¡Ten compasión de mí!
Cuando era niño mi madre tenía una Biblia de gran tamaño llamada “La Biblia familiar”. Era el tipo de Biblia que no solamente contenía las sagradas escrituras, sino también espacios para registrar los momentos sacramentales de la familia y una variedad de fotos de pinturas inspiradas en pasajes diversos de la sagrada escritura. Entre todos ellos, a los cinco años, el que más me impactó fue la foto describiendo el pasaje del encuentro entre Jesús y la mujer cananea o la sirofenicia del evangelio, según San Mateo 14: 22-33.
Allí estaba Jesús con una mirada llena de intensidad, muy inquisitiva y hasta severa. Allí obviamente estaba también la cananea, postrada a los pies de Cristo, ataviada con sus mejores coloridas ropas, adornada excesivamente con sus joyas, con la cara extremadamente maquillada, hecha todo ruego, toda belleza, todo valor… y toda pagana.
La escena evoca toda clase de sentimientos, preguntas, presuposiciones y es hasta un motivo de escándalo. Esta es una de esas raras ocasiones en que vemos a Jesús en conversación abierta con una mujer que es gentil (no judía), extranjera (de Caná) y pagana. Tres elementos que, utilizados en el juego de pelota, constituirán el salirse del juego. Además de lo dicho, esta mujer pertenecía a una nación tradicionalmente hostil hacia los judíos y todo esto en público.
La cananea, desesperada y sufriendo una gran angustia a causa de su hija que estaba enferma, endemoniada, simplemente se abandona en Jesús. Ella estaba totalmente convencida de que Jesús era la respuesta a su dilema. Pero no iba a ser tan fácil pues ella también trae a la escena caos, desesperación y confusión. Los discípulos de Jesús no querían lidiar más con ella, quizás fue una reacción visceral al gran abismo cultural y a la diferencia antropológica de los sexos. Jesús al principio no le prestó atención. Quizás simplemente quería ver por dónde venía su fe. La razón es incierta.
Lo que es cierto es la gran fe de esta mujer. Con sus palabras, “Señor, hijo de David, ten compasión de mí…” y sus acciones, … “la mujer se acercó a Jesús y, arrodillándose ante él…”, demostró su profundo y total abandono en Cristo. Él la invita a un debate filosófico y la reta a establecer su identidad y motivos. Ella con suma humildad no le contradice pero le recuerda a Jesús que también aquellos indignos pueden recibir bendiciones de Señor. Ella demuestra su valentía y brillantez ante la figura de Jesús.
Cristo, en un gesto de justicia, reconoce la gran fe de la mujer no permitiendo que las convenciones culturales, étnicas y las diferencias en el sexo fungiesen como obstáculos para que la gracia de Dios sea derramada sobre cualquiera, inclusive sobre esta pagana. La fe de esta cananea proclamó a Jesús y su hija fue sanada. Ella demostró una gran fe, quizás mayor que la de muchos allí presentes.
Este encuentro entre Cristo y la cananea comprueba que Dios no excluye a nadie. Su mensaje no es uno exclusivo sino inclusivo, para todos, porque todos estamos invitados a alimentarnos de la mesa del Señor. Dios no discrimina, sino que da la bienvenida a todos aquellos que creen en Él, que piden su misericordia y que buscan hacer su voluntad. El reino de Dios pretende romper todas las barreras, divisiones y prejuicios en un deseo de salvar a toda la raza humana.
Y si Dios no excluye a nadie, ¿Por qué excluímos nosotros? Nunca más volveremos a hablar de un cielo solamente para católicos, o musulmanes o judíos. Nunca más hablaremos de una raza triunfante sobre otra o de un credo o nación superior a ninguna otra. No… bajo Dios solamente hay una raza, una nación, un tipo de persona; los hijos de Dios. Recordemos la buena nueva de los evangelios… ¡El reino de Dios es para todos!





