Advertisements ad

Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

La alberca y el matrimonio

Valentín Araya-Mesén

Director Asociado, Ministerios para la Familia Hispana

Hace algunos años, José Luis, un compañero mío de seminario al cual le gustaba mucho nadar en la alberca, tuvo una experiencia poco satisfactoria. Después de haber estado por tres meses en campo de misión en la sierra michoacana, en donde el agua era escasa y el calor abundante, regresar al seminario y resistir la tentación de meterse a la alberca, era casi imposible. Así que, una de las primeras cosas que hizo a su regreso fue ponerse sus shorts, correr a la alberca y brincar en ella. Solo que esta vez la alberca no tenía agua.

Afortunadamente, brincó pensando caer de cuclillas, y al ver que no había agua, su instinto natural le ayudó para que sus pies fueran los primeros en tocar el fondo. Su sorpresa fue acompañada de unos cuantos golpes y, seguramente, de una lección bien aprendida. Quizás también aprendió que para que haya alberca, no solo es importante la estructura exterior, sino que el agua es absolutamente necesaria.

Lo mismo podría decirse del matrimonio. No solamente es importante la pareja, sino también, el agua, cristalina y pura, para formar un buen matrimonio. Hay personas que podrían jugar al matrimonio, brincando al fondo sin agua, dándose cuenta muy pronto que solo están en un cajón vacío. Hay otras que no solamente se aseguran de que haya agua en abundancia, sino que palpan el agua para asegurarse de que tiene la temperatura adecuada. Hay quienes examinan la profundidad del agua y la distancia de orilla a orilla antes de meterse. Hay otras que, no sabiendo nadar, preferirían que el agua les mojara solo la punta de los pies. Y por último, aquellas hidrofóbicas que posiblemente desearían que las albercas no existieran.

Lo cierto es que si quieres aprender a nadar, debes meterte al agua. No importa que tengas un excelente instructor que te haya dicho y explicado una y otra vez cómo debes respirar, cómo debes mover los pies o los brazos, a nadar solo se aprende nadando. De la misma manera, hay que meterse en las aguas matrimoniales para aprender a vivir en matrimonio.

Cuando las parejas se casan, es como si se lanzaran en esas aguas sin saber nadar. Fuera de la alberca, se han tomado de las manos y han practicado el braceo, han acompasado sus pasos, y sienten que lo podrán hacer fácilmente, estando dentro del agua. Lo único es que ignoran que para nadar en las aguas profundas del matrimonio, es necesario soltarse, dejar libres sus cuerpos, para que los brazos y los pies tengan libertad de movimiento. Dos personas solo pueden nadar en una misma dirección cuando tienen libertad absoluta.

Al principio, cuando solo sus pies están dentro, sus cuerpos pueden todavía estar atados. Están palpando el agua, la experimentan, les gusta. Y poco a poco, la naturaleza del matrimonio les va llevando a las partes más profundas. Hay algunas personas que cuando el agua va cubriendo su cuerpo, llenas de miedo, abrazan fuertemente a su pareja, sin saber que con ello, no solamente están negándose a la posibilidad de aprender a nadar, sino que están impidiendo que su pareja aprenda. Recuerda que si estando en la alberca tus pies ya no tocan fondo, es porque el agua te levanta, para que tú, libremente, puedas mover los pies.

Y el agua sigue subiendo. Algunas parejas se devuelven y se salen de la alberca, culpando a su pareja por su fracaso y a la alberca por existir. Y al poco tiempo, buscan otra persona y otra alberca y nuevamente, se meten sin haber aprendido a nadar.

Aquellas parejas que van nadando en una misma dirección, están completamente libres de las siguientes cosas: De la necesidad de tener siempre la razón; del hábito de echarle la culpa al otro; de la creencia que su pareja debe hacerle feliz; de la costumbre a criticarle; de la intolerancia al cambio; de la falta de optimismo; del hábito de buscar excusas; de las quejas; de los celos; del deseo de posesionarle y de los apegos emocionales, que como tales, son muy diferentes al amor.

Que las aguas divinas del amor de Dios Padre, te permitan nadar en ellas.