Área de Chicago

Diácono Pablo Pérez, premio San Esteban de la Noche de Gala 2017

By Redacción Católico
September 27, 2017

El diácono Pablo Pérez y el padre Arturo Pérez-Rodríguez, quien fuera pastor de Assumption y director de Kolbe House, celebran una misa para voluntarios y familias que tienen amigos y familiares encarcelados, el 2 de agosto de 2015. Foto: Karen Callaway/Católico.

Encontramos al diácono Pablo Pérez en su casa al sur de la ciudad, una mañana soleada. Camina lentamente, porque padece de pancreatitis, con un bolso externo que conecta a su cuerpo por un tubo. Pero el peligro ha pasado. “Mañana voy al hospital a ver si me quitan el engranaje, porque ya terminó con la infección del páncreas” dice. El proceso de sanación ha sido lento, pero el diácono mantiene la fortaleza y el ánimo.

Sobre todo, quiere volver a su trabajo regular. El diácono va a la cárcel del condado de Cook (en la esquina de 26 y California) de lunes a viernes a visitar a los encarcelados.  Habla con ellos uno a uno, a veces ofrece la comunión.

No solo escucha, aconseja y ora con los encarcelados, también trabaja con las familias, “las ayudo a comprender el proceso de lo que es tener alguien en la cárcel, cómo visitarlos, cómo ponerles dinero en su cuenta” dice.

El diácono tiene ya nueve años haciendo este trabajo, y sabe lo duro que es. “Cuando llegan a la cárcel se les hace muy difícil” explica. “Hay unos que no han caído ahí antes, y se deprimen, les da mucha ansiedad y preocupación por su familia.” 

Hay casi nueve mil personas encarceladas en Cook County. De ellos, unas mil son mujeres. Con las mujeres, el diácono dice que hay un elemento emocional, porque les preocupa dejar a sus hijos o a sus padres en la casa. “A los padres también les preocupa” comenta, “pero saben que hay alguien en la casa viéndolos. Cuando una mujer cae en la cárcel es más duro. Y hay muchachas bien jóvenes.”

El diácono nos cuenta que la mayor parte de los encarcelados tienen un abogado de oficio (public defender) porque no pueden pagar un abogado. “Hasta eso es duro para ellos, porque hablamos de unas nueve mil personas y public defenders no hay muchos. Por eso pasan meses o años allí, esperando juicio.”

“Porque allí” aclara Pérez “es un centro de detención, no es una prisión. Una prisión es cuando ellos ya han recibido sentencia. En el centro de detención ellos están esperando juicio. Hay unos que esperan uno o tres meses, hay otros que esperan hasta cuatro o cinco años.”

Hacia la reconciliación

Le preguntamos al diácono qué hace para lidiar con testimonios emocionales tan fuertes y volver al día siguiente. “Cuando termino el día, la semana, hago mucha oración” responde, “se lo dejo al Señor. Porque en realidad no puedo venir aquí a casa y contarle las experiencias a mi esposa. Puedo hacerlo, pero es demasiado fuerte. Escucho historias muy dramáticas, el por qué ellos han llegado allí, impacta mucho al cuerpo, al espíritu, al alma. Entonces, la oración es muy importante.”

Pero el diácono afirma que uno se queda con algo de eso. Pero, a la manera de algunos terapeutas, su trabajo implica escuchar. “Esa es una gran parte del ministerio que yo hago” dice, “el escuchar sin prejuicios, dejarlos que se desahoguen. Escuchar como Jesús escuchaba al pecador. He aprendido a ver el rostro de Cristo en los encarcelados.”

Pérez afirma que la persona en sí no es mala, sino que sus acciones son malas. “Es lo que yo digo a los voluntarios” agrega. “Si quieren dedicarse a este ministerio tienen que ver a estas personas con los ojos de Cristo. Es difícil, no es fácil. Porque hay personas con las que trabajamos que han quitado la vida de alguien. Hay una familia que por causa de ellos está sufriendo, comprendemos a las víctimas también, somos sensibles a eso.”

Parte de su trabajo implica la compasión. “Yo les digo, ‘sabes que por lo que hiciste hay alguien que está sufriendo allá afuera, tienes que pedir perdón también’. Los voy encaminando hacia una reconciliación con ellos mismos, con sus familias, y con Dios.”

Tiempo completo

Desde su ordenación en 2008, el diácono Pablo Pérez empezó a trabajar en Kolbe House de tiempo completo. Dejó su trabajo como vendedor en una tienda de productos de soldadura para dedicarse al diaconado. “La gente decía ‘estás loco, ¿cómo vas a dejar un trabajo para ir a donde vas a ganar menos?’ Pero yo decía que no se trata de lo que voy a ganar, sino que voy a ayudar a alguien a que encuentre a Dios en su vida.”

Se graduó del Instituto de Liderazgo Pastoral. “Tomé los dos años de liderazgo y después los otros tres años y medio del diaconado” dice.

Originario de Guatemala, el diácono Pérez cuenta ahora con 50 años. Traído a Chicago a los dos años, ha pasado prácticamente toda su vida en esta ciudad. Fue aquí donde conoció a su esposa Juanita en 1987 y un año después se casaron. Ella es de México, y curiosamente, también la trajeron a Estados Unidos a los dos años.

Tienen tres hijos: José, de 28, Manuel de 27 y Cristina, de 23. “Ellos me apoyan mucho en mi ministerio” dice.

La noticia del reconocimiento de la Noche de Gala lo alegró mucho, porque le llegó cuando estaba en el hospital. “Llegó en buen momento, para levantar mi espíritu” dice. “Yo dije  ‘esté como esté yo voy a recogerlo’ porque en estos dos meses ha sido muy duro para mí y para mi familia, he perdido 60 libras, de 217 a 157”.

“Vale la pena recibirlo y dar gracias a Dios y a todas las personas que reconocen el trabajo que hago, y no lo hago solo, sino con todos los voluntarios y quienes trabajan allí, porque solos no podemos hacer nada.”

Hoy Kolbe House cuenta con alrededor de 30 voluntarios trabajando con los encarcelados del condado de Cook, y aunque recibe un salario, porque Kolbe House es una oficina de la Arquidiócesis de Chicago. “Yo no lo veo como un trabajo” dice, “es mi ministerio, mi misión, y lo hago con mucho amor”.

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