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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

“Ellos fueron instrumentos de Cristo” dice el Cardenal George Juan XXIII y Juan Pablo II, dos nuevos santos

Texto: Redacción Chicago Católico

Con la canonización, el 27 de abril, de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II, se inscribe en el libro de los santos a dos hombres ejemplares, cuyo efecto renovador aún es posible sentir en la vida de los católicos de hoy.

Juan XXIII tuvo un papado breve, entre 1958 y 1963, pero siempre será recordado por haber convocado el Concilio Vaticano II, que cambió las prácticas del catolicismo, al introducir una nueva manera de celebrar la liturgia, más acorde a nuestro tiempo, y abrir las estructuras de la Iglesia.

El pontificado de Juan Pablo II empieza en 1978 y culmina con su muerte en 2005. Una de las figuras más carismáticas y queridas que ha tenido la Iglesia católica, abogó por los obreros polacos opuestos al régimen comunista y viajó como pocos líderes religiosos lo han hecho, pues visitó 129 países durante sus años al frente de la Santa Sede.

La Iglesia tenía que abrir las ventanas

El legado de Juan XXIII es tan importante que uno de los premios que entrega la Noche de Gala de la Arquidiócesis de Chicago lleva su nombre. En agosto de 2012, el premio Juan XXIII fue entregado al arzobispo de la Arquidiócesis de San Antonio, Gustavo García-Siller. Previo a su viaje a Chicago para recibirlo, Católico lo llamó por teléfono para conocer sus impresiones, y el arzobispo expresó que le complacía el reconocimiento, en parte porque era entregado por hispanos, pero también por el nombre del premio.

“Juan XXIII es muy significativo en la historia de la Iglesia” comentó, “porque él fue conocido como ‘el Papa Bueno’ el Papa de la gente, y el que instrumentó el Vaticano II. Fue él quien lo abrió. Ya el que cargó con el proceso y la conclusión fue Paulo VI, pero el que lo abrió fue Juan XXIII. Entonces, yo me identifico mucho con esa visión que él tuvo, de que había que abrir las puertas, de que la Iglesia tenía que abrir las ventanas. Dejar que hubiera un diálogo con el mundo. La Iglesia abriéndose, compartiendo su ser y luego escuchar lo que el mundo también dice. Es como la experiencia del pentecostés.” El arzobispo Gustavo García- Siller agregó que “No ha habido otro Vaticano II porque fue muy radical, de mucha fuerza, mucha visión.”

El Cardenal Francis George, quien viajará a Roma para estar presente en la celebración especial de canonización, habló al respecto en su participación en el programa televisivo por cable La Iglesia, el Cardenal y Tú.

“El pontificado de Juan XXIII tuvo lugar cuando yo estaba en el seminario Meyer” recordó el Cardenal, “fue elegido cuando yo estaba en el seminario y murió antes de que yo fuera ordenado. Paulo VI fue elegido el año en que fui ordenado.”

“Lo que los une es que Juan XXIII tuvo la inspiración de comenzar algo” continuó el Cardenal George, “ya estaba preparado en cierta manera, pero en verdad su inspiración fue precisamente llevar a la iglesia a una conversación con el mundo contemporáneo, para que el mundo fuera santo, para que el mundo fuera convertido.”

El Cardenal habló de la continuidad entre los dos papas, al referirse al Concilio Vaticano II. “Fue un concilio misionero. Y no hay nadie que haya demostrado más las consecuencias de ese concilio misionero que el Papa Juan Pablo II. Él lo dijo también, ‘mi trabajo es implementar el Concilio’, y él dejó en claro que había que tener la inspiración para el diálogo constante, todo era un diálogo que vino como consecuencia del concilio. El Papa Juan Pablo II dejó muy claro, hay una metodología para el trabajo pastoral, para evangelizar, para todo lo que hace la iglesia. Es diálogo, pero es diálogo con todo mundo, de allí todos los ministerios surgidos del concilio. El diálogo ya en práctica, quien lo hizo visible fue Juan Pablo II. Él fue a todas partes y habló con todo mundo.”

El Cardenal George conoció por supuesto a Juan Pablo II, pues él lo nombró obispo y posteriormente lo nombró cardenal. “Fue un pontificado fascinante, yo llegué a hablar con él con cierta regularidad, y fue siempre una experiencia muy conmovedora, ciertamente era un santo. Y claro, nunca hablé con Juan XXIII, pero estoy seguro de que él también lo era” continúa el Cardenal. “Si lees su diario, es un hombre muy tradicional y piadoso. Él estaba apoyado en todos los medios tradicionales de oración que tenemos los católicos, desde el rosario hasta la hora santa, la confesión, era un alma muy sensible, y sin embargo, debido a esa libertad que él tenía en unión con el Señor, fue capaz de crear una aventura, de crear cosas grandiosas.”

Respecto a la audacia de estos papas, cuya influencia se dejó sentir en toda la Iglesia, el Cardenal George comentó: “La gente que está verdaderamente enraizada es la que más se aventura, si la gente no sabe en dónde está, tu tampoco sabes dónde están. Estos dos hombres estaban enraizados en el amor del Señor y de la Iglesia, así que cosas buenas vinieron de ellos. Esto es de alguna manera una combinación, no de lo que hicieron, sería un error verlo así, son santos, estamos celebrando lo que Cristo hizo en ellos. Ellos fueron instrumentos de Cristo. Y eso es lo que celebraremos en la ceremonia de canonización.”

Legado de dos grandes

En 2012 se celebraron los 50 años del comienzo del Concilio Vaticano II, impulsado por el Papa Juan XXIII. El padre Marco Mercado, Delegado del Arzobispo para el Ministerio Hispano, escribió en las páginas de Católico lo siguiente:

“Los Concilios normalmente son convocados por el Papa, que como sucesor de San Pedro y cabeza de la Iglesia llama a los otros apóstoles (los obispos) para que le aconsejen y se tomen las medidas necesarias para la Iglesia. En 1962 el Papa Beato Juan XXIII vio la necesidad de convocar a una buena representación de los obispos del mundo, más o menos 2,800 y junto con expertos y representantes de otras religiones (algo que hablaremos en artículos posteriores) reunirse en el Vaticano para escuchar la Voz del Espíritu Santo sobre las necesidades de la Iglesia en nuestros tiempos.”

“El resultado más evidente” continúa el padre Marco, “es la Iglesia que todos conocemos actualmente, en donde la misa se celebra viendo de frente a la gente y en el idioma de cada lugar. Algunas personas, sobre todo las mayores, recordarán cuando la misa era en latín y el sacerdote le daba la espalda a la gente. Este es sólo un ejemplo y quizás el más notorio de los muchos cambios que hizo el Concilio, la Iglesia vio y ve la gran necesidad de que la celebración de la Santa Misa fuera mucho más participativa y activa, que todos los fieles cristianos participaran en la celebración, de allí la importancia y lo bonito de los ministros de Comunión, lectores, monaguillos, ministros de Hospitalidad, coros y todos los que activamente celebramos la Santa Misa. El Concilio Vaticano II soñó con una Iglesia como la de los primeros cristianos en donde todos se sentían parte del Cuerpo de Cristo y todos compartían sus dones.”

Un año antes, en 2011, el Cardenal George celebraba también en nuestras páginas la beatificación de Juan Pablo II con estas palabras:

“El mundo fue cambiado gracias a la vida y el ministerio de Karol Wojtyla y el mundo sería diferente hoy en día si viviera de acuerdo al Evangelio que él predicó. Habló con todos; se dirigió a más personas que cualquier otro ser humano. Hablaba como un teólogo y un filósofo, como poeta y artífice de la palabra, como actor y deportista, como sacerdote, como pastor y como un inválido. Él habló para llamar la atención de la gente hacia Cristo, hacia Aquel de quien era vicario. Él nos instó a ‘adherirnos a la persona misma de Jesús’, una persona que conocía íntimamente a través de su vida de oración. Donde quiera que habló, o a quien fuera que lo hizo, habló de Jesús y para Jesús. Confiando en la misericordia de Dios para sanar viejas heridas y divisiones, ofreció la posibilidad de la vida en una cultura realmente nueva que respetara a cada persona y que se preocupara por los más pequeños entre nosotros. Amaba a sus amigos cercanos, pero tenía un sentido de la totalidad de la historia humana y de nuestro lugar en ella. Él predicó a todas las naciones, corriendo hacia ellos, incluso cuando no podía caminar. Debido a que su propia vida se encontraba tan arraigada en el amor de Cristo, estaba abierto a todo el mundo. Se vio a sí mismo y al mundo entero con los ojos de Cristo, redentor del mundo.”