Somos príncipes... y princesas
“Como hijos de Dios, Rey del universo, somos príncipes”. Con esa frase se iniciaba la Segunda Conferencia para Hombres Católicos de Chicago. A continuación un breve resumen de las riquezas recibidas en esta excelente conferencia.
Ser varón es un gran regalo de Dios. Y aún cuando pueda haber tendencias que están en desacuerdo con ciertos rasgos masculinos, lo cierto es que Dios ha querido que seamos varones. Él nos ha dado ese regalo, grande y maravilloso de ser hombres en esta precisa época de la historia.
Al decir lo anterior, no se está dejando de lado o discriminando en manera alguna a las princesas. Ellas, con igualdad de derechos y responsabilidades, con igualdad de dignidad y linaje, siguen siendo las princesas de nuestros hogares y de nuestra sociedad.
Ese linaje real instituido por Dios en nosotros, puede que se haya opacado por las circunstancias de la vida, por la cultura, por las experiencias que se viven o por las decisiones que se toman. Surge entonces la necesidad de la reconciliación y la sanación, que nos ayuden a reconectar y reestablecer los lazos de unión con nuestro linaje real. Es esa experiencia de perdón y reconciliación la que nos ayuda a pasar de la división a la unión, de la desconexión a la comunión, del conflicto a la solución, del egoísmo al amor. Y eso es lo que hace que fluya la gracia divina en nosotros.
Al abrir los canales por donde fluye la gracia, nos hacemos conscientes de nuestra propia dignidad y de la dignidad propia de las personas que comparten nuestro hogar, nuestra comunidad y nuestra sociedad. Y aquella soledad, aquella falta de conexión, de unión, de comunión, de solución y de amor, que se manifestaba antes en relaciones de agresividad y manipulación, se convierten en relaciones de armonía, de li bertad y de amor con nuestra esposa, con nuestros hijos, y en general, con nuestros semejantes.
Este precisamente, es el terreno fértil donde crece fuerte y frondosa la fe, que hace posible para nosotros todo lo que deseamos, siempre y cuando sea congruente con el linaje real divino, al cual pertenecemos. Esa fe, ahora no de pa labras, sino de hechos concretos y transformaciones positivas, es transmitida y pasada a los hijos en forma de vivencia y de experiencia. Esta es precisamente la manera más fácil de transmitir la fe a nuestros hijos, pues ellos siempre van a hacer, no lo que nosotros digamos, sino lo que hacemos.
Un hombre, entonces, es un príncipe capaz de amar y ser amado, capaz de perdonar y pedir perdón, capaz de dar en abundancia y recibir en abundancia. Esta imagen de hombre dista mucho de la imagen de macho de la cual nuestra cultura hispana está negativamente impregnada. Un hombre así, no sólo es un hombre de fe, sino también un discípulo, un príncipe del reino del amor, del Reino de Dios. Eso es ser hombre y por eso debemos sentirnos felices, realizados y contentos.
Hubo muchas más ideas y vivencias muy buenas que se compartieron. Los participantes se miraban satisfechos, honrados, felices y dispuestos a hacer los cambios necesa rios para mejorar su vida y la de las personas de su entorno. Muchas felicidades a todos los participantes y a todos los que hicieron posible esta conferencia, que ha enriquecido la vida de muchos hombres, y con ello, la de muchos hogares. Dios les pague a todos.





