habrá alguien que quiera coloca una etiqueta: ¿Acaso este no es el hijo de un alcohólico? ¿No es su tía la chismosa del pueblo? ¿No se robaba de chiquillo los dulces en la tienda del pueblo? ¡Lo conocemos! ¿De dónde sale con hablarnos de Dios? Pero es aquí, precisamente bajo esta y toda circunstancia, en donde tenemos que ser profetas. Ser voces en nuestra tierra natal, nuestros hogares, vecindarios y comunidades de fe quizás recibiendo la desaprobación porque no llenamos el estereotipo o la etiqueta que nos quieren poner.

¿Quieres identificar a las personas con etiquetas? Ponle la etiqueta de Dios. Identifícales con el icono del Todopoderoso para que podamos ver un Cristo en los demás. Rompamos las cadenas que amarran a los pecadores y hacen sentir seguros a los soberbios. Pidamos el don de la sabiduría y envolvámonos con el logo de la “debilidad”… “Porque cuando somos más débiles, entonces somos más fuertes en Cristo…”

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