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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

Cuaresma: Evaluando nuestras vidas

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

El Papa Francisco, en su mensaje para la Cuaresma 2014, escribe sobre la pobreza evangélica.  La pobreza, explica, es una manera de ser uno con Cristo, quien “se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza”.  La pobreza, escribe el Papa, es “es el modo de amarnos de Cristo, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino.  Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros”.

El mensaje del Papa distingue la pobreza del Evangelio de la miseria material, moral y espiritual.  El antídoto para cada uno de estos males se encuentra en vivir dentro del abrazo del amor misericordioso de Dios.  La Cuaresma es un tiempo para abrir nuestras vidas a ese abrazo, para convertirnos de manera deliberada en pobres y sacrificados con el fin de crear un espacio para que Dios transforme nuestras vidas.  La Cuaresma es un tiempo en el que podemos entrar a una temporada de renovación haciendo una evaluación de nuestras vidas, preparándonos para el Sacramento de la Penitencia, y profesando nuestra fe en la Vigilia Pascual.

Si me permiten hablarles de mi persona, esta Cuaresma me encuentra una vez más con una salud deteriorada.  Mi cáncer, el cual estaba en estado latente desde hace más de un año, aún está confinado a la zona del riñón derecho, pero comienza a mostrar signos de una nueva actividad.  Después de muchas pruebas, exploraciones, biopsias y otros inconvenientes, se ha tomado la decisión de que el mejor curso de acción es entrar en un régimen de quimioterapia, con fármacos más agresivos que los que se utilizaron en la primera ronda de quimio.  Este tratamiento se realizará durante los próximos dos meses, tras los cuales se evaluará mi reacción a la quimioterapia.

Durante la primera ronda pude mantener mi programa administrativo bastante bien, aún cuando mi horario público se vio restringido a causa de mi disminuida inmunidad.  Mientras me preparo para la siguiente ronda de quimioterapia, les pido sus oraciones, las cuales me han sostenido siempre; también les pido su comprensión en caso de que no pueda cumplir con el cronograma ya establecido para los próximos meses.  Aún cuando ya no estoy experimentando síntomas de cáncer en este momento, se trata de una forma difícil de la enfermedad la cual, pasado el tiempo, será muy probablemente la razón de mi muerte.  La quimio está diseñada para reducir el tamaño del tumor, prevenir los síntomas y prolongar la vida.

Me imagino que esta noticia aumentará la especulación acerca de mi jubilación.  Lo único cierto es que nadie sabe cuándo me retiraré, salvo quizás el Santo Padre; y el no me ha dicho nada.  Como lo requiere el Código de Derecho Canónico, presenté mi renuncia hace dos años y me dijeron que esperara hasta que tuviera noticias del Papa.  La consulta que realiza el Papa a través del Nuncio Apostólico toma un buen número de meses, y no se ha iniciado aún, de manera formal.

Mientras tanto, la Cuaresma me da la oportunidad de evaluar no sólo mi vida en unión con el Señor sino también mi vida y acciones aquí como Arzobispo de Chicago.  Cada vida tiene que ver más con tácticas que con estrategias, es decir, cada día está lleno de actividades que satisfacen las necesidades de la hora y que responden a personas que se encuentran frente a usted.  Pero detrás de las actividades diarias, el liderazgo exige un sentido de la estrategia: ¿cuáles son los objetivos generales de las variadas actividades que llenan nuestras vidas? 

Cuando regresé a Chicago como arzobispo, en 1997, las metas del documento Decisiones realizado bajo el mandato del Cardenal Bernardin, me dio un sentido de dirección que ha sido útil todo este tiempo.  Pero yo también tenía una idea, en un principio desarrollada cuando regresé a este país desde Italia en 1987, de que la Iglesia aquí iba a pasar por un período de cierto declive institucional.  En un período de decadencia institucional, uno salva en lo posible, los elementos de presencia institucional que son necesarios para la misión —parroquias, escuelas, seminarios, etc.— pero poniendo particular atención en la formación de las personas.  Sin importar cuán débil puede convertirse una institución, si existen suficientes personas que están bien formadas como discípulos de Jesucristo, la misión de la Iglesia está asegurada.

En consecuencia, estoy agradecido de manera particular a aquellos que han ayudado durante todos estos años a reformar y renovar los diversos programas de formación personal: al sistema de seminarios, a los programas de preparación para el diaconado, a los programas del ministerio de los laicos, a la instrucción en la liturgia, a los programas de formación de catequesis en tres idiomas y a la preparación de maestros y directores, dándoles un nuevo sentido a su trabajo como ministerio.  Todos los programas de formación personal han sido reformulados de acuerdo con el pensamiento de la Iglesia, y algunos se han creado recientemente con el mismo propósito.  Quienquiera que venga como Arzobispo tendrá personas en quienes puede confiar y depender.

Clave para estos esfuerzos han sido los diversos concilios o consejos que han sido parte de la gobernanza en la Arquidiócesis: el Consejo Episcopal, el Consejo Presbiteral, el Consejo Pastoral Arquidiocesano, el Consejo de Administración, el Consejo de Finanzas, el Comité de Mujeres Arquidiocesanas, el Consejo de la Juventud y otros grupos ministeriales.  Los distintos organismos e instituciones relacionadas con Caridades Católicas y con el cuidado de los pobres están funcionando bien.  Los miembros de todos los Consejos y muchos otros me han mantenido informado acerca de los desafíos de la misión y de los ministerios de la Iglesia; han asumido la responsabilidad de las iniciativas y programas, y sus miembros, al escuchar a sus compañeros, han puesto en perspectiva su propia vida con el Señor.  Ha sido un placer trabajar con ellos, y a todos les estoy agradecido.

Agradezco también a los pastores y a los feligreses que encuentro cada domingo.  Ellos me animan en mi convicción de que la gracia de Dios no se da en vano.  En nuestra Arquidiócesis hay muchísimas personas santas, discípulos misioneros del Señor.  Estoy muy agradecido por esto, aún cuando reconozco con tristeza mis propios pecados y fracasos.

Uno de los grandes placeres de ser Arzobispo de Chicago es la oportunidad de reunirse y cooperar con pastores de otras Iglesias y credos, con personas de todos los ámbitos de la vida y con distintas ideas, lo cual nos mantienen en contacto con la Iglesia universal y el mundo más allá de esta ciudad y sus alrededores.  A todos ellos, estoy agradecido.

2014 trae la muerte y resurrección del Señor con más insistencia en el horizonte de nuestras vidas.  Ante el Señor, todos somos débiles y necesitados, pobres en lo que somos, ricos en él.  Agradecido por nuestros diversos llamamientos y regocijándose en esa pobreza que nos abre a la gracia de Dios, celebremos la Cuaresma juntos, en la oración, la penitencia y la limosna.  Dios los bendiga.

Sinceramente suyo en Cristo:

Cardenal Francis George,O.M.I.

Arzobispo de Chicago

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