Una bendición a “La Negrita” de Costa Rica
Como ya es habitual, un grupo costarricenses en Chicago se reúnen cada 2 de agosto en la iglesia Nuestra Señora de Lourdes para venerar a su Virgen de Los Angeles.
Cuando se trata de venerar a su virgen, nada importa las millas que lo separan de su tierra natal ni que solo sean unos pocos, como es el caso de los costarricenses en Chicago.
En contraste con los mexicanos que se cuentan por cientos de miles en Illinois, los ticos en todo el Medio Oeste apenas llegan a los 15,000, pero la devoción por su Virgen de los Angeles también está por cielos.
A diferencia de los mexicanos que, afortunadamente cuentan hasta un santuario en Des Plaines para venerar a la Virgen de Guadalupe, la costarricense Magalys Valerio tiene una pequeña imagen de tres pulgadas de ancho y tres de alto que conserva como una figura monumental.
Asentada en Chicago desde pequeña, Valerio figura entre los devotos de la Patrona de Costa Rica que acuden cada 2 de agosto a la iglesia de Nuetra Señora de Lourdes, en el norte de la ciudad, donde se celebra la misa en honor a este ícono religioso.
Nacida en San José, la capital costarricense, la mujer de 46 años de edad, echó en su equipaje su inquebrantable fe hacia la Reina de Costa Rica.
“La fe que le tengo vino desde muy chiquita. Aquí creció. Toda nuestra familia ha prosperado. Yo solo le pido paz y seguridad”, dijo.
Historia de la aparición
El 2 de agosto de 1935, según cuenta la leyenda, una joven llamada Juana Pereira, vecina del barrio Los Pardos o La Gotera, en la provincia de Cartago, buscaba leña para cocinar alimentos, cuando se encontró sobre una piedra donde nacía un manantial, a una muñequita de piedra con un niño en los brazos que llevó a su humilde casa.
Aquel mismo día en la tarde, Pereira regresó al bosque y se asombró de encontrar sobre la misma piedra la misma pequeña imagen de la mañana. Creyó que era otra y, contenta, se la lleva a su casa para encontrarse con la sorpresa de que la figura que había puesto anteriormente no estaba donde la había dejado. Al siguiente día le sucedió lo mismo y fue a ver al sacerdote del pueblo, el padre Alonso Sandoval, a quien le entregó la imagen y le contó lo sucedido.
Cuentan que el padre decide guardar la imagen en una caja y seguir con su habitual rutina, pero al siguiente día, cuando la fue a buscar, la figura ya no estaba en el lugar. Por su parte Juana fue de nuevo a recoger leña y se vuelve a encontrar la imagen y se la lleva nuevamente al Padre.
A la siguiente mañana el sacerdote decide tomar la imagen y, en procesión, llevarla hasta la iglesia de la localidad y guardarla en el sagrario. Al día siguiente se da cuenta que la imagen no estaba allí y de inmediato va a la piedra donde Juana la halló por vez primera. Allí estaba.
El padre y sus feligreses construyeron una ermita en el lugar del hallazgo, al entender que se trataba de un acontecimiento sobrenatural y que esa imagen representaba a la Virgen Maria que deseaba estar en aquel sitio.
La imagen de “La Negrita”
Construida de roca volcánica, grafito y jade, la pequeña imagen mide unos 20 centímetros y su color es negro, de ahí que los costarricenses le llamen cariñosamente “La Negrita”. Su boca y nariz son pequeñas, sus ojos achinados y su cara es redonda.
En sus brazos tiene al Niño Jesús que descansa sobre su pecho con la mano derecha levantada.
Hoy en día la imagen se encuentra en altar de la Basílica de Cartago, a donde cada 2 de agosto acuden cientos de miles de feligreses.
Denominada en el pasado Virgen Morena (por su color) o Virgen de Los Pardos, por el nombre del lugar donde fue encontrada, la Santa Maria de Los Angeles fue nombrada Reina de Cartago en 1782 por los habitantes de esta región, y el 24 de septiembre de 1824, las máximas autoridades políticas del país la declararon por decreto Patrona de Costa Rica.
Anaelena Soley, cónsul general del país centroamericano en Chicago, dijo que los costarricenses muestran su devoción de diferentes maneras y que cada año cientos de miles de compatriotas caminan los 22 kilómetros que separan San José del santuario, haciendo todo tipo de promesas o un esperando un milagro.
Muchos parten desde sus casas y caminan todavía más para llegar al sagrado sitio. Desde Chicago, Magalys Valerio recuerda que, estando en su país, ha caminado hasta 37 kilómetros de su hogar de familia.
“Todavía lo hago cuando voy de vacaciones y coincide la celebración. La devoción allá es muy grande. Incluso hay gente que vienen de Panamá y Nicaragua, donde también la veneran”, afirmó.





