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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

Piñatas de esperanza en Centro Comunitario Juan Diego

Texto: Clemente Nicado

Reunidas en torno a una cooperativa en esta organización comunitaria del sur de Chicago, cuatro mujeres mexicanas construyen piñatas para hacer feliz a los niños y cambiar radicalmente sus vidas.

Las cuatro mujeres echan mano a cajas de cartón, las cortan con tijeras justo por siluetas previamente marcadas, luego pegan las partes con el uso de papel periódico y arman el esqueleto de una piñata.

Pese a lo rutinario, no hay espacio para el aburrimiento. Hablan de una gama de tema, sonríen o reflexionan sobre la vida sin dejar de producir.

Finalmente viene el acabado. Cortan el papel “china” de diferentes colores y adornan la pieza que poco a poco va adquiriendo la forma de un héroe de dibujos animados: Mickey Mouse, Dora, príncipes y princesas.

Lilia Salazar, Verónica Covarrubias, Kenia Díaz y Maribel Hernández han convertido el sótano del Centro Comunitario Juan Diego, en el lejano sur de Chicago, en una pequeña fábrica de piñatas con una carga de felicidad y otra de esperanza.

“Estas piñatas cumplen dos funciones: Por un lado, damos alegría a los niños y, por otro, nos abre la posibilidad de tener un medio para vivir por nuestro propio esfuerzo”, dijo Salazar.

Desde que en abril del 2007, estas cuatro mexicanas se unieron en torno a “Cooperativa de Piñatas”, una iniciativa de Olivia Hernández, directora de este centro comunitario, que busca convertir a estas otrora amas de casa en empresarias que puedan mantenerse por sí mismas.

“La idea de formar una cooperativa, la tomé de experiencias en otros lugares como Texas y Chiapas, en México, donde un grupo de mujeres se unen en torno a una labor y, juntas, salen adelante”, explicó Hernández.

La dura faena

Sin embargo, el camino hacia la independencia económica es largo y laborioso.

“Hasta el momento eso no ha podido ser. Todavía no es una labor redituable, entre otras cosas porque tenemos que hacer de todo: producción, mercadeo y ventas”, afirmó Salazar.

Por otro lado, la tarea se hace un poco lenta debido a los limitados recursos materiales y financieros de que disponen.

“Es difícil, porque todo lo hacemos manualmente. Estamos tratando de conseguir algunas máquinas para acelerar el proceso de producción”, dijo Verónica Covarrubias.

Pese a los contratiempos y de no recibir aún ingresos por su labor, las cooperativistas sienten gran optimismo dada la calidad del producto y la reacción del mercado.

“Es un trabajo muy bien hecho. Miembros de mi familia y amigos han comprado piñatas y hemos quedado satisfecho con el trabajo que están realizando”, comentó Julia Luna, una vecina que ha comprado directamente el “Es un trabajo muy bien hecho. Miembros de mi familia y amigos han comprado piñatas y hemos quedado satisfechos con el trabajo que están realizando”, comentó Julia Luna, una vecina que ha comprado directamente el producto en el Centro Juan Diego.

Ahora venden sus productos entre $10 y $20 a 14 tiendas en las cercanías del centro o en el vecino estado de Indiana.

Para Martha Moya, co-propietaria de la tienda Exquisite Flowers, en el 9701 S. Commercial Ave, una tienda que compra piñatas estas, se trata de un buen producto. “Los niños se emocionan mucho cuando la ven.

“Los niños se emocionan mucho cuando la ven. Estas piñatas son diferentes”, dijo Moya.

Ayuda arquidiocesana

Justo cuando más necesitaban recursos para continuar adelante con este proyecto, la Arquidiócesis de Chicago dio su aporte de $20,000 al Centro Comunitario.

“Estamos muy agradecidas. Con este dinero podríamos contratar a más personas para la producción y dedicarnos al mercadeo y la venta”, dijo Covarrubias.

El donativo forma parte de los más de medio millón de dólares donados por la Arquidiócesis de Chicago a organizaciones comunitarias de Chicago, como parte de su Campaña de Desarrollo Humano, que también dirige dinero para la lucha contra la violencia, el cuidado del medio ambiente, viviendas y otras esferas sociales que afectan principalmente a grupos de minorías.

“Es una noble tarea, instrumentada y promovida por mujeres que con pocos recursos pueden salir adelante y en un futuro ganarse la vida como empresarias”, indicó Elena Segura, directora de la Campaña de Desarrollo Humano.

Segura dijo que un objetivo de la ayuda brindada es “para que estas iniciativas se multipliquen en el futuro y contribuyan al desarrollo de liderazgos”, apuntó.

Una mano a la comunidad

El Centro Juan Diego fue fundado en 1994 por Olivia Hernández, una mexicana que emigro a Chicago en la década del 70.

“Lo fundamos con la misión: ‘Ser la voz del que no tiene voz, ayudar al pobre más pobre y hacer un cambio social”, indicó.

Desde entonces, la organización comunitaria se ha transformado en un centro de referencia de una comunidad con gran porcentaje de hispanos y afroamericanos, muchos de los cuales están siendo forzados a desplazarse del lugar por el alza del costo de vida.

Gracias a los recursos donados por diferentes entidades, como la Iglesia Católica, el Centro puede instrumentar un programa educativo que incluye clases de inglés, computación y tutoría para niños.

“También tenemos un programa de salud para educar a nuestra gente sobre diabetes y otras enfermedades comunes en la población latina. Por otro lado tenemos cuatro ferias de salud al año y referimos a clínicas que los puedan ayudar cuando no tienen seguro médico”, agregó Hernández.

Yo sé que van a poder”

En este contexto, Hernández califica de muy importante la ayuda de la Arquidiócesis a un centro que esta “al lado de la gente más vulnerable”, desde el punto de vista social.

“Todo el dinero que recibimos es por donativos y no es suficiente para emprender todos los programas que tenemos”, dijo la dirigente.

El centro opera con nueve trabajadores, solo 3 de ellos de tiempo completo, y 20 voluntarios, sobre los que recae gran parte de los programas en marcha.

A pesar de los muy limitados recursos, Hernández impulsa otras dos cooperativas: una de costura y otra de flores.

“La idea es empezar una actividad con pocos recursos, con nuestra ayuda, y a partir de ahí crecer, formen una empresa y sean independientes económicamente”, indicó.

Para Hernández es importante la voluntad de éxito de quienes se involucran en estos programas, como han demostrado las cuatro mujeres de la cooperativa de piñatas.

“Ahora que nos llegó otro poco de dinero (de la Arquidiócesis) podemos entrenarlas en diferentes áreas de negocio, incluyendo un plan de negocio. Yo sé que ellas van poder”, concluyó.