Cardenal Blase J. Cupich

La conversión de los Reyes Magos

viernes, enero 8, 2021

En el primer domingo de este año nuevo, los Reyes Magos nos recuerdan que nuestra vida de fe es una travesía. Es una travesía que conduce a una conversión, porque se nos dice que ellos “regresan a casa por otro camino”.

La “conversión” es asociada con frecuencia con alejarse del pecado, como lo experimentamos en la temporada de Cuaresma. Sin embargo, la historia de los Reyes Magos nos impulsa a considerar otro tipo de conversión, una que lleva a una comprensión más madura del significado de nuestras vidas.

Su conversión no se trata tanto de lo que vamos a dejar atrás, sino más bien acerca de llegar a una comprensión más profunda de lo que nos espera, donde Dios nos está dirigiendo mientras discernimos la divina presencia y acción en el mundo. Dos momentos en su travesía desde el este a Belén resultan didácticos.

Primero, noten la diferencia en las maneras en que los Reyes Magos y otros en el Evangelio reaccionan al nacimiento del rey recién nacido. Los sabios del este se enfocan en lo que Dios está haciendo, mientras siguen a la estrella ascendente en los cielos. Su confianza inquebrantable de que Dios los está dirigiendo no solamente les da el valor para dejar su entorno familiar de su tierra natal, sino que también los llena de un alegre sentido de asombro mientras viajan. Dios literalmente está moviendo los cielos para mostrarles el camino.

Herodes y los sumos sacerdotes, por el otro lado, se aferran a la idea de mantener sus puestos de autoridad. Tienen pánico ante la idea de que alguien pudiera desafiar su poder, una obsesión que los ciega a la realidad, porque lo que está ocurriendo arriba en los cielos está disponible para ellos, si tan solo miraran para arriba.

El papa Francisco nos ha instado a no quedar atrapados en el mundo de las ideas, que con frecuencia reflejan nuestros propios intereses, al punto en que ignoramos lo que realmente está sucediendo. Las ideas, escribe en su libro más reciente, Soñemos Juntos, son debatidas y discutidas, lo que nos deja divididos. La realidad, por otra parte, incluye lo que Dios está haciendo y por lo tanto debe ser discernida, una tarea que nos une en una búsqueda común para descubrir hacia dónde nos dirige Dios.

Los Reyes Magos nos llaman a un tipo similar de conversión del corazón, particularmente en nuestra respuesta a la pandemia. Nos llaman a ir más allá de limitar nuestro pensamiento al interés propio, y en cambio a preguntar primero que pide Dios a la humanidad que aprenda del sufrimiento común en todos nosotros. O, como escribe el papa Francisco, este es un momento para soñar en un futuro diferente para la humanidad, uno que elija la “fraternidad por encima del individualismo … un sentido de pertenencia de unos a otros y a toda la humanidad…(ya que) la pandemia ha dejado al descubierto que si bien estamos más interconectados, también estamos más divididos”. (Soñemos Juntos)

Una segunda escena notable en la historia de los Reyes Magos es su llegada a Belén, donde adoran al rey recién nacido. Rinden homenaje a este niño, no al Rey Herodes. Recientemente, estaba hablando con una familia que dio la bienvenida a su primera nieta. Comenzando ya en esta Navidad, están haciendo planes para fotografiar cada etapa de la vida de la niña pequeña para verlas en el futuro, “quizás en su cena prenupcial”, dijo efusivamente el abuelo.

Una gran bendición en la vida es poder marcar el desarrollo y la maduración de un niño o niña a medida que crece. Sin embargo, también es verdad que cambiamos a medida que aprendemos a ajustar nuestra relación con los niños, tratándolos diferente a medida que maduran. Si no lo hacemos, nos enteramos, porque a ningún adolescente le gusta ser tratado como a un niño de 7 años y a ningún hijo adulto como a un adolescente.

Lo mismo ocurre con nuestra relación con Cristo. A medida que envejecemos nuestra relación con Jesús debe desarrollarse adecuadamente, de modo que en la adultez aceptemos nuestras responsabilidades como discípulos para la misión de la iglesia, no sea que nos encontremos atrapados en la espiritualidad de nuestra niñez.

El llamado a una espiritualidad adulta está en el corazón de la renovación que pide el Concilio Vaticano II y en nuestra propia arquidiócesis a través de Renueva mi Iglesia. Los adultos se unen en la búsqueda de lo que es bueno para todos y son creativos al buscar soluciones a nuevos desafíos.

La rica historia de la iglesia en Chicago está llena de los logros notables del pasado, incluyendo el establecimiento y construcción de iglesias parroquiales a cargo de comunidades inmigrantes que sacrificaron mucho. Debemos honrar este legado de logros, pero también debemos reconocer que los vecindarios han cambiado, las poblaciones se han modificado y estamos en un lugar diferente.

Los legados son como las tradiciones. Deben ser preservados, pero de una manera que nos desafíe a sacrificarnos como lo hicieron nuestros antepasados por las generaciones por venir.

El Santo Padre es aficionado a citar al gran compositor austriaco Gustav Mahler cuando habla de respetar la tradición: “La tradición no es un depósito de cenizas, sino la preservación del fuego”. La práctica en la Vigilia Pascual de pasar la llama del fuego nuevo, de persona a persona, me viene a la mente.

Los Reyes Magos nos desafían a asumir un tipo diferente de conversión, una que lleve a una comprensión más madura del propósito y significado de nuestras vidas como discípulos de Jesús. Es una conversión que no se trata de lo que dejamos atrás, sino más bien un discernimiento de lo que nos espera. Es una conversión que nos lleva a una espiritualidad madura, impulsando un mayor sentido de responsabilidad por la misión de Cristo en el mundo.

Miremos a los Reyes Magos, y al igual que ellos, no tengamos miedo de asumir la travesía por un camino diferente.

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