Día de los muertos al estilo Chicago
Para entender de una mejor manera esta celebración tan local, es necesario ir a los orígenes de la misma y fijar la mente en la idiosincrasia del pueblo mexica, a quien se le conoce también por pueblo azteca, asentado en lo que hoy es la ciudad de México.
Si bien el culto a los muertos es común a la cultura china y egipcia, también es cierto que en el Sur de México esta expresión religiosa tomó un aspecto muy especial. Fue así porque en la mentalidad de los aztecas la muerte no era vista como el fin de todo, sino como la entrada a Mictlán, que era el lugar mítico en el cual residían las almas que habían dejado la vida terrenal. Para celebrar su entrada a este mítico lugar, había muchas cosas, entre ellas todo un mes de celebraciones que tenía como marco de referencia dos puntos: el festín por la cosecha del año y el noveno mes del calendario solar mexica. El banquete y la fiesta eran tan comunales, que se extendían hasta los muertos. Asimismo, la vida y la muerte eran vistas como una sola realidad y durante un mes se celebraba a sus muertos.
Las costumbres
Más que ubicar la fecha precisa del comienzo de esta celebración, es preciso indagar en el sentido que aún sigue teniendo en los pueblos que la celebran. El teólogo Benjamín Bravo, profesor de teología pastoral en la Universidad Pontificia de México, ha señalado que estas costumbres siguen conservándose en la idiosincrasia del mexicano actual.
En vida, los antiguos mexicanos dormían en petates y cuando morían, simplemente los envolvían en ellos y los quemaban. De ahí la expresión popular: “ya se petateó”, para decir: “ya se murió”. Las cenizas, apunta Bravo, “ eran llevadas a la vivienda del difunto y con ellas se hacía un signo de dos líneas: una raya, de oriente a poniente, que representa al dios sol, que es vida, que sale del oriente y se oculta en el poniente. Y la otra raya de norte a sur señala los pasos del ser humano”. El cristianismo llamó a este signo “cruz” por la semejanza que tiene con la cruz misma. Posteriormente, a los nueve días la gente recogía “esta cruz” de cenizas del muerto, amontonándolas en el centro. De esta manera, según creían, la muerte era el encuentro de los pasos de Dios y los pasos humanos. Este era el momento de la muerte verdadera, es decir, el encuentro con Dios.
Sobre la tumba del difunto, los antiguos mexicanos solían poner la flor que más se parece al dios Tonatiuh, que es el dios que daba vida. Esta flor es el sempasuchitl. Para entender por qué razón esperaban nueve días para la sepultura hay que ir a su mentalidad. Para ellos el número uno era el cielo; el dos, la tierra; el tres, el aire.
La celebración de hoy
En nuestro tiempo, se sigue trazando (sin saber por qué) la cruz de cal o tierra sobre el ataúd. En ese mismo momento, se quita la cruz del ataúd para tenerse en un lugar visible durante el novenario, que concluye con una cena compartida. Pues bien, antiguamente había danza y la gente simulaba comerse el muerto y para tal cosa hacían calaveras y huesos de amaranto, mismos que se acompañaban con pulque. Hoy los acompañamos con otras bebidas más sofisticadas, pero seguimos compartiendo el pan de muerto y las calaveras de dulce.
Es nuestra tradición colocar sobre el altar los alimentos que le gustaban a nuestro difunto, aunque sería bueno colocar sobre su tumba las causas de su muerte, que irían desde un arma de fuego, un mapa de frontera, falta de dinero para una medicina, violencia doméstica, robo, etcétera.
Para Edith Carrazco, toda esta celebración del Día de muertos tiene mucho sentido. No sólo la une a su papá, quien falleció el año 2003 a raíz de un infarto al miocardio. Para ella, sus hijos y su familia, Alfonso Carrazco sigue vivo. Por eso van al cementerio Mary Queen of Heaven a llevarle flores, a rezar y a recordar las historias que vivieron con él. Para Edith misma, la visita al cementerio es un acto sagrado, cada semana va a “ver” a su papá y además de eso, le “echa música”, de la que le gustaba.
Durante el mes de noviembre, la parroquia de San Nicolás, en Evanston, también puede dar testimonio de una celebración así: sentida, comunitaria y redentora
La muerte de Andre Young
En junio de 1996 Mario Ramos asesinó a Andrew Young. En aquel entonces sólo tenía 18 años y apenas se había graduado de la escuela secundaria. Muchos años antes, ahí en su misma parroquia de San Nicolás, había sido monaguillo y es así como lo recordaba el entonces párroco, Bob Oldershaw. De pronto, Mario se vio presa de las pandillas y asumió el lenguaje y el estilo de vida de la violencia. Ante esta situación, el párroco buscó a ambas familias, que eran miembros de su parroquia, aunque sólo una –la de Mario– era católica. No obstante, fue acogido en ambas. De ninguna manera justificó lo de Mario, pero se acercó a ambas para ofrecerles el cuidado pastoral que una situación así requiere.
El día en que la corte declaró culpable a Mario, el padre Oldershaw dijo: “Estoy aquí por dos familias y dos hijos. La familia Ramos son miembros de mi parroquia. La familia Young son miembros de mi comunidad… la fe pide mucho más. Que creamos que la redención es posible, que una persona puede cambiar y que hay una justicia que sana”.
Cuando Mario ingresó a la cárcel, la madre de Andrew Young esperó una carta o una disculpa formal por parte de la familia, pero ésta “nunca llegó”. Así que ella misma decidió enviarle una carta a Mario en la que le manifestaba el perdón y que dado que había sido él quien había tomado la vida de su hijo, ahora ella quería que Mario fuera “su hijo”. Sin saber, Mario escribió una carta a ella, expresando su dolor y las cartas “se cruzaron”. La madre de Andrew decidió visitarlo a la prisión y ese fue el encuentro redentor.
Ese mismo año, la parroquia de San Nicolás invitó a la madre de Andrew con toda su familia a que participara en la celebración del Día de los Muertos. Por coincidencia, ahí se encontraba la madre de Mario Ramos y fue precisamente frente al altar de muertos donde se encontraron. Sólo estas madres podían darse cuenta de lo que significaba perder un hijo. Una tradición milenaria, con las añadiduras de las culturas propició un encuentro redentor que va más allá del folclor y de la buena comida. Un encuentro tan necesitado en una ciudad tan violenta como la nuestra, al estilo Chicago.





