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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

Sean hombres fuertes

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

Con la expresión “Permanezcan firmes en la fe, sean hombres, sean fuertes”, tomada de la primera carta de San Pablo a los Corintios, se llevó a cabo la segunda conferencia para Hombres Católicos de Chicago. A pesar del día lluvioso, nevado y con cierta frialdad, esto no detuvo a los 500 hombres que asistieron al acto. La mitad de ellos fueron hispanos y va rios trajeron a sus hijos varones para compartir un día de padre e hijo en el Señor.

Esta conferencia tuvo un acercamiento diferente. No simplemente asistimos a ella con suma apertura y ánimo, sino que como hispanos fuimos parte de la planeación desde sus orígenes. En el comité de planeación tuvimos varios miembros laicos, diaconales y sacerdotales que contribuyeron con su experiencia, comentarios y oraciones para el éxito de este encuentro.

Uno de los momentos más impresio nante fue la exposición del Santísimo Sacramento. La capilla donde descansaba la custodia con el Santísimo se llenó de hombres “doblando rodillas y corazón” ante la presencia de Cristo en el sacramento del altar. Sus respuestas ante las oraciones iniciales eran claras, fuertes e intencionales. Varios se quedaron por largo tiempo abandonándose a la misericordia de Dios en un gesto de adoración profunda, humilde.

Esa misma disposición fue repetida con el recibimiento del sacramento de la reconciliación. Hubo varios sacerdotes que hicieron acto de presencia para el sacramento de la confesión. Varios hermanos y sus hijos hicieron acto de pre sencia, recibiendo los consuelos y la gracia de la absolución en su encuentro con Dios y consigo mismos.

Hubo ponencias, exhibiciones, momentos de oración y misa de clausura presidida por el Cardenal. Sus palabras de “Dios los necesita.” Hicieron eco y presencia en su homilía llenando los corazones de los asistentes de alegría, celo por las cosas de Dios y de misión hacia el mundo. En el aire se respiraba un ambiente de sed por el conocimiento espiritual y de renovación dentro de la cuaresma. Muchos tomaron esta oportunidad para recordar quienes son: hijos de la luz y de las aguas del bautismo llamados a construir el Reino de Dios aquí en la Tierra.

Como hombres hemos sido llamados en las aguas del bautismo a ser un pueblo de reyes, asamblea santa, un pueblo sacerdotal. Nuestro Padre Dios es un Rey. Es el ser supremo, Creador de creadores y razón de nuestra existencia, quien desde el vientre de nuestras madres nos llamó a ser príncipes, a vivir con la dignidad de ser hijos de Dios. Nuestro Padre es un Rey y los reyes no engendran pordioseros sino realeza, en este caso realeza espiritual. Como príncipes tenemos que llevar un mensaje de dignidad, armonía, orden y adoración al Rey de reyes comenzando en nuestros hogares, trabajos, vecindarios... En fin, en lo cotidiano de nuestra existencia tenemos que ser los embajadores de la sabiduría, fuerza y el amor de Cristo.

Estamos llamados ser santos varones, una expresión muy utilizada por este, su servidor. El ser santo es el reconocer nuestra fragilidad sin permitir que el ego, el machismo, la inseguridad y otras vertientes culturales o miserias personales rijan nuestras vidas. El ser santo nos lleva a un total abandono en la misericordia de Dios, tomando de la fuente de vida que puede calmar nuestra sed existencial y saciar nuestra hambre espiritual.

Como pueblo sacerdotal debemos ejercitar nuestro sacerdocio ordinario y seguir el modelo de varias hijas de Dios, esposas, madres, abuelas y demás, en presidir sobre nuestra iglesia domestica. Con nuestro sacerdocio común nos movemos a presidir sobre los momentos de oración en nuestros hogares o tomar iniciativa en nuestros espacios de labor entre otros para convocar a la oración o presidir sobre ella cuando sea apropiado, necesario. Llamar y dirigir el rezo antes de las comidas, en ocasiones de familia o de fiesta especiales nos permite el ejercicio de nuestro privilegio, derecho y obligación amorosa de nuestro sacerdocio ordinario. El enseñar a nuestros hijos las oraciones de nuestra fe es otra ocasión dentro de lo cotidiano de nuestra vida a ser iglesia. La iglesia no es sólo para las mujeres, los niños y los curas... La iglesia es para todos.

Como seres humanos tenemos una fisicalidad y persona definida. Ejercitemos nuestras promesas bautismales como cristianos y específicamente como hombres cristianos. Esta realidad nos coloca en una posición cultural, social, económica y antropológica especifica. ¡Que toda nuestra condición humana de gloriar a Dios! Seamos santos varones, príncipes espirituales, con un sacerdocio vivo y santo. ¡Seamos hombres fuertes! ¡Seamos hombres de Dios!