La Residencia Bishop Conway de Caridades Católicas Un espacio digno para los jubilados
Al oeste de la ciudad, en un edificio de cuatro pisos, se ubica la residencia para ancianos Bishop Conway. Se trata de un conjunto de 15 apartamentos compartidos y siete estudios individuales para gente mayor de 65 años, de bajos ingresos, que depende de Caridades Católicas.
“Alrededor de 20 personas trabajan aquí” dice Gaby Saldaña, directora de la residencia. “Tenemos cocineras que preparan tres comidas frescas al día. Todos los días de la semana hay enfermera, y hay una asistente de enfermera las 24 horas del día. Hay seguridad también 24 horas al día. Siempre hay alguien que pueda responder en caso de emergencia. Tenemos personal de limpieza, para ayuda con la ropa, con el aseo, o para recordarles de tomar sus medicamentos, etc.”
Chicago Católico visitó las instalaciones de la Residencia para conocer la vida cotidiana de sus inquilinos. En algún momento, mientras conversábamos con Gaby Saldaña, le comentamos que puede ser difícil para algunos latinos dejar a sus padres o abuelos en una residencia para mayores, pues estamos acostumbrados a mantenerlos en el núcleo familiar, dejarlos en casa.
“Sí, con los hispanos resulta un poco más difícil” responde, “porque a muchos se les inculca que cuando el anciano ya está grande lo van a tener que cuidar. Entonces tratan de mantener al abuelo en casa y cuidarlo. Vemos que hay personas que trabajan, y tienen tres generaciones viviendo bajo el mismo techo. Los ancianos se quedan solos durante el día, a veces no comen bien, no se toman sus medicamentos. Los hijos están trabajando. Luego están los nietos, que llegan de la escuela, tienen mucha tarea. Esto les causa mucho estrés a los ancianos. Aquí los hijos ya no tienen que llevarlos a sus citas médicas porque nosotros les ayudamos con eso.”
Los inquilinos
La residencia Bishop Conway se ubica en lo que alguna vez fue el convento de Santa Filomena, y donde antes estaba el altar, hoy están los departamentos de dos inquilinos, Américo Rodríguez y Ana Avilés. Entramos a los departamentos y platicamos con sus residentes. Ambos son originarios de Puerto Rico, aunque Américo ha pasado la mayor parte de su vida en Chicago. Los departamentos son limpios y bien iluminados.
Américo tiene 66 años, y tuvo una embolia hace 10 meses, de la que se está recuperando. Su pasión es el karate. “Tengo tres grados cinta negra” dice. “Me llevó 40 años llegar a donde estaba antes de tener la embolia. Esa es mi profesión. Enseñé en diferentes lugares, en el Boys Club, en el YMCA, en Cheeta.”
En las paredes hay fotos de Américo en torneos de artes marciales, y un retrato suyo de principios de los setenta, con un enorme afro. Participó activamente en una organización cívica que iba a los vecindarios y ofrecía talleres y asesoría social. “Nosotros nos llamábamos ‘La Gente’” recuerda.
Mientras hablamos, entra una empleada con las medicinas. Diariamente, los inquilinos reciben la dosis necesaria de medicinas para ese día, que son depositadas en un cajón especial en el armario. De esa manera, se evita que tomen, por olvido, una dosis doble de la que necesitan.
“Este es el mejor lugar en que he estado” dice Américo, “después de cuatro o cinco hospitales. Aquí se encargan de mi lavandería, me dan de comer, me hacen las compras. En otros lugares no hacen eso.”
En el departamento de enfrente, Ana Avilés se entretiene armando rompecabezas. Le encanta armarlos, y tiene una colección de todos tamaños. Tiene 75 años y es la única sobreviviente de 19 hermanos.
Ana contagia a todos con su buen humor, sea en el comedor o en el jardín, siempre intercambia bromas con la gente. “Ayudo como puedo” dice, “porque a mí me encanta hacer algo. Si tú estás quieta en un sitio, ahí te quedas. Yo bajo a regar las matas, y veo como están las cosas en el piso. Donde quiera ando metida, jugamos bingo, hacemos collares, pintamos. Llevan a uno a pasear en la guagua. Y la primera que se monta en la guagua soy yo.”
Ella es madre de dos hijos, más “seis nietos, cinco bisnietos y uno que viene”, dice entre risas. Ha vivido en Chicago por casi cuarenta años, volvió a Puerto Rico por diez años. Ahora, después de dos años de vuelta, se regresa a la isla, donde vive su familia. Cuando la visitamos, ya tenía varias cajas empacadas.
Servicio todos los días
Aunque tiene alrededor de cuarenta años de fundada, la Residencia Bishop Conway es parte del programa Suportive Living del estado de Illinois, que surgió en 2003 como una alternativa a los asilos de ancianos, pues muchos no necesitaban esa ayuda sino otro tipo de atenciones. Por ello se pensó en un modelo de departamentos dignos para personas mayores de 65 años, bajo el sistema Medicaid, donde los inquilinos tuvieran los servicios necesarios.
“De sus ingresos mensuales, los residentes se quedan con noventa dólares y lo demás lo pagan al edificio” explica Saldaña. Eso paga la renta, las comidas, todos los servicios disponibles, calefacción, etc. No tienen que salir a buscar comida. Los medicamentos, el seguro los está pagando. Esos noventa dólares los pueden usar para comprar cosas que necesitan.”
Mientras platicamos con Saldana, recorremos las instalaciones, vemos el movimiento en el comedor, que se conecta con la sala donde varios residentes ven la televisión. Aunque los departamentos también tienen televisión, muchos se reúnen a charlar y ver la tele juntos.
Los murales que formaban parte de la capilla original están en un salón adicional, donde cada viernes, el padre Jesús Puentes, de la iglesia vecina de Santa Filomena va a dar misa para los residentes que no pueden ir a misa solos. En ocasiones mueven los muebles y se usa el lugar como centro de ejercicio. “Tenemos un señor que viene una vez al mes y hace tai chi con ellos” explica. “Tenemos una señora que se llama Verónica, del Club de la Alegría y ella va a diferentes edificios donde hay ancianos. Viene dos veces al mes y canta y baila con ellos.”
Aunque varias personas vienen de fuera para hacer actividades con los residentes, la Residencia cuenta con un director de actividades. También tienen un jardín privado que los residentes pueden usar.
Por décadas, la labor de la Residencia ha sido aplaudida por personas que recibieron ayuda para sus padres o abuelos. La señora Mary Beltrán da testimonio de esto. “Mi madre, Esther Colón, estuvo en la residencia por algo más de tres años. Ellos (en la Residencia) hicieron más de lo que podían, mi madre tenía Alzheimer, y tenía también problemas de movilidad, usaba una andadora. A veces, lidiar con eso era difícil. Creo que el trabajo de Gaby y su equipo fue excelente. El programa que ofrecen a los jubilados, sin importar cualquier impedimento físico que tengan, de verdad me resultó conveniente. Y ellos ofrecen tantas actividades para los residentes, desde bingo hasta ‘fiestas hawaianas’, llevarlos de compras. No tengo más que cosas positivas que decir sobre ellos.” La señora Beltrán tuvo que mudar a su mamá debido a que necesitaba un cuidado médico más especializado. Desafortunadamente, doña Esther falleció en febrero pasado. Pero queda la gratitud de la señora Beltrán: “Ellos hacen mucho con pocos recursos”.
La residencia Bishop Conway se ubica en 1900 N. Karlov Ave, y puede pedir informes en el teléfono (773) 252-9941.



