La gota de agua
Quiero, esta vez, regalarles una pequeña metáfora, que fue inspirada por mi madre, en un día de primavera, hace más o menos ocho años. La he escrito también pensando en aquellas personas que le dan mucha importancia a las cosas pequeñas y sin sentido, y se pierden los regalos grandes y maravillosos que Dios les da. La gota de agua puede ser cualquier cosa que puede impedir que una persona logre sus objetivos y tenga éxito, amor y felicidad. Espero que la disfruten.
Había una vez un joven enamorado, que destrozado por el rechazo de su amada, se dirigió a su anciano padre para pedirle consejo.
— Papá, la amo con todo mi corazón, le dijo. Pero ella me ignora y me rechaza una y otra vez. Yo la pienso constantemente y siento que la vida sin ella no tiene ningún sentido. ¿Qué debo hacer? Aquel padre, viendo la aflicción de su hijo, le contestó:
— Escucha la siguiente historia. Si escuchas con atención, sabrás, al final de la misma, exactamente lo que tienes que hacer. ¿De acuerdo?
— Está bien —asintió el joven.
Entonces su anciano padre narró a su hijo la siguiente historia:
— Juan, acompañado de su amigo, Jorge, manejaba su carro por una carretera a las afueras de la ciudad. Era un hermoso día de primavera y la hierba era bañada por una suave llovizna.
De pronto, ante sus ojos, a la derecha del camino, comenzó a dibujarse un hermoso lago azul. Los árboles a su alrededor parecían disfrutar de su frescura y belleza, meciendo suavemente sus ramas y sus hojas. Las flores de diferentes colores que brotaban de la hierba fresca y olorosa, adornaban sus orillas y llenaban el aire de un aroma exquisito. Los pajarillos, a coro, entonaban las más dulces melodías.
Y en lo alto, se descolgaban por entre las nubes algunos rayos de sol, permitiendo que se dibujara un arcoíris sobre el lago, con los colores más hermosos que jamás se hayan visto.
Juan estaba extasiado, asombrado, inspirado ante la belleza de aquella escena. Se había quedado sin habla, admirando, disfrutando de aquel paraíso terrenal, como cuando la luz divina satura tus sentidos y sientes que todo es maravilloso a tu alrededor. Y sin mirar a Jorge, como para no perderse nada de aquella sublime escena, exclamó:
— ¡Qué hermoso! ¡Qué belleza!
— A mí me parece interesante —contestó Jorge—. Todo depende de la velocidad.
— ¿Qué estás diciendo, Jorge? ¿Cómo puede depender tanta belleza de la velocidad? — dijo Juan un tanto extrañado por la intervención de su amigo.
Jorge, con los ojos fijos en el parabrisas del carro y haciendo alarde de sus conocimientos científicos, agregó:
— Cuando la velocidad del auto ejerce en la gota de agua una fuerza mayor que la fuerza con que es atraída por la tierra, entonces la gota de agua tiende a deslizarse hacia arriba del parabrisas.
Juan, lleno de agradecimiento a Dios y al universo, iba guardando en su mente, en su corazón y en su alma, cada color, cada melodía, cada aroma y cada instante de aquella majestuosa escena, como cuando tú guardas aquellas experiencias maravillosas, sin retener a la persona que te las permite vivir.
Y así, aquel lago azul, con toda su belleza, fue desapareciendo de la vista de Juan, a medida que el coche avanzaba y Juan intentaba voltear su cabeza, para mirar, por última vez, aquel paisaje. Luego de unos momentos, se dirigió a su amigo Jorge, para preguntarle:
— ¿Acaso no viste la belleza del lago azul que acabamos de pasar?
Su amigo, ajeno a lo que ocurría más allá del parabrisas, seguía muy ocupado, mirando las gotas de agua. Y a la pregunta de su amigo, contestó:
— ¿Cuál paisaje? Yo sólo observaba la gota de agua deslizarse por el parabrisas del coche.
En ese momento Juan se dio cuenta que su amigo Jorge, por haber enfocado una gota de agua, se había perdido de todo el lago y su belleza.
A este punto, aquel anciano padre, miró a su hijo y le preguntó:
— ¿Y tú qué quieres enfocar? ¿La gota de agua o el lago azul? El joven, sin decir palabra, se despidió de su padre y se marchó.



