Las marimbas que salvan vidasCuando de luchar contra la violencia de pandillas se trata, el padre Bruce Wellems, pastor de la parroquia Santa Cruz-Inmaculado Corazón de María, tiene un “arma” musical: Marimba.
Para Hugo Domínguez la marimba es mucho más que un exótico instrumento para tocar música y pasar un rato de esparcimiento. Es su propia vida.
Tenía 10 años cuando emigró de México con sus padres que se asentaron en el barrio Las Empacadoras, al sur de Chicago, con la esperanza de labrar un nuevo destino en un país diferente.
Pero aquel muchacho tímido y amante de la música, pronto se dio cuenta que su destino se dibujaba tenebroso en un barrio donde los tiroteos y la violencia entre pandillas estaban a la orden del día.
“Cuando llegué aquí, no sabía nada de pandillas. Resulta que en la escuela, comencé a juntarme con otros niños que sí estaban involucrados en pandillas o muy cerca de entrar a ellas. Estuve a punto de unirme a ellos”, dijo. Pero un acontecimiento cambió el rumbo de su vida.
“Fui a la Iglesia (Santa Cruz) y ví la marimba. De inmediato me sentí atraído porque a mí me encanta la música y entonces le dije a mi papá que quería estar en el grupo de marimba”, afirmó. Y mientras continuaban los tiroteos en el barrio, noticias de violencia y jóvenes muertos por esta esquina o la otra, Domínguez aprendía a tocar un instrumento cuya presencia en la comunidad rebasa las fronteras de lo musical.
“La marimba me enseñó a ser responsable. Porque yo mismo me dije: si me metí en esto, tengo que seguir, dijo el joven de 21 años, quien actualmente cursa su tercer año de licenciatura en comunicaciones en la Universidad de Northeastern. “Practicaba casi todos los días, así que no tenía tiempo para andar en otras cosas, en malos pasos... puedo decir que la marimba me salvó la vida”, estimó.
Bruce Wellems y el Ensamble Marimba
Para Bruce Wellems el sonido de la marimba inspira paz y tranquilidad.
Desde que la descubrió en una selva de Guatemala, adonde fue en 1984 para aprender español, el padre claretiano sintió que este instrumento, similar a un xilófono, podría funcionar como bálsamo en comunidades heridas por la violencia.
El padre cuenta que en una ocasión, estando en el país centroamericano, el Ejército irrumpió en una zona selvática y poblada por gente pobre, creando un escenario inquietante y desconcertante.
Aquella noche, después que los uniformados se fueron, salió la luna y el padre Wellems escuchó a los niños tocar la marimba en lo que describió como sonido que trajo “calma y paz” a todo el pueblo.
Entonces en sus 30, Wellems se enamoró de la marimba. El padre había tocado piano por 12 años, así que no le resultó difícil aprender el nuevo instrumento. En 1984, ya en Chicago, mientras fungía como seminarista de la parroquia San Francisco de Asís, compró la primera marimba tras convencer a su comunidad claretiana de su poder benéfico.
De madera y tubos de acero, la marimba fue trasladada luego a la parroquia de Santa Cruz- Inmaculado Corazón de María, tras ser bendecida por el Obispo Plácido Rodríguez, quien la bautizó con el nombre de Santa Cecilia .
En 1991 el padre Wellems crea Ensamble Marimba, un grupo que fue tomando cada vez más protagonismo en las misas y otras actividades fuera de la parroquia.
De acompañar a un pequeño coro en la misa dominical y tocar dos o tres canciones, Wellems y sus entusiastas aprendices empezaron a incorporar cumbias, sones, polkas, música mexicana y otros ritmos para su diversidad de feligreses.
“En menos de dos meses, ya tocaban todas las melodías de la misa”, dijo Wellems.
En la actualidad el grupo toca en unos 100 eventos cada año, algunos de ellos en otros estados del país y la capital, Washington DC, así como en bodas, a solicitud de las parejas.
