Hermanas Oblatas de Jesús Sacerdote Un llamado día a día
En medio del barullo del Loop, detrás de Catedral, hay un espacio en el edificio de la rectoría dedicado a la contemplación y la oración. Allí, en un paréntesis de quietud y silencio en pleno centro de la ciudad, reside un grupo de las hermanas Oblatas de Jesús Sacerdote.
La orden fue fundada en México por el reverendo francés Félix de Jesús Rougier en 1924, con la intención de apoyar al sacerdocio por medio de oración y trabajo. Desde septiembre de 2001, un grupo de cinco hermanas de dicha congregación, procedentes de México, reside en la Catedral del Santo Nombre. “Cuidamos de la cocina de la Catedral –explica la hermana Manuela Rodríguez, quien funge actualmente como madre superiora–, ayudamos en la lavandería y la sacristía. Sobre todo, rezamos por los sacerdotes, esta es nuestra misión: orar por sacerdotes y seminaristas y por un aumento en vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa.”
La rutina de las hermanas Oblatas se sustenta en una vida sencilla, y a menudo les cuesta hablar de sí mismas, pues prefieren enfocarse en sus tareas religiosas y comunitarias. Es este silencioso esfuerzo, esta modesta tenacidad en una cultura que tiende a gritar y a promover sus logros, lo que les ha valido el reconocimiento “Santa Teresa de Ávila” que se entregará durante la Noche de Gala en agosto próximo.
El galardón, por supuesto, es bien recibido. Para la hermana Patricia Garay Morales, el premio reconoce una forma de vida, demuestra “que sí se puede en estos tiempos vivir una vida consagrada”. Y añade: “Creo que es de fe, de gracia, el que hayan puesto sus ojos en nosotras, en reconocernos. Yo pienso que por la trayectoria, pues hay muchas hermanas que ya han pasado por aquí, que ya están gozando de Dios, o que siguen dando servicio. Para mí es muy bonito, un detalle de Dios a través de ellos. Es una forma de decir ‘se puede vivir este modo de vida’ Porque a veces (el tema) no se toca.”
La hermana Patricia ingresó a la congregación en diciembre de 1989. “Yo me siento feliz –dice–. Vivo enamorada de lo que es la espiritualidad de la congregación, que es la Iglesia misma. Es un carisma, un regalo que Dios nos da en la Iglesia y que nosotros desempeñamos.”
Ofrenda y sacrificio
El mismo entusiasmo comparte la hermana Rosa María Sandoval, quien tiene ya 53 años como parte de la congregación. A ella le preguntamos cuál es la máxima satisfacción de su vida con las hermanas, después de cinco décadas. “Lo máximo para mí es ver tantas generaciones de sacerdotes –responde–. Es una gracia muy especial que yo siento en mi corazón.”
La hermana Rosa María llegó a Chicago en 1964. “El primer grupo que conocí es el del obispo (John) Manz –dice–, cuando el obispo Manz estaba en primero de filosofía, jovencito, tendría unos 17 o 18 años. El obispo Manz es el primer obispo de la generación que conocí, y esa es una satisfacción. Se parece a uno de mis hermanos, yo lo veía como mi hermano. Dice él que nosotras le enseñamos el español, porque hablaba mucho con nosotras, nos ayudaba mucho.”
Las hermanas siguen un proceso largo de preparación antes de recibir sus votos. La hermana Rosa María lo resumió así: Tuvimos un año de postulantado, que es el inicio, y luego dos años de noviciado, luego hacemos la primera profesión, los primeros votos. Entonces nos dan el velo negro y el hábito. Luego, renovamos los votos cada año por tres años y luego por dos años y luego, a los cinco años ya hacemos lo que llamamos la profesión perpetua. Entonces nos dan el anillo, que significa el compromiso para siempre.”
Esta profesión es sin embargo, algo que se renueva continuamente. “Es un llamado día a día” dice la hermana Yolanda Vázquez Vinicio, quien agrega: “Es un trabajo interno, hay alguna que otra hermana que sí sale a dar catequesis a alguna parroquia o a la pastoral vocacional. Nosotras a veces la apoyamos con oración o a veces acompañándola. Pero nuestra misión es, principalmente, trabajar por los sacerdotes, y la oración. La oración principalmente, pedir por seminaristas y los sacerdotes.”
La hermana Yolanda pertenece a la congregación desde hace 23 años. Cómo discernir y mantener una vocación religiosa no parece fácil. Se lo comentamos y nos responde: “Si es llamada de Dios, pues sí, porque si nada más es querer mío, pues como que no. Día a día se va uno dando cuenta, porque durante la formación tenemos nuestra formadora, cada ciertos meses nos dan un informe de cómo nos estamos portando, en qué tenemos que trabajar. Pues es crecimiento humano y también espiritual, nos dan clases de Biblia, de ejercicios espirituales.”
Para ella el reconocimiento de la Noche de Gala es “algo especial, venido de Dios –dice–, porque uno no merece que lo reconozcan, sino que uno todo lo hace por Dios, ya las demás personas ven nuestro trabajo y uno tiene que ser humilde en aceptarlo”.
La función de las hermanas Oblatas de Jesús Sacerdote se sintetiza en su nombre. “Una palabra muy concreta –dice la hermana Patricia–, que antes de entrar a la congregación yo no la había escuchado mucho: oblación”. La palabra, que en latín significa “ofrenda y sacrificio que se hace a Dios”, es el origen de “oblea”, la delgada hoja de harina que llamamos hostia. “Como oblatas de Jesús Sacerdote nosotras tenemos el lema de ‘En oblación al Señor’ –explica la hermana Patricia–. Eso significa entregar mi vida. Si estoy cansada, si tengo gusto, mis logros, mis caídas, ofrecerlas. Darle ese sentido a mi vida.”
La presencia de las hermanas Oblatas de Jesús Sacerdote en Illinois comienza en septiembre de 1961, con su llegada al Colegio Seminario de Niles; posteriormente se mudaron al campus de Loyola en Rogers Park. Durante este tiempo también fundaron una comunidad en el seminario mayor de Mundelein, y una casa de formación en Hometown, IL.



