Padre Claudio Díaz Jr.

Seamos San Juan Bautista aquí en Chicago

junio 27, 2018

El pasado mes de junio celebramos el nacimiento de San Juan Bautista en domingo. La festividad de San Juan Bautista es una de las más antiguas del calendario litúrgico de la Iglesia. Era difícil en los primeros tiempos del cristianismo el mencionar la figura de Jesús sin evocar la figura de Juan. Ambas estaban intercaladas, ligadas de una manera especial. Juan nació en Judea, hijo del sacerdote Zacarías y de su esposa Isabel, prima de la Virgen María. Nació alrededor de seis meses antes que Jesús y su legado como profeta es importantísimo. San Juan dedicó parte de su existencia a la prédica y la vida sedentaria. Después de esta etapa su voz se dejaba escuchar y era percibido como un hombre carismático, asertivo e inclusive hasta excéntrico.

Dentro de su extrovertido estilo poseía todos los elementos necesarios de una figura profética y épica. El suyo siempre fue un mensaje de arrepentimiento, reparación y preparación para la llegada del Mesías. Su discurso era voraz, dinámico, fascinante y denunciador. San Juan Bautista no se andaba por las ramas: “Al pan, pan y al vino, vino.” Fue precisamente esta condición la que lo lleva a denunciar la decadente vida del rey Herodes y su adúltero matrimonio con Herodías, la esposa de su hermano. La verdad siempre requiere de un precio muy alto y la verdad lo llevo a pagar con su vida misma.

Fue él quien reconoció al Mesías entre la multitud, diciendo “He ahí el cordero de Dios”. Su atención no estaba en su persona misma, tan bombástica e hipnotizante sino en la persona de Jesús. San Juan funge como ejemplo vivo y claro de lo que debe ser un profeta. Él nos invita a ser discípulos activos y vocales de la Buena Nueva. ¿Cuál es la Buena Nueva? El reino de Dios es para todos. Él nos mueve a vivir como hijos e hijas de la verdad, iluminado el paso de la humanidad en su jornada hacia Dios. Él nos reta a ser un solo cuerpo, un solo bautismo y un solo espíritu.

Tenemos que ser discípulos y profetas en nuestras vidas. Esto no es para mañana. Es en lo cotidiano donde expresamos el amor a Cristo a través de los hermanos. Es en la vida diaria donde por obra y palabra decimos al mundo quiénes somos y en qué creemos. Es en la lucha donde dejamos nuestra endeble marca como cristianos. Es en la lucha como pueblo.

La historia del pueblo latino aquí en Chicago ha sido de lucha. En medio del desierto de una cultura en ocasiones fría y llena de prejuicios aniquiladores, cimentada con ignorantes presuposiciones y acciones que claman justica al cielo, el pueblo hispano siempre ha levantado su clamor. ¿Cuántas misas no se movieron del sótano de la Iglesia al templo? ¿Cuántas procesiones no se llevaron a cabo desafiando a quienes quisieron apagar nuestro fervor religioso? ¿En cuántas comunidades hemos sido rechazados y nuestra respuesta ha sido “aquí pertenecemos y aquí nos quedamos?”. Esto no lo logra un pueblo derrotado. Esto es producto de entereza, celo, pasión, creatividad y disposición sagaz.

Con el programa de Renueva mi Iglesia, Cristo nos invita a todos los miembros de la Arquidiócesis de Chicago a ser profetas. Como parte de la comunidad, los hispanos católicos debemos ser parte de este diálogo, proceso y momento evolutivo. Debemos ser promotores intencionales de cambio, diálogo y acción. Como profetas, no podemos quedarnos callados y ser meros espectadores. Nos toca ser profetas o estar “en medio del mole”, sin dormirnos en nuestros laureles ni dejar que nadie hable por nosotros. Solo así la Iglesia crece, evoluciona y se pone al día en su respuesta a los desafíos del momento y lugar que nos ha tocado vivir y servir.

¡Seamos como San Juan Bautista! Unamos nuestras voces a la suya aquí en Chicago como agentes de cambio, justica, evangelización y paz. Así, al final de nuestra jornada terrenal, cuando nos presentemos ante el banquete celestial podamos señalar al anfitrión del mismo y a viva voz con almas luminosas decir, “He ahí el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo”.

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