Los programas antiviolencia
Con el dinero que se obtiene como resultado de sus presentaciones, Ensamble Marimba ayuda a la Iglesia a comprar más marimbas y apoyar a más de 30 programas diseñados para reinsertar a los jóvenes a la escuela y combatir la violencia.
“Ya hemos comprado 20 marimbas. Algunas de ellas son llevadas a casas de los jóvenes para que puedan practicar”, dijo Wellems.
Y es que la marimba funciona como un refugio para muchos niños y adolescentes que viven en la marginación y acosados por un ambiente hostil.
Pero no es el único recurso. Junto a las marimbas, que los mayas consideraban instrumentos sagrados, la parroquia puso en funcionamiento otros programas juveniles, como el Después de Escuela, donde los menores reciben apoyo con sus tareas escolares y oportunidades en recreación, un taller para el trabajo con madera, computación y de reflexión, entre otros.
“Es siempre un reto buscar actividades para los niños”, dijo Claudio Rivera, quien estudia un doctorado en psicología en la universidad y atiende a grupos de jóvenes en la parroquia.
“Debemos hablar con los muchachos que están en las calles, conocerlos, saber si necesitan algún apoyo. Tienen mucho tiempo libre, hay falta de recursos para atenderlos adecuadamente y no disponen de suficientes programas y de adultos que los guíen”, comentó.
Para Wellems el fondo del problema está en el entorno social en que se desarrollan los jóvenes. “Cuando hay hambre, violencia doméstica y los padres ni los jóvenes tienen trabajo, eso repercute en la violencia en las calles”, afirmó.
Wellems no siempre entendió esta realidad. En los años 90, cuando llegó al barrio Las Empacadoras como pastor asociado de la parroquia que hoy está bajo su cargo, confesó que no quería saber nada de pandilleros.
“Un día fui a visitar a un niño herido de bala por tiroteo entre pandillas y me dijo: “Padre, quiero ir a la escuela”, recordó. Aquello me rompió el corazón. Traté de convencerlo para que regresara a la escuela pública, pero tenía miedo a los pandilleros y lo traje a la escuela católica”.
Visto con respeto en el barrio por su activismo comunitario y parroquial, Wellems asegura que hace “cualquier cosa” para parar la violencia y no desperdicia una oportunidad para implementar o apoyar iniciativas en ese sentido, como la creación de Boys Town, un programa que funciona desde un edificio ubicado al fondo de su parroquia.
“Aquí se atienden a jóvenes en riesgo. Jóvenes que, por ejemplo, se han ido de casa o de la escuela por diversos motivos, quienes corren peligro en las calles, que están al borde de caer en pandillas o quieren salirse y no pueden”, indicó Eva Muro, coordinadota del programa de apoyo para las familias.
Según Muro, el padre Wellems también estuvo detrás de la creación de una beca en Nebraska, adonde envían a los jóvenes que, luego de pasar unas tres semanas en Boys Town, aún tienen dificultades para reinsertarse a la sociedad.
“Ahora tenemos cuatro jóvenes de Las Empacadoras que se quedaron a vivir en Nebraska después de graduarse de la secundaria... están estudiando en la Universidad”, dijo Muro.
“Los niños la quieren tocar”
Sin embargo, quizás lo que más suena en la mente de los feligreses -y vecinos del barrioson las marimbas de Wellems, tal vez por su efecto contagiador.
Al menos esto cree Hugo Domínguez, el niño que se hizo adulto tocando este alegre instrumento y hoy, agradecido, apoya a la parroquia con Kid’s Café, un programa realizado con el apoyo de Greater Chicago Food Depository para proveerle una comida diaria a menores de 3 a 18 años, cuyos padres trabajan mientras ellos están en la escuela.
“Los niños ven la marimba y nos quieren ver tocar. Muchos desean aprender, como yo lo hice hace más de 10 años. Lo importante es que ese niño crece y sigue cautivando a otros niños que también hoy tocan la marimba”, apuntó.





