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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

¡Y no lo reconocieron!

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

Después de la crucifixión los discípulos simplemente no sabían que hacer... La gran mayoría no habían visto a Jesús con su cuerpo glorificado en “la mañana de domingo”. La imagen más reciente que tenían sería la del Nazareno muerto, aparentemente derrotado y depositado en un sepulcro que ni siquiera le pertenecía, pues fue José de Arimatea quien prestó una fosa para enterrar al Señor. El prospecto se veía oscuro y el futuro de lo que habían aprendido, visto, escuchado y presenciado los discípulos, se sentía incierto. Para varios, todavía traumatizados por los eventos del viernes santo, la respuesta era regresar a sus vidas, a lo conocido, regresar a lo cotidiano.

Pero Cristo, quien murió y resucitó por nosotros no se quedó con los brazos extendidos en la cruz o cruzados y cubiertos con lienzos sobre su pecho en el sepulcro. Cristo regresó de entre los muertos y quiso hacerse presente entre los vivos. Y, ciertamente, quiso hacerse papable entre sus discípulos. Pero al principio no lo reconocieron.

Se aparece primeramente a María Magdalena quien se disponía a terminar la preparación del cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, concluyendo así los ritos funerarios. Cuando se encuentra con una tumba vacía piensa que su cuerpo fue robado. En su insondable tristeza se encuentra con Cristo en el jardín donde yacía el sepulcro. ¡No lo reconoce! Es más, lo confunde con el jardinero.

Los discípulos de Emaús, después de enterarse de la noticia de la crucifixión, deciden regresar a Emaús. Este pueblo, localizado a varias millas al sur de Jerusalén, les proveía de tiempo para tratar de discernir lo ocurrido. Su conclusión seguramente fue el regresar a su villa de origen con un sentimiento de parálisis, una disposición pesimista, porque no le había visto y sin nada más que hacer al respecto. Jesús, se les aparece en el camino. ¡Y ellos no lo reconocieron! Al establecer un diálogo con Jesús recrean todos los eventos en torno a la vida del Maestro y caminan con él un tramo sin darse cuenta que era el Señor.

La misma dificultad se observó con los discípulos en el lago de Tiberíades. Los discípulos deciden continuar con sus vidas y, siendo pescadores, lo natural era volver a sus redes. Esa noche no lograron pescar nada, lo cual no era sorpresa porque “a veces se gana y a veces se pierde.” Pero Cristo tenía otro plan para ellos. Jesús, al amanecer, con la luz, se presenta a la orilla y hasta da instrucciones para la pesca. ¡Pero los discípulos no sabían que era él!

El hecho de que Jesús andaba en un cuerpo glorificado, un tanto diferente a un cuerpo limitado por las ataduras mortales, y quizás por el estado en que se encontraban, viendo la crucifixión con los ojos del cuerpo y no con los ojos de la fe, quizás no le permitían el poder verle, el poder reconocerle. Pero Cristo no se rindió y les ofreció un momento de un espacio, un encuentro personal con el Hijo de Dios resucitado.

María Magdalena cree al escuchar la voz de Cristo que la llama por su nombre “María”. Los discípulos de Emaús le reconocen “al partir el pan.” Los discípulos el Tiberíades lo reconocen al seguir las instrucciones del Maestro que los lleva a pescar una gran cantidad de peces... En los tres encuentros el resultado es gozo, sabiduría y abundancia.... Eventualmente sus apariciones serán más concurridas llevando la buena nueva de su resurrección a más testigos. El quería que los primeros creyentes tuviesen esa experiencia para que pudieran pasarla a futuras generaciones de herederos de la fe.

En todos los casos la presencia de Jesús disipa la oscuridad. Siempre se lleva a cabo a plena luz del día y su resultado es iluminación. Su presencia reafirma la creencia de sus seguidores sobre el Reino de Dios, una promesa que fue cumplida con el sublime acto de la resurrección de Cristo. Con sus apariciones el nos dice “El reino está aquí, entre ustedes” y la respuesta de los primeros testigos fue una de profunda alegría y estímulo para dar a conocer este evento extraordinario. ¡El Señor resucitó! ¡Aleluya! Jesús queda grabado en su memoria y en sus corazones, resucitado. Pero ellos también han resucitado de sus temores, de su angustia, de su oscuridad.

Con la resurrección de Cristo la oscuridad se acaba. Todos encuentran la contestación a sus preocupaciones y la Iglesia encuentra la levadura de su identidad. Jesús se convierte en el vehículo para movernos de la oscuridad a la luz, de la tristeza a la alegría, del temor a la valentía y de la incredulidad a la fe.

Este mismo Jesús sigue hoy en día trasformándose y mostrándosenos. Tenemos que seguir viéndolo, reconociéndolo. El está en el joven rebelde que no manifiesta temor ni respeto por nada ni nadie, o en el compañero de trabajo que se nos hace duro entender. El está en la hermana a quien le hemos dejado de hablar por varios años por culpa de la herencia de papá o con el cónyuge con quien se nos hace difícil dialogar. Cristo continúa llamándonos por nombre para que lo reconozcamos, para que partamos con él el pan. Al contestarle con sinceridad, generosidad y profunda confianza, la consecuencia inmediata será un conocimiento más profundo de Jesús, la recepción física o espiritual del alimento que nos da la vida eterna y la presentación de frutos abundantes, todos logrados en el nombre del Señor. ¡Y todo comienza con ver a Cristo, no con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe!