La reconciliación es el principio de la sanación
El mundo está roto. Los jóvenes se encuentran desganados, los adultos ven todo relativo, cualquier cosa o postura moral es aceptada, todo es permitido y nada es sancionado. Se levanta el hijo contra el padre, la hermana contra la hermana y el vecino contra el vecino. A pesar de las palabras salvíficas de nuestro Señor Jesucristo: “Tomad y comed todos de él...”, el mundo sigue herido, vacío, fragmentado y roto. En este sentido el Cuerpo de Cristo también está roto...
En las escrituras encontramos varios testimonios de personas con condiciones físicas y espirituales que clamaban por un bálsamo, por un aliciente. El cuerpo de la hemorroísa en Marcos 5: 21-43, quien había dedicado mucho tiempo, esfuerzos, lágrimas y recursos, ciertamente se encontraba en esa situación. El resultado de su condición era la exclusión de su persona en los ritos públicos de su fe, en las actividades sociales de su vida cotidiana y hasta la exclusión de sí misma como ser humano. La necesidad de reincorporarse la lleva a simplemente abandonarse en Cristo con fe incondicional en un profundo acto de humildad. “Con tan sólo tocar el manto de Jesús”... En un encuentro personal con su Dios y salvador, recibe sanación física, espiritual y emocional. El pecado fragmenta y destruye al ser humano. El pecado da muerte al negarle al ser humano su dignidad, su salud espiritual, su paz, creando un gran espacio que la humanidad trata de llenar con otras cosas, objetos, personas…
¿Qué significa pecar? ¿Cuáles son las consecuencias? Cuando pecamos interrumpimos el orden divino. Hemos sido creados a la imagen y semejanza de Dios, Jesucristo su unigénito hijo. Nuestro solo propósito es el de recibir a Dios en nuestra vida y de llevarlo a los demás, llevándoles armonía, belleza, balance y unidad. Al pecar traemos fragmentación, división y vacío. Un vacío que la humanidad siente la necesidad de llenar a cualquier precio. El mundo te presenta “soluciones” temporales, falibles, efímeras, para llenar ese espacio sin decirte las consecuencias de esos actos, de esas opciones.
El vacío es la ausencia de Dios. Al pecar estamos yendo en contra de nuestra propia naturaleza. Fuimos creados para dar gloria a Dios, la santificación del mundo y para amar. Fuimos creados con libertad para ser puentes de lo divino y llevar lo divino al mundo; hijos e hijas de un rey, nobleza espiritual. Entonces, al pecar nos contradecirnos, nos revelarnos en contra de nuestra propia naturaleza... vamos en contra de Dios.
Ciertamente el mundo necesita reconciliación, regresar al estado en comunión con Dios, regresar al hogar. Este proceso comienza al desear restablecer la imago Dei,“la imagen de Dios”. Dios nos ha creado a su imagen y semejanza en su amor y misericordia. Quiso que compartiéramos con él su icono o imagen, Jesucristo nuestro Señor. Entonces, si fuimos creados según la imagen de Dios, hemos sido creados en la imagen de Jesús. Tenemos que ver a un Cristo en nosotros mismos y en los demás.
El ver a Cristo en todos, incluyéndonos, significa el reconocer la belleza y grandeza de cada individuo. Es considerar cada persona como única e irremplazable. Es el tratar a otros como quisiéramos que nos tratasen. Es colocarnos en la posición de los demás para ser tratados con justicia, dignidad y compasión.
Reconciliar significa volver a unir, como las piezas de un rompecabezas. Es volver a unir, respetando cada parte en su riqueza y diversidad. Reconciliar significa presentar todas las partes y componentes en su totalidad. La reconciliación puede tener tres niveles.
El primer nivel es reconciliación con Dios. En ocasiones no entendemos los designios del creador. ¿Quién puede? Somos seres falibles, limitados y no tenemos una visión “total de la situación”. Dios, omnipotente, omnipresente, omnisciente y todo amor lo tiene. Quizás caigamos en dudas, diferencias y hasta puede que nos peleemos con el Señor. Es precisamente en esos momentos donde nos toca decir “Señor no entiendo tus designios, pero confió en ti. Tú tienes palabras de vida eterna”. Este es el punto de partida, el de entrar en una relación más íntima, profunda con el creador. Cuando nos reconciliamos con él somos brutalmente sinceros con él, nos abandonamos a sus pies y nos a abrimos a su amor, a su misericordia.
Un segundo nivel es la reconciliación con el prójimo. Esto comienza en el hogar. Con el cónyuge, con los hijos, con aquellos con quienes vivimos. En varias ocasiones esto implica un diálogo de corazón a corazón con la otra parte, quizás con la asistencia de alguien. En ocasiones esto implica pedir perdón o mostrar tu contrición con un gesto claro, vocal, o con una disculpa silenciosa dependiendo de la ofensa. Aquí la reconciliación toma un carácter de evaluar, ver, perdonar y ser perdonado.
Finalmente, reconciliación con nosotros mismos. En ocasiones somos nuestros propios penitentes, acusadores, jueces y verdugos. En ocasiones tenenos que ver nuestro pecado con honestidad, humildad y justicia, buscando la raíz del problema. Una vez aceptemos nuestra responsabilidad y nos propongamos el enmendar nuestra existencia hay que dejar ir el pasado... Al no saber perdonarnos a nosotros mismos no estamos creyendo incondicionalmente en la misericordia de Dios. Le estamos negando su capacidad infinita del perdón... Tenemos que aprender a perdonarnos y dejar que Dios sea Dios en nuestras vidas.
Aprendamos a perdonar... Solo así podremos ser recipientes de la sanación... Solo así podremos ser imagen de Dios en seguimiento y representación de Nuestro Señor Jesucristo...





