Advertisements ad ad ad

Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

La lucha continúa

Texto: P. Guillermo Campuzano, CM

Cuaresma, Semana Santa y Pascua nos recuerdan la gran lucha entre el bien y el mal que sigue librándose en nuestros días. El martirio cristiano es un ejemplo de esto. Paradójicamente, la sangre de nuestros mártires se transforma en semillas para el discipulado y el crecimiento de nuestras comunidades católicas de fe.

Recientemente pude experimentar esto de primera mano cuando participé en la peregrinación anual dirigida por Maryknoll a la tierra de los mártires en El Salvador y Guatemala. Visitamos y oramos en los sitios donde fueron asesinados y enterrados el Arzobispo Oscar Romero, las cuatro mujeres feligreses y los seis jesuitas en El Salvador, así como los lugares donde están el Obispo Juan Gerardi y el Padre Stan Rother en Guatemala.

El 24 de marzo se conmemoró el trigésimo aniversario de la muerte del Arzobispo Romero. Monseñor Ricardo Urioste, coordinador de su funeral, nos habló de los tres grandes amores de Romero. Amor por el Señor atestiguado por su profunda vida de oración diaria. Amor por el magisterio, el carisma de enseñanza del Papa y los obispos; noten su lema episcopal, “sentir con Iglesia”. Amor por los pobres; Romero estaba convencido de que era más un obispo, cuando se encontraba al lado de los más pobres y vulnerables de su diócesis.

Los pobres fueron víctimas de la guerra civil de 1980 a 1992, la cual cobró 75,000 vidas. Muchos fueron catequistas laicos y líderes parroquiales que se encontraban viviendo su llamado bautismal a defender su dignidad y a abogar por la justicia contra la opresión.

Un día antes de su muerte, en una homilía que fue transmitida desde la catedral a todo su país, el Arzobispo Romero pidió al ejército: “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cesen la represión!”. Lo recordamos celebrando misa en el altar donde fue baleado. Una y otra vez, frente a la cripta donde fue enterrado debajo de la catedral, oré por los ministros ordenados de nuestra Arquidiócesis. En este Año Sacerdotal Romero nos ofrece un ejemplo de sabiduría y valor a imitar.

En Guatemala 200,000 civiles perdieron la vida durante la larga guerra civil, la gran mayoría indígenas mayas; de nueva cuenta, muchos de ellos catequistas laicos y líderes parroquiales. Su crimen: buscar un mejor futuro para sus hijos, desafiando el status quo de una sociedad opresiva e injusta. El 24 de abril de 1998 el obispo Juan Gerardi, de la ciudad de Guatemala, presentó en la catedral metropolitana cuatro volúmenes del informe de la comisión de la verdad de la arquidiócesis sobre las atrocidades... asesinatos, torturas, violaciones, secuestros cometidos durante la guerra civil. Dos días más tarde fue golpeado hasta la muerte después de haber entrado en su garaje. Rezamos allí, en ese espacio ahora convertido en capilla. Escuchamos a los funcionarios de la oficina arquidiocesana de los derechos humanos describir sus actuales esfuerzos por buscar justicia para los oprimidos en ese hermoso país, “de la eterna primavera”.

Pasamos un fin de semana en Santiago, Atitlán, un hermoso pueblo maya a orillas de un lago entre dos volcanes inactivos. El padre Stan Rother, misionero de la diócesis de la ciudad de Oklahoma, regresó allí después de predicar en su diócesis de origen sobre la opresión del gobierno de Guatemala. Poco después fue asesinado en su rectoría; corría el año de 1981. Celebramos misa con su enorme congregación maya y disfrutamos de su maravillosa hospitalidad. Dentro de la entrada de su iglesia se encuentra una capilla que contiene su corazón, pues el resto de su cuerpo fue devuelto a su familia.

Podría continuar escribiendo y escribiendo sobre las cuatro mujeres feligreses y sobre los seis jesuitas en El Salvador, o sobre el secuestro y tortura de la hermana Diana Ortiz en Antigua, Guatemala, y sobre tantos otros más. Pero en este Año Sacerdotal el martirio de los obispos Romero, Gerardi y del Padre Rother me recuerdan que la lucha entre el bien y el mal continúa y que los sacerdotes están llamados a ser auténticos y en particular, a estar del lado de los más pobres y más vulnerables entre nosotros. ¡Oren por los sacerdotes!