“Más que un pastor, fue un padre para todos”
Decenas de feligreses y líderes religiosos despiden con pesar al padre José Castillo quien falleció el 4 de julio pasado como consecuencias de problemas cardiacos. Tenía 65 años de edad. Fue velado en la iglesia Los Santos Inocentes y sepultado en su pueblo natal San Luis de Potosí, México, desde donde vino a Chicago en el 2000.
Si bien conocían sus aflicciones cardiacas, la repentina muerte del reverendo potosino José Luis Castillo fue recibida con dolor por sus feligreses y religiosos que hablaron con mayúscula sobre una persona muchos consideraban un padre de familia.
Lina Ruiz, su secretaria por 8 años en la parroquia Los Santos Inocentes y una de las personas más cercanas al reverendo, dijo que fue un orgullo de San Luis de Potosí.
“Quien conoció al padre Castillo, conoció la bondad, el amor a Dios y a la Virgen de Guadalupe. Fue un sacerdote que luchó por la justicia. Fue mi confesor, mi amigo y hermano. Era humilde, sencillo e inteligente”, dijo la mujer visiblemente emocionada.
A Castillo “le gustaba acercarse a los fieles, convivir con ellos, comer con ellos y reír con ellos, sin tiempo ni medida. Sin embargo, su salud fue mermando en los últimos años, su corazón y sus órganos vitales resultaron muy afectados”, dijo su hermano Francisco Castillo, quien vino desde San Luis de Potosí a agradecerles a los parroquianos el cariño hacia el sacerdote.
El padre Castillo murió el 4 de julio, víctima de un problema cardiaco. Un año antes había sufrido una operación a corazón abierto.
Llenó un vacío
Según Ruiz, debido al crecimiento de los devotos hispanos en la parroquia de los Santos Inocentes, ubicada en 743 N. Armour St., era un imperativo tener un sacerdote que conociera su cultura . La propuesta fue el padre Castillo.
Se sumó a la parroquia en el 2000. A partir de entonces, el sacerdote nacido en Cerritos, San Luis de Potosí, inició los últimos 8 años de su vida entre una familia de feligreses con la cual estableció una relación afectuosa que traspasó el ámbito parroquial.
Porque el padre Castillo era la persona que iba a las casas a apoyar a enfermos o a hacer los rosarios de la Virgen de Guadalupe. Comía con ellos y compartía recuerdos de la vida. También manifestó su espíritu de solidaridad al participar en la marcha antiinmigrante.
Poco antes de morir, el sacerdote había confesado a la familia que se sentía a gusto, realizado y muy contento, por el aprecio que le profesaban en Chicago, dijo su hermano Francisco.
En realidad, el padre Castillo tuvo una rica vida en el sacerdocio antes de llegar a Chicago en el 2000, respondiendo a un llamado del obispo John Manz sobre la necesidad de atender a fieles hispanos en la ciudad, donde recibió su último nombramiento (pastor asociado de la iglesia) de una cadena de responsabilidades durante su vida sacerdotal.
Tras ingresar en el seminario en 1953, en San Luis de Potosí y cursar una serie de estudios académicos, Castillo fungió como capellán, vicario, director de un colegio católico y Arquidiocesano, entre otros puestos.
El mayor de una familia de 9 hermanos, 7 de ellas mujeres y otro sacerdote ya fallecido, Castillo se recordará “como una persona que siempre busco el bien de los demás”, un hombre “entregado a sus fieles tiempo completo”, según dijeron varios entrevistados en la parroquia.
Para el párroco de la iglesia, Richard J. Klajobor, era un hombre muy dedicado a la parroquia, que trabajaba duro con la gente para prepararlas para los sacramentos, un hombre honesto.
Al valorar la importancia de contar con un hombre que conocía la cultura de gran parte de sus feligreses dijo que pudo conectarse mejor con los hispanos a quienes recordaba siempre quienes eran y de donde venían, dijo.





