Cardenal Blase J. Cupich

¿Cómo podemos superar la polarización?

July 13, 2018

El mes pasado estuve encantado de participar en una conferencia en Georgetown University sobre un tema del que hemos escuchado mucho en los últimos meses: polarización. La conferencia, patrocinada por la Iniciativa en el Pensamiento Social Católico de la universidad, reunió a oradores con diferentes orígenes y perspectivas para pensar sobre este irritante problema que aflige nuestra nación.

En mi discurso de apertura, comencé señalando que es importante distinguir la polarización del partidismo. El último término se refiere a las diferencias que las personas tienen sobre ideas y creencias. Con la polarización, son las personas mismas las que están divididas, aisladas en sus propias esferas, dependiendo de diferentes fuentes de información y desconfiados, si no es que despectivos, del otro grupo y sus fuentes de información.

Aún más, la polarización describe una situación en la cual las personas están tan apartadas que apenas escuchan lo que otros están diciendo. El partidismo puede dividirnos en términos de nuestro enfoque particular a los problemas, pero hubo un momento, no hace mucho, en que los partidarios de diferentes índoles trabajaban juntos, incluso mientras reconocían sus diferencias, y lograban que las cosas se hicieran.

La polarización amenaza la idea misma de trabajar con aquellos en “el otro lado”. Si queremos en serio superar la polarización, se requiere más que encontrar un área común sobre las ideas. Más bien, las personas tienen que llegar a un sentido renovado de cómo están conectados los unos a los otros como personas.

Un camino hacia adelante, señalé, es ofrecido por el papa Francisco cuando urge a un nuevo tipo de diálogo. El énfasis de este nuevo tipo de diálogo no es meramente compartir ideas para encontrar un área común, ni estar hablando interminablemente para no ofender, o de una manera que oscurece o relativiza la verdad. En cambio, el primer objetivo del diálogo es encontrar a la otra persona.

Durante su visita a los Estados Unidos en 2015, el papa urgió a nosotros los obispos “a dialogar sin miedo”, pero primero afirmando a los otros como personas, dándonos cuenta “en el fondo, que el hermano al que queremos llegar y rescatar con la fuerza y la cercanía del amor, cuenta más que sus posiciones, por distantes que estén de lo que nosotros consideramos verdadero y cierto”.

Nuestras propias experiencias confirman la verdad de lo que dice el Santo Padre. Las familias y las amistades pueden manejar la tensión de ideas diferentes, pero estas relaciones son amenazadas si esas diferencias son comunicadas de una manera que demuestra poco respeto personal por el otro. A lo largo de los años, he aprendido que entre más conozco a alguien, es más probable que lo escuche a él o a ella. De igual forma, siempre me asombra lo fácil que algunas personas caracterizan equivocadamente las palabras de otros o juzgan equivocadamente sus motivos, sin siquiera haberlos conocido.

Como jesuita, el papa Francisco está familiarizado con la “Presuposición Ignaciana”, que nos debe dar a todos nosotros una pausa antes de que lleguemos a una conclusión fija acerca de los otros. Dice: “Se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla, y si no la puede salvar, inquiera cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor”.

Sin duda, este es un sabio consejo, en caso de que nos encontremos desestimando fácilmente los puntos de vista de otros, o peor, como sucede cada cierto tiempo en nuestra comunidad católica, etiquetando a algunos como malos católicos o herejes simplemente porque tienen puntos de vista opuestos.

Además de lo que la iglesia ofrece en la enseñanza del Santo Padre, también tenemos recursos en nuestra herencia estadounidense de la discusión civil para orientarnos. A principios de esta primavera, pueden haber escuchado al senador John McCain leer este fragmento de su reciente libro The Restless Wave (La ola inquieta):

Me gustaría ver que recobramos nuestro sentido de que somos más parecidos que diferentes… Discutimos sin fin sobre pequeñas diferencias y las exageramos hasta crear brechas duraderas… bien sea que pensemos de cada uno que está en lo correcto o equivocado acerca de nuestros puntos de vista sobre los asuntos del día, nos debemos los unos a los otros nuestro respeto … Somos ciudadanos de una república hecha de ideales compartidos forjados en un mundo nuevo para reemplazar las enemistades tribales que atormentaban al viejo. Incluso en tiempos de agitación política como estos, compartimos esa estupenda herencia y la responsabilidad de adoptarla.

Cuando lo escuché recitar esas palabras me llamó la atención su observación de que fue precisamente el impulso de encontrar una nueva manera de lidiar con las enemistades tribales del viejo mundo lo que dio origen a este mundo nuevo, esta república que llamamos América. Ese compromiso de lidiar con nuestras diferencias y diversidad al siempre forjar una unión más perfecta es la herencia única de esta nación que debemos adoptar.

El punto del experimento americano no es que nosotros estemos divididos por nuestras diferencias, religiosas o de otro tipo, sino estar unidos al discutir sobre ellas con el propósito de crear nuevas soluciones, forjando una unión más perfecta, que nunca es un hecho terminado, sino algo a lo que aspiramos como nación.

Nuestra herencia es valorar la discusión pública y no rehuir de ella como si estuviéramos aterrados del conflicto o peor, propensos a retirarnos a nuestros propios campos polarizados, viviendo con seguridad en el aislamiento con aquellos que afirman nuestros puntos de vistas. De la manera como el fallecido padre jesuita John Courtney Murray lo dijo tan bien “la sociedad es civil cuando está formada por personas unidas en discusiones”. Incluso cuando alcanzamos el acuerdo, escribió, debemos continuar discutiendo, porque nuestra herencia siempre se ha tratado de crear nuevas soluciones, formando esa unión más perfecta.

El papa San Juan Pablo II fue imperturbable al llamar a la polarización pecaminosa, simplemente porque crea obstáculos que frustran el plan de Dios para la humanidad y crea un sentido de desesperanza en el mundo. “Por tanto, hay que destacar”, observó el santo papa, “que un mundo dividido en bloques, presididos a su vez por ideologías rígidas, donde en lugar de la interdependencia y la solidaridad, dominan diferentes formas de imperialismo, no es más que un mundo sometido a estructuras de pecado… parece crear, en las personas e instituciones, un obstáculo difícil de superar”.

Su advertencia sobre los costos deshumanizadores de la polarización debe provocar en todos nosotros una saludable examinación de conciencia acerca de cómo este pecado puede tener un lugar en nuestros corazones y lo que necesitamos hacer para superarlo. Así como también una reflexión sobre nuestra herencia como americanos y la insistencia del papa Francisco para un nuevo tipo de diálogo. Al final, todos tenemos algo que contribuir para superar la polarización.

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