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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

Sacerdote para siempre

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

La experiencia de visitar la Tierra Santa hace más de una década, dejó una impresión muy profunda en mi persona. Luego de varias semanas de ver y andar los santos lugares, de disfrutar la cultura y la antropología de una realidad mediterránea tan distinta y a la vez tan similar a nuestra cultura hispana; de intercambiar ideas concernientes a los diversos ritos dentro de la Iglesia católica, al ecumenismo, a la política internacional, la economía local, de presenciar excavaciones arqueológicas y demás, mis preguntas se concentraron en mi discernimiento vocacional. ¿Qué hacer con todo esto? ¿Estaba siendo llamado al sacerdocio? ¿Qué me decía la voz de Dios en ese entonces?

El siguiente párrafo fue lo que escribí en mi diario con fecha del 24 de enero de 1999, “Durante el fin de semana he continuado con mis preguntas... El seminarista Wissam y yo terminamos (nuestra caminata) en la antigua cuidad. En la iglesia del Santo Sepulcro, Wissam me enseñó y explicó las diferentes capillas y altares. Presenciamos la procesión de los franciscanos y la de los armenios. Wissam me presentó al Padre Nicolai, un sacerdote ortodoxo que guarda y vigila el área ortodoxa del gólgota. Nos llevó a ver la sección “escondida” de este santo lugar... Esta iglesia tiene una serie de laberintos, habitaciones y lugares no abiertos al público... El padre le dio a Wissam una caja y nos despedimos de él. Salimos por la entrada de Damasco y Wissam me regaló la caja que contenía un antiquísimo y oloroso incienso con estas palabras; “Para que lo uses en tu primera misa”. Este gesto me llenó de suma emoción, no sólo por su generosidad y desprendimiento sino porque sentí que la naturaleza del regalo confirmaba lo que Dios quería que hiciera con mi vida”.

El sacerdocio ministerial comparte sacerdocio de Cristo. Cristo se presentó como altar, víctima y ofrenda. Desde sus primeros momentos en su vida pública, él solamente deseó servir. Sus prédicas, parábolas, enseñanzas, y milagros estaban dirigidos a servir a un pueblo para que se acercara más a Dios. En su Última Cena, que resultó ser nuestra primera Eucaristía, nos deja el alimento primordial para nuestra jornada humana... Después de esto el cielo... El sacerdote “en la persona de Cristo”, preside la misa y el sacrificio eucarístico. Nuevamente el pan y el vino, de forma sustancial, se trasforman en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor. Cristo vuelve a reinar sacramentalmente, actuando mediante la acción del Espíritu Santo y de las manos del sacerdote consagradas para tal misterio. Por la imposición de manos, nuestro Dios, supremo Pontífice, ha elegido hombres de entre su pueblo para que participen en esta misión, en esta conspiración de salvar al mundo.

El sacerdocio ordenado o ministerial está al servicio del sacerdocio ordinario bautismal. ¿Quién tiene el sacerdocio ordinario? ¡Todos los bautizados! El sacerdote es el lazo sacramental que une la liturgia eucarística, la asamblea y la acción de los Apóstoles quienes a su vez siguieron las acciones y palabras de Cristo como origen, como fundamento de nuestros sacramentos, ciertamente, de la Eucaristía. Esto se traduce como servicio al pueblo en el nombre de Cristo, permitiendo fungir como pastor del rebaño asignado en la Iglesia local.

El servir en una parroquia determinada no es un lujo, opción democrática o derecho... Es un acto de generosidad, obediencia y amor. Este sacrifico lleva al sacerdote a colocar en segundo plano intereses personales que quizás puedan anteponerse al servicio libre y generoso a los demás.

Por ende, los sacerdotes entregan su vida en nombre de Cristo en el sacrificio de redención y por la salvación de nuestras hermanas y hermanos. Todo cansancio, frustración, mortificación y demás retos se disuelven ante las bendiciones que recibe el pueblo, la promesa de vida eterna y los frutos que nacen en los hijos de Dios. No es un derecho el ser sacerdote. Dios elige desde su inefable sabiduría y generosidad a aquellos que llevarán a cabo este acto de amor sacerdotal. No es un derecho… Es un privilegio y una gran responsabilidad. También es un vehículo de salvación para el sacerdote.

En ocasiones al elevar la eucaristía, sosteniendo la hostia con mis manos, mis brazos crean un espacio por el cual puedo ver la asamblea. Lo que veo por esa ventana es la fe de su pueblo, los rostros luminosos, los labios profesando su amor incondicional a Cristo... Veo el rostro de Dios. Y esto me reafirma e impulsa para hacer todo lo mejor posible para asistir a su pueblo en su salvación. El sacerdocio nos une, nos fortalece y nos identifica como el pueblo a quien Dios llamó en las aguas del bautismo. Tenemos un sacerdocio ordinario comunitario y un sacerdocio ministerial eterno. ¡Con la ayuda de nuestro Dios todopoderoso vivamos para alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo!