Cardenal Blase J. Cupich

Homilía del cardenal para las ordenaciones episcopales de Mark Bartosic, Robert Casey y Ronald Hicks

October 3, 2018

Catedral del Santo Nombre, 17 de septiembre de 2018

Mis primeras palabras de bienvenida son para los padres y familiares de los obispos Bartosic, Casey y Hicks. Su hijo, hermano y tío los necesitará ahora más que nunca. Estén cerca de él y oren todos los días por él.

También, me honra que el papa Francisco esté hoy con nosotros en la persona de su representante. Bienvenido, arzobispo Christophe Pierre. Por favor notifique al Santo Padre nuestro profundo afecto y apoyo entusiasta. Su participación hoy también es un recordatorio para nosotros, especialmente los obispos presentes aquí, de cómo estamos unidos unos con otros y con “el elegido por el Señor para ser el Sucesor de Pedro” (Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos).

Quiero saludar cordialmente a todos ustedes, unidos en este momento en la vida de la Iglesia. Ustedes saben de primera mano la manera tan abundante en que Dios ha bendecido a estos hombres hoy ante nosotros. Su juventud es un recordatorio de que Cristo siempre está haciendo algo nuevo y siempre nos llama a cambiar y seguirlo a Él más de cerca.

La Palabra de Dios nos invita a unirnos a la oración de Salomón para la sabiduría mientras él asume el liderazgo del pueblo de Dios. Salomón tiene toda posesión terrenal, poder y posición. Sin embargo, hay una cosa que no puede obtener por su cuenta: sabiduría. Él debe rogar por ella. La sabiduría es tan diferente y de otro mundo que hace que todo el oro en el planeta parezca solo un poco de arena y plata, como el barro en nuestros zapatos. Nosotros los líderes en la Iglesia, cuyos fracasos están en completa exhibición en estos días, somos como Salomón. Venimos hoy como mendigos necesitados de sabiduría.

Rogamos por sabiduría mientras celebramos el Sacramento del Orden, el sacramento que revela en palabra y símbolo cómo la vida de la Iglesia debe ser correctamente ordenada para el ministerio triple de proclamar la Palabra, atender al rebaño y mediar la presencia de la santidad de Dios entre nosotros para ser genuinos e inspiradores.

Proclamar la Palabra, Jesús nos dice, es más que hablar en su nombre. Más bien, como nos enseña el papa Francisco, predicar y proclamar la Palabra de Dios se trata fundamentalmente de invitar a las personas al diálogo que ya Dios está teniendo con ellos. No es simplemente repetir las palabras de Jesús, recitando formulas doctrinales del catecismo o invocando el derecho canónico de una manera que pone pesadas cargas sobre otros. En cambio, el objetivo del pastor debe ser atraer a las personas hacia un diálogo con Dios, modelando el arte de escuchar y discernir.  “Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas”, como insta el papa Francisco. (Amoris Laetitia 37).

Esto significa mirar a las personas de la manera que lo hizo Jesús, con un profundo respeto hacia todos como compañeros peregrinos. Significa crear espacio de tal manera que las personas tengan la libertad necesaria para responder a Dios, y significa un enfoque pastoral abierto a aprender de las experiencias de nuestros hermanos y hermanas a medida que ellos encuentran a Cristo. Esa atención debe ser dada especialmente a los pobres, nos dice el papa Francisco, porque a menudo son sensibles a los valores y aspectos de la moralidad cristiana que los poderosos y educados pasan por alto. Y en este momento de gran vergüenza para la Iglesia, los más pobres entre nosotros son las víctimas-sobrevivientes del abuso sexual de clero. La valentía y el valor que han mostrado ha desafiado una complacencia que durante muchas décadas ignoró el dolor de un niño y vergonzosamente estaba más preocupada con la autoprotección e imagen institucional. Hemos hecho mucho para limpiar a la Iglesia de esa manera de hacer las cosas desordenada y que conmociona la conciencia, pero debemos hacer más por escuchar los llantos de todos aquellos que han sido lastimados y retomar el camino de la sanación y la justicia.

“Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que os han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño”. Estas son las palabras de Pedro, un pescador que tuvo que aprender cómo ser un pastor. Pedro es un testimonio de la empinada curva de aprendizaje que enfrenta cada obispo a lo largo de su vida. Un buen pastor siempre debe estar listo para adaptarse, nos dice el papa Francisco. En algunos momentos, debe estar al frente del rebaño para dirigir, señalar y proteger del peligro. En otros momentos debe estar en el medio del rebaño de tal manera que lleguen a conocerlo y de tal manera que él llegue a conocerlos a ellos, llamándolos por su nombre. Finalmente, hay momentos, señala el Santo Padre, en que el pastor debe estar detrás de las ovejas, no solo para garantizar que ninguna se desvíe, sino también porque las ovejas pueden oler aguas frescas que son desconocidas para el pastor. Valentía y coraje, compasión y afecto, humildad y una apertura para ser dirigido – esas son las cualidades de un buen pastor.

Finalmente, hay un orden correcto en la vida de la Iglesia para mediar la gracia y presencia de Dios en medio de nosotros. Somos bendecidos estos días con una homilía por San Agustín en la Oficina de Lecturas. Él nos dice que la relación primaria que un obispo tiene con aquellos que sirve está basada en el bautismo que comparte con ellos. “Soy un cristiano con ustedes y debo dar una explicación rigurosa de mi vida”, escribe. El fallecido cardenal Franjo Šeper, señaló lo mismo durante el Concilio Vaticano II, diciéndole a los obispos que la ordenación no aniquila el bautismo de uno. A medida que el crisma es derramado sobre sus cabezas, los nuevos obispos son recordados de la primera unción que recibieron en los Sacramentos de la Iniciación, pero también de la segunda unción en sus manos el día de su ordenación como sacerdotes. Ambas unciones sirven con un recordatorio perpetuo que el obispo es un hombre en relación con su pueblo y sus sacerdotes. Él es ordenado, no para ser un hombre de influencia, una persona poderosa, una celebridad que cultiva reputación y fama debido a sus talentos. Dicho enfoque solo lo separaría de su pueblo y sacerdotes. Él no necesita nada de esto, porque él sabe que por virtud de su bautismo él ya pertenece a un real sacerdocio, una nación santa, un pueblo llamado a salir de la oscuridad y entrar a la luz maravillosa de Dios. (cf., I Pedro 2:9).

Hay una sabiduría a ser encontrada en Palabra y Sacramento hoy, una sabiduría por la que debemos rogar, porque no la podemos obtener por nuestra propia cuenta. Esa sabiduría se necesita ahora más que nunca a medida que trabajamos para hacer las cosas bien, para ordenar la vida de la Iglesia de una manera que evita el pecado y extirpa la corrupción, que rompe la ilusión de que algunos son privilegiados y protegidos, merecedores de un tratamiento especial y exentos de la responsabilidad. 

Hoy, pido a todos aquí que oren para que a nosotros sus líderes nos sea otorgado este don, particularmente a medida que enfrentamos nuestros fracasos, muchos creados por nosotros mismos y mientras buscamos el perdón de aquellos que han sido lastimados. Como una manera de expresar esa necesidad, voy a pedir una variación en la manera en que usualmente invocamos la ayuda de los santos en la Letanía de los Santos. Pido a la congregación, incluyendo los sacerdotes y diáconos, que permanezcan de pie, y que todos los obispos se arrodillen. A medida que los tres ordenados se postran, los acompañaré. Nosotros, como Salomón, venimos ante el Señor como mendigos, necesitados de sabiduría, un don que solo Dios puede dar. Pero también oramos que el Señor otorgue a la Iglesia una sed renovada y constante de justicia y sanación, seguros y llenos de esperanza que estos también son dones que Dios siempre ha querido dar a sus hijos.

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