Hoy se cumple la Escritura
Cuando Jesús comenzó su ministerio público entre sus hermanos nazarenos, todos estaban impresionados con él. Jesús hablaba con claridad, pasión y autoridad. Estas cualidades eran muy apreciadas por el pueblo semítico hace 2,000 años y siguen siendo bienvenidas en el mundo contemporáneo.
Jesús comienza señalando la belleza de las escrituras al leer en la sinagoga pasajes específicos del profeta Isaías, recordando las promesas que Dios ha hecho a su pueblo: esperanza para los desesperanzados, liberación para los cautivos y la buena nueva para los pobres. En sus prédicas Jesús recreaba la gloria de Dios para todos, especialmente para los enajenados, los que se sentían fuera de la presencia de Dios, los oprimidos y en fin, a todos. La mayoría de sus oyentes aprobaban porque sentían que las palabras estaban dirigidas a ellos. Ellos, los judíos, fueron y son el pueblo elegido por Yahvé, aun así ellos eran los oprimidos bajo el yugo de la dominación romana.
En el evangelio según San Lucas leemos “Hoy se ha cumplido la escritura”. Jesús hará esta declaración siguiendo el postulado de San Juan Bautista quien dijo “El Reino de Dios está entre ustedes”. Todos aprobaron de las palabras de Jesús y de su mensaje de libertad y emancipación. Pero algo más sucedió...
Jesús les presenta un nuevo elemento. Jesús los reta a ver el carácter, la esencia y las consecuencias de las promesas de Dios. ¿Qué elemento novedoso presentaba Jesús en este contexto? La palabra de Dios se hacía realidad a través de él. Isaías fue un gran profeta. San Juan bautista fue un gran profeta. Cristo era la profecía en sí mismo. Cristo era el ungido, el Mesías, la revelación de Dios hecha carne... Él era el verbo...
Repentinamente las palabras de Jesús comenzaron a ser consideradas por la asamblea con mayor detenimiento, siendo la respuesta de varios incredulidad, duda y temor. ¿La gloria de Dios presentada a través de los ojos de un carpintero? ¿El hijo de María? ¿Quién se cree que es? La comunidad comienza a colocarlo en diferentes nichos según sus prejuicios, en un atentado por limitar su acción a la luz de su mensaje. El no respondía a la imagen del Mesías que ellos esperaban. Por ende lo excluyen.
Cristo deseaba y desea promover, predicar y extender la Buena Nueva; el Reino de Dios es para todos. Luego entonces, judíos y gentiles están invitados sin exclusión a ser participantes del Reino. Todos están invitados a vivir en la luz. Jesús proclama la misericordia para todas las naciones recordándonos los favores que Dios derramó sobre Naamán el sirio y la viuda extranjera a quien Dios le dio un hijo en el Viejo Testamento, sin decir la curación del leproso que era samaritano y el milagro de sanación concedido a una Cananea en el Nuevo Testamento, enfatizado que no podemos limitar la misericordia, el amor y la salvación que viene de Dios.
Entonces la invitación a pertenecer al Reino de Dios es para todos, incluyendo los extranjeros, los paganos, los socialmente marginados, los espiritualmente empequeñecidos y hasta para los opresores, odiados romanos...
Algunos de los oyentes se rehusaron escuchar este mensaje de inclusividad. Se resistían aceptar la imagen que Jesús les estaba presentando. En su mente su Dios no podía aceptar a los impuros, los rechazados, los extranjeros, los considerados pecadores, osea aquellos que no eran como ellos. Ellos rechazaron la nueva visión por el reto que esto representaba.
Al igual que los nazarenos aún hoy en día continuamos rechazando. Podemos vivir nuestras vidas pensando en el amor de Dios y simultáneamente rechazar al hermano por diversas razones. Jesús nos reta a revisar nuestras vidas, nuestras relaciones, nuestra realidad y corroborar si estamos haciendo realidad el mensaje del evangelio en lo cotidiano de nuestra existencia. Negamos el Reino de Dios cuando excluimos a los “forasteros”, a los inmigrantes que vienen de otros países y “nos quitan el trabajo. Negamos el Reino de Dios cuando rechazamos a los protestantes, musulmanes y judíos porque “no conocen al verdadero Dios”. Hacemos lo mismo cuando condenamos y rechazamos a las madres solteras, a personas de diferente raza, nacionalidad u orientación sexual. Es fácil para nosotros el limitar nuestro amor solamente para aquellos que consideramos los nuestros e imaginarnos que Dios hace lo mismo.
La nueva visión de Jesús de la realidad salvífica no está basada en exclusión, sino en inclusión. Esta visión nos llama a reconocer que todos somos hermanas y hermanos y que Dios nos ama a todos por igual. Se nos enseña una nueva forma de amar, con generosidad y sin limitaciones. De esa manera somos liberados y podemos liberar a otros de las cadenas del pecado, de la opresión en sus diversas manifestaciones y de la muerte. Si queremos que Dios se haga presente en lo tangible y en el ahora de nuestros tiempos los primeros en liberarnos de todo prejuicio, temor, duda y opresión personal debemos ser nosotros mismos. Luego permite que Dios sea Dios en tu existencia y en el mundo que te rodea. Hagamos lo ordinario y deja que Dios se encargue del extraordinario. De esa manera estarás contribuyendo para que el verbo continúe haciéndose hombre y continúe habitando entre nosotros.





