Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

Homilía de Pascua de 2012

El Evangelio que acabamos de proclamar nos describe la escena de una tumba vacía en el tercer día después de la crucifixión y muerte de Jesús. Vemos y oímos a María Magdalena, a Juan, el discípulo amado, y a Pedro, el jefe de los doce apóstoles. Cada uno había sido parte de la vida de Jesús antes de su ejecución; cada uno había formado parte de la historia reciente de su pasión y muerte. María Magdalena se había quedado con valentía a los pies de la cruz y estaba allí cuando bajaron el cuerpo muerto de Jesús de la cruz y lo pusieron en los brazos de su Madre Dolorosa. Juan había recibido a la Bienaventurada Virgen María del Jesús moribundo, para llevarla a su casa y ser un hijo para ella. Pedro negó conocer a Jesús cuando pensó que su propia vida estaba amenazada, pero en su doloroso e inmediato arrepentimiento también supo que Jesús le había perdonado y que todavía estaba para dirigir lo que quedaba de los seguidores de Jesús.

María Magdalena fue al sepulcro en la oscuridad, tanto en una oscuridad física, como con un corazón oscuro y pesado. Se encontró perdida en el dolor. Ella vio que la tumba estaba vacía y su oscuridad personal se intensificó. Horrorizada por su inmediata respuesta, al ver que se han llevado el cuerpo de Jesús, corre, aún en la oscuridad, para decírselo a Pedro y a Juan. Juan corre y sólo ve una tumba vacía. Ve las prendas de la tumba bien ordenadas, no revueltas por un acto violento. Y entonces, comienza a ver con los ojos iluminados por la fe y el amor: algo maravilloso ha sucedido, a pesar de que todavía no sabe exactamente qué. Pedro llega al último, probablemente sin aliento, entra en el sepulcro vacío, absorbe toda la escena y queda perplejo, sabiendo que aún no entiende.

En este domingo de Pascua, el día de hoy ¿cómo nos encontramos ante la tumba vacía de Jesús? ¿Perplejos, como Pedro? ¿Perdidos en el dolor, como María Magdalena? ¿Abiertos a algo que aún no entendemos completamente, como Juan? Tenemos el privilegio de estar con los ojos iluminados por la fe y los corazones agrandados por el amor, habiendo recibido el don de la fe y el amor en el bautismo y a través de la predicación y la oración de la Iglesia. Esta es la fe de la Iglesia que proclamaremos en pocos minutos: “Creo en la resurrección de la carne”. Ninguno de nosotros ha visto con nuestros ojos físicos al Señor resucitado, ni experimentado lo que es vivir en un cuerpo resucitado. Pero sabemos por experiencia propia que lo que no vemos con los ojos físicos, lo que no se puede medir y contar, o manipular en el laboratorio, es más real que lo que podemos ver ahora con nuestros ojos aún mortales.

No podemos ver o tocar directamente la simpatía por un amigo en necesidad, ni la pena por aquellos que encuentran que sus vidas se ha vuelto patas arriba porque han perdido a un padre, un esposo, un hijo o porque la recesión económica les ha privado de un trabajo o una casa; no podemos medir directamente la compasión por los enfermos, la alegría por el nacimiento de un niño, la devoción a un esposo o esposa, o nuestra fe en Jesucristo y nuestra esperanza en sus promesas. Sin embargo, estas realidades inconmensurables son las más reales. Ellas dan forma a una vida verdaderamente humana, animada además por la gracia de Dios.

Estamos en la Misa. Lo que vemos con los ojos físicos son el pan y el vino. Lo que creemos que está realmente presente es el cuerpo resucitado de Cristo. Ese cuerpo no está limitado por las reglas del espacio y el tiempo de las limitaciones de este mundo. El Señor resucitado es totalmente libre, habiendo roto los lazos de la muerte y el sepulcro; y está realmente presente bajo las condiciones que él, y sólo él, determina. Ese cuerpo resucitado, es Cristo completamente libre, viene a nosotros en la Sagrada Comunión bajo las formas visibles del pan y del vino. Él viene con la promesa de una nueva vida, con la seguridad de que nuestros cuerpos todavía mortales se elevarán a la inmortalidad, si lo recibimos hoy en la Eucaristía. “El que come mi carne y bebe mi sangre”, promete Jesús, “vivirá para siempre”. Tenemos que tomarle la palabra, porque él es el Señor resucitado.

Vemos únicamente los resultados de la fe, la esperanza y el amor, pero cuando estamos en sus manos vivimos en nuestra realidad más profunda. Santa María Magdalena, San Pedro y San Juan, cuando comenzaban a creer, pero aún no tenían una total comprensión, corrieron hacia el lugar donde aprendieron a creer, hacia la persona en quien pusieron su esperanza, al Señor amado, que nos muestra que la verdad revelada y el amor abnegado son más reales, más fiables que cualquier otra cosa. Si la tierra es nuestra madre, entonces la tumba es nuestro hogar y el mundo es un sistema cerrado vuelto sobre sí mismo. Si Cristo ha resucitado de la tumba y la Iglesia es nuestra madre, entonces nuestro destino va más allá del espacio y el tiempo, más allá de lo que se puede medir y controlar. Y ahí radica nuestra esperanza.

El Cristo glorificado eleva a todo el mundo a una nueva vida. Al igual que los insectos en la oscuridad, somos atraídos, a veces a pesar de nosotros mismos, hacia él que es la Luz del mundo. Queridos hermanos y hermanas en Cristo, esta Pascua aprendan a correr con este mensaje. Digan a los demás, digan a todos los que aman, que Cristo ha resucitado de entre los muertos. ¡Él ha resucitado! Aleluya.

Sinceramente suyo en Cristo:

Cardenal Francis George,O.M.I.

Arzobispo de Chicago

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