Padre Claudio Díaz Jr.

La oración es algo poderoso

May 30, 2018

La oración es algo poderoso. Desde lo más profundo de nuestro corazón podemos expresarle a Dios nuestro pesar, nuestras ideas y necesidades. Desde lo más profundo del corazón de Dios se encuentra la infinita e insondable capacidad de escucharnos y atendernos. La oración es una plataforma para alabar a Dios, para elevar nuestra voz en petición o para darle gracias por una bendición recibida. También es una manera de permitir la justicia divina. Cuando oramos con transparencia, confianza y sencillez le damos a Dios la oportunidad de manifestar su sabiduría y ejercer su poder con el solo propósito de asistirnos en nuestra salvación.

Y Dios, en su amor tan insondable nos da el don de hablarle. Esto nos permite un encuentro con lo divino y en muchas ocasiones con nosotros mismos. Ese es nuestro Dios. No es un dios aristotélico, indiferente. Tampoco es un dios consumador y a la expectativa de sacrificios. No es un dios pagano que le gusta jugar con la vida de los mortales. Dios, el Dios de Israel y el nuestro, es un Dios que ama tanto a su pueblo que nos permite espacios y modos de comunicación. Él quiere estar en solidaridad con los suyos y desea el encuentro con la humanidad.

Cuando Jesús nos presenta la oración conocida como el “Padre Nuestro”, nos presenta un modelo de relación con Dios, el del Padre amoroso, sencillo, accesible, relacional y completo. En el Padre Nuestro, el primer acercamiento que le hacemos a Dios es de una relación filial, con todo lo que se espera de uno que nos ama. Dios nos abre la puerta para que le hablemos. Como Padre providente nos garantiza todo aquello justo para la salvación y como Padre proveedor siempre cumple. Aunque en ocasiones no entendamos su bondad y justicia Él siempre presenta lo indispensable para sus hijos.

Dios se hace real, accesible, alcanzable e inmediato. Ya lo hizo en el misterio de la Encarnación, en la institución de la Eucaristía, entre otros sacramentos, y continúa haciéndose presente en la oración. Las distancias del mundo con sus requisitos, exigencias y demandas, las diferentes filosofías seculares, culturales o las que nosotros mismos creamos, son acortadas con la oración sincera hecha con fe genuina. Nuestra invocación permite la visible plenitud de los designios invisible divinos. Aunque Dios no necesita de nuestra alabanza para establecer su Reino, ni siquiera necesita de nuestra oración para llevarlo a cabo, nos permite hablar, comunicarnos con Él para hacernos entender sus designios y tocar nuestra mente, nuestro espíritu y nuestra vida. En esto vemos la manera en que Dios se relaciona con su pueblo. Cada vez que oramos entramos en el recinto sagrado de nuestros corazones, donde se encuentra lo más íntimo de nuestra sustancia, en audiencia real con Dios. La oración se convierte en un diálogo, en un compartir con el Ser Supremo, nuestro Padre Dios, nuestro Salvador.

Cristo, después de enseñar el Padre nuestro, nos llama a la perseverancia en la oración y a nunca desistir de hacerla. La oración no es una solución draconiana o mágica a nuestros problemas. No tiene una cualidad utilitarista donde sólo le hablamos a Dios cuando lo necesitamos, ni tampoco tiene elementos de superstición donde lo recibimos para tener suerte. La oración es un puente más para unir los lazos que nos llevan a Dios y a fortalecer nuestra relación con lo Divino, con todo lo que es verdadero, hermoso y real. Con todo lo que es Dios.

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