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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

La palabra y la acción van de la mano

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

Uno de los diversos dones dados a la humanidad por Dios es lo que las escrituras Paulinas llaman como “el libre albedrío”. Somos libres para escoger. Tenemos la capacidad para determinar nuestras acciones, para arrepentirnos y para cambiar el curso de nuestras vidas. También somos libres para seleccionar y dar una palabra, una promesa, un voto y cumplirla.

Nuestras acciones deben de ir a la par con nuestras palabras. Nuestras palabras deben de estar en armonía con nuestros hechos. Solamente de esta forma las palabras adquieren significado, entendimiento, resonancia y peso. La palabras tienen significado y entendimiento en la medida en que sean tangibles, concretas. Tienen resonancia, seriedad y peso siempre y cuando sean puestas en acción. En ocasiones un hecho dice más que mil palabras y como dice el dicho popular “las palabras se las lleva el viento”. Con los hechos, las palabras tienen sostén, importancia y vida. Con los hechos el verbo se hace carne visible entre nosotros.

El evangelio del Decimosexto Domingo del Tiempo Ordinario de este año (Mateo 21: 28-32) nos presenta dos palabras dadas. Dos hijos han sido llamados a la viña de su padre. El segundo todo diplomacia, tratando de decir lo correcto aunque no lo crea ni lo sienta, todo condescendencia con su padre dice “sí”. Pero no se aparece al trabajo, demostrando el vacío de su palabra en intención. El primero da una respuesta clara y negativa; dice “no”. No presenta excusas, ni justificaciones y sin ningún conflicto aparente. En cierta manera se asemeja a los “pecadores públicos”, las prostitutas, los cobradores de impuestos y demás del tiempo de Jesús. Con sus palabras y acciones dicen no. Pero el evangelio también señala la posibilidad del arrepentimiento, cambiando de idea y ultimadamente respondiendo a la invitación. Su reconciliación y conversión, manifestada en su acción, les da un lugar en la viña y eventualmente en la mesa del banquete eterno.

Las promesas vacías no dan fruto, no producen lo que prometen. Ese era el caso de muchos saduceos y fariseos del tiempo de Jesús. Detrás de la fachada de la ortodoxia y respeto literal por las convicciones de prescripciones divinas y rituales se esconde un desprecio por aquellos que no estaban bien, por los que no decían sí, por los pecadores, limitando el espíritu de la ley a mera adoración con los labios, “de la boca para a fuera”. Decían sí al amar al prójimo y no a la acción de amar al prójimo en un contexto inclusivo y no exclusivo.

Una palabra dada a Dios o al prójimo debe estar sustentada con acciones. No basta con ir a misa todos los domingos y profesar a Dios sólo con nuestros labios. La palabra se tiene que encarnar en nosotros. Debemos ser inclusivos, entendiendo que hasta los grandes pecadores tienen una invitación y una oportunidad para la redención. Una redención que no pueden ofrecer palabras vacías, juicios al prójimo, sentimientos de superioridad y acciones falsas.

Tenemos que revelar a un Cristo crucificado y resucitado. Este es un mensaje para el vulnerable, para el limitado, de existencia rota ya sea física, mental o espiritual. Debemos ser fuerza para los demás y permitir que sea Dios quien levante al género humano; santos y pecadores. Propongámonos el rescribir el evangelio y cambiemos el final de esta parábola. “Un hombre tenía dos hijos y les dijo a ambos: “Hijos míos vengan a trabajar a mi viña hoy”. Ambos respondieron libremente “Sí Padre iremos.” Y fueron. De esa forma ambos cumplieron con la voluntad del Padre.